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Juego de tronos


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30/09/2012

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Muchos líderes independentistas envían a sus hijos a colegios donde se enseñan dos o tres idiomas, mientras incitan a sus conciudadanos a hablar única y exclusivamente la lengua de su comunidad. ¿Quién, ante tales antecedentes, puede darles crédito en sus ansias de independencia?




En uno de sus fantásticos shows, los inigualables Les Luthiers decían que para fundar un país lo primero que había que tener, antes que cualquier otra cosa, era un enemigo. Es evidente que los enemigos hacen patria. Según la enciclopedia, España -también denominado Reino de España- es un país soberano, miembro de la Unión Europea, constituido en Estado social y democrático de derecho y cuya forma de gobierno es la monarquía parlamentaria. Su territorio está organizado en 17 comunidades autónomas y dos ciudades autónomas, con capital en Madrid. Pues bien; según parece, esto, a algunos reyezuelos sin reino –como al tan carismático Artur Mas- les causa picores y ronchas por toda la piel, y para curarse de semejante picazón lo que hacen es rebozarse de ungüentos repletos de independencia.

Es más que evidente que entre Cataluña y el resto de las comunidades autónomas de España hay infinidad de similitudes y muy contadísimas diferencias. Todos los españoles –unas veces por fortuna y otras, por desgracia- somos bastante parecidos. Sin embargo, Artur Mas y otros políticos semejantes creen que no; ellos creen que los habitantes de Lérida o de Pals son muy diferentes a los habitantes de Villafranca del Bierzo o de Aranjuez. Y por eso promueven políticas discriminatorias donde quede claro que una cosa es ser catalán y otra muy distinta, ser español. Lo importante de esta afirmación es crear ese enemigo que decían Les Luthiers, generando así un enfrentamiento que beneficia a sus intereses. A fin de cuentas, esa es la base de cualquier manual fascista o nacionalista que se precie; el enfrentamiento entre unos ciudadanos y otros y la separación entre los adeptos al régimen y los que no lo son. No hace falta recordar el pasado para darse cuenta de que este tipo de políticas –y de políticos- funcionan así. Una vez establecido el enemigo, lo inmediatamente posterior es empezara a financiar con dinero público a aquellas fundaciones, organizaciones y sindicatos que lleven a cabo el plan de fomentar en la sociedad la necesidad de independencia –o invasión- al tiempo que “excluyen” sistemáticamente a aquellos que no se sientan tan nacionales como ellos o que no hablan un determinado idioma. Es lo que se llama crear una cultura propia a base de dinero para diferenciarse claramente de los “otros”. Por ejemplo, el gobierno de Artur Mas se gastó 1,5 millones de euros en 87 universidades de todo el mundo para contribuir al mantenimiento de la docencia de estudios catalanes. Del mismo modo, el ejecutivo de Mas dio subvenciones a distintas instituciones por valor de 3,2 millones de euros para promover la cultura catalana con ayudas para proyectos como la “dinamización de la sardana” o la organización de encuentros de sardanistas o pesebristas, y 1,5 millones de euros para traducir o doblar al catalán películas de cine, cuyos espectadores cayeron un 60 por ciento en 7 años. Esto, al tiempo que se cierran plantas de hospitales y se penaliza a la enseñanza pública.

El nacionalismo unido a la idea separatista o invasora nunca ha traído nada bueno. Para aquellos que sepan leer, solo hace falta acercarse a una enciclopedia y echar una ojeada a los daños que han causado este tipo de políticas. Y es que, al final, el independentismo en estos tiempos no deja de parecerse a aquello del burro y la zanahoria, donde el político es el que lleva el carro y se beneficia –él y sus amigotes- de toda la situación, la zanahoria es la idea del independentismo y nosotros… Pues eso. 





Etiquetas:   Política   ·   Independencia   ·   Cataluña   ·   Nacionalismo

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