Una cosa es que no debiera de fumar, el tabaco es perverso, y otra muy distinta que el señor Rajoy, en su condición de persona libre y mayor de edad, se fume un puro, un ciento, o los que le apetezcan. Pululan por ahí unos sagaces puritanos, orondos de hipocresía, que se han escandalizado por un hecho tan habitual, normal, y natural como que una persona, aunque se llame Rajoy y sea el presidente del Gobierno de España, fume un puro mientras pasea por la Sexta Avenida en Nueva York. Estamos llegando a unos límites de imbecilidad que cualquier cosa, por nimia e insignificante que sea, aunque sea fumar, nos provoca tal irritación y desasosiego que raudos aprovechamos para acosar, defenestrar, y ridiculizar al personaje.



