. La gente asidua al facebook, twitter y
demás redes sociales las ve como una vía de escape, como la intromisión a un
mundo en el que se atreven a expresar de forma más abierta todos sus
pensamientos, desde los más frívolos hasta los más perversos. Es un mundo donde
todo es fácil, en el que todo lo pueden arreglar haciendo “click” en un botón:
para borrar comentarios que les desagradan, para dar a conocer su gusto por el
“enlace” que alguien más publicó en su “cuenta” o simplemente para compartir
ese mismo mensaje en su propio “muro” o “biografía”. Entran a
un mundo donde tienen un especie de avatar y cuando menos se lo
imaginan dejan de interactuar como antes con la gente real, la de carne y
hueso, que se encuentra a su alrededor. Son un escape a la angustiosa
responsabilidad que conlleva estar en el mundo.
Aún recuerdo la primera
vez que abrí una cuenta en una red social, fue por ahí del año 2005, se llama,
¿o llamaba? (desconozco si todavía existe), Hi5. Todo en esa red era exagerado,
demasiado, tanto que terminaron empalagándome los colores chillones (nacos,
¿kitsch?) de las cuentas de mis “amigos”. Recuerdo mi pantalla tapizada de rosa
o verde fosforescente con florecitas, mariposas o demás imágenes ñoñas a los
lados. Sin embargo, ahí seguía, me conectaba diariamente con el pretexto de que
gracias a Hi5 podía contactar con gente a la que no podía ver seguido,
amistades y familiares que viven en ciudades lejanas, que al igual que yo
“subían” fotos y comentarios sobre lo que hacían durante el día o sobre cómo se
sentían. Mantuve abierta mi cuenta de Hi5 durante casi tres años, hasta
que facebook llegó a mi vida y a la de la mayoría de los
terrícolas cibernautas.
La imagen que mejor
representa lo que a la mayoría le (nos) ha pasado con facebook es
una caricatura que hace escasas semanas un amigo publicó en mi ex “muro” (ahora
“biografía”): un hombre alto, con cara somnolienta, como autómata o sonámbulo,
trata de alejarse de su computadora, objetivo que se lo impide una cadena que
al final tiene un gancho azul con forma de la letra f del logo de facebook,
el gancho está aferrado a la pata de la mesa donde se encuentra la computadora,
es imposible salir, nada le permite escaparse de la enajenación facebookera:
una vez que entras a facebook es imposible salirte. Sí, como
si fuera un cartel de narcotraficantes.
La dependencia a “socializar” a través de estas redes de comunicación tiene sus
altos grados de negatividad. Amigos estudiantes, escritores e investigadores me
han comentado, algunos con angustia, que antes tenían más tiempo para hacer sus
trabajos y tareas. El tiempo les rinde menos porque a la mayoría les es
imposible mantener cerrada su cuenta de facebook durante sus
horas de estudio o trabajo. Yo mismo me he descubierto leyendo textos y
viendo de reojo hacia la pantalla de mi lap top para ver los
mensajes que mis amistades me dejan en el chat o para ver si
aparecen nuevas “notificaciones” en mi biografía. Así de patético.
Sin embargo, también he
encontrado ejemplos de personas que han aprendido, tras meses de terapia
psicológica o por pura fuerza de voluntad, alejarse del facebook sin
la necesidad de cerrar su cuenta (algo que, ya he dicho, es prácticamente
imposible hacer, el cartel de facebook siempre está al acecho
para persuadirte de volver a abrir tu cuenta). A veces me los imagino en un
grupo parecido a Alcohólicos Anónimos (Facebookadictos Anónimos) contando los
pesares que han enfrentado durante estos años que han tenido cuentas en facebook.
¿Será necesario llevar el programa de los 12 pasos para sacar a facebook de
nuestras vidas?