. ¿Quién, ante tales antecedentes, puede darles crédito en sus ansias de independencia?
En uno de sus fantásticos shows, los inigualables Les Luthiers decían que
para fundar un país lo primero que había que tener, antes que cualquier otra
cosa, era un enemigo. Es evidente que los enemigos hacen patria. Según la
enciclopedia, España -también
denominado Reino de
España- es
un país soberano, miembro de la Unión Europea, constituido en Estado social y democrático de derecho y cuya forma de gobierno es la monarquía parlamentaria. Su territorio
está organizado en 17 comunidades autónomas y dos ciudades autónomas, con capital en Madrid. Pues bien; según parece, esto, a
algunos reyezuelos sin reino –como al tan carismático Artur Mas- les causa picores y ronchas por toda la piel, y para
curarse de semejante picazón lo que hacen es rebozarse de ungüentos repletos de
independencia.
Es
más que evidente que entre Cataluña y el resto de las comunidades autónomas de
España hay infinidad de similitudes y muy contadísimas diferencias. Todos los
españoles –unas veces por fortuna y otras, por desgracia- somos bastante
parecidos. Sin embargo, Artur Mas y otros políticos semejantes creen que no; ellos
creen que los habitantes de Lérida o de Pals son muy diferentes a los
habitantes de Villafranca del Bierzo o de Aranjuez. Y por eso promueven políticas
discriminatorias donde quede claro que una cosa es ser catalán y otra muy
distinta, ser español. Lo importante de esta afirmación es crear ese enemigo
que decían Les Luthiers, generando así un enfrentamiento que beneficia a sus
intereses. A fin de cuentas, esa es la base de cualquier manual fascista o
nacionalista que se precie; el enfrentamiento entre unos ciudadanos y otros y
la separación entre los adeptos al régimen y los que no lo son. No hace falta
recordar el pasado para darse cuenta de que este tipo de políticas –y de
políticos- funcionan así. Una vez establecido el enemigo, lo inmediatamente
posterior es empezara a financiar con dinero público a aquellas fundaciones,
organizaciones y sindicatos que lleven a cabo el plan de fomentar en la
sociedad la necesidad de independencia –o invasión- al tiempo que “excluyen”
sistemáticamente a aquellos que no se sientan tan nacionales como ellos o que no
hablan un determinado idioma. Es lo que se llama crear una cultura propia a
base de dinero para diferenciarse claramente de los “otros”. Por ejemplo, el
gobierno de Artur Mas se gastó 1,5
millones de euros en 87 universidades de todo el mundo para contribuir al
mantenimiento de la docencia de estudios catalanes. Del mismo modo, el ejecutivo
de Mas dio subvenciones a distintas instituciones por valor de 3,2 millones
de euros para promover la cultura catalana con ayudas para proyectos como la “dinamización
de la sardana” o la organización de encuentros de sardanistas o pesebristas, y
1,5 millones de euros para traducir o doblar al catalán películas de cine,
cuyos espectadores cayeron un 60 por ciento en 7 años. Esto, al tiempo que se
cierran plantas de hospitales y se penaliza a la enseñanza pública.
El
nacionalismo unido a la idea separatista o invasora nunca ha traído nada bueno.
Para aquellos que sepan leer, solo hace falta acercarse a una enciclopedia y
echar una ojeada a los daños que han causado este tipo de políticas. Y es que,
al final, el independentismo en estos tiempos no deja de parecerse a aquello
del burro y la zanahoria, donde el político es el que lleva el carro y se
beneficia –él y sus amigotes- de toda la situación, la zanahoria es la idea del
independentismo y nosotros… Pues eso.