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Ruinas y melancolía


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29/09/2012

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RUINAS Y MELANCOLÍA


Vicente Adelantado Soriano







Para el soñador, para el poeta, suponen poco los estragos del tiempo. Lo que está caído lo levanta; lo que no ve, lo adivina; lo que ha muerto, lo saca del sepulcro y le mande que ande, como Cristo a Lázaro.

Gustavo Adolfo Bécquer, El castillo de Olite.







La semana pasada, aprovechando los últimos días de vacaciones de verano, volví a visitar las ruinas de Segóbriga. No sé cuántas veces he estado en las ruinas de Segóbriga. Muchas, desde luego. Y, si todo va bien, y así lo quieren los dioses, todavía me quedan muchas visitas por hacer a dichas ruinas, tan entrañables ya como una vieja casa paterna.

Poco antes de volver a visitarlas estuve comiendo con un matrimonio amigo. A ella le gusta mucho viajar. A él, no tanto. Prefiere, dice, quedarse en casa, con un libro y con buena música. No obstante, reconoce que ha hecho viajes preciosos. Y que los viajes tienen una cosa encantadora, algo que está por encima de todo, de hoteles, paisajes, comidas y hasta de los posibles contactos humanos. Esa cosa es la sorpresa. Y me citaba como sorpresa muy agradable el hecho el salirse de una carretera, dar con una vieja muralla, o un lugar inhóspito que le trae a la memoria, de repente, un verso de Homero, un pasaje de la Ilíada o de la Odisea. Entonces, reconoce sonriendo, le perdona a su mujer que lo haya sacado de su habitación, de sus libros y sus músicas. Sí, valió la pena salir de casa y olvidar la monotonía cotidiana. Al menos por unos días.

La primera vez que visité Segóbriga, igualmente una sorpresa inesperada tras horas de conducción, era aquello un campo desolado. Dicho campo no estaba vallado. Pude entrar y salir de las ruinas a placer. Era una tarde del otoño, con el sol declinante. Y hacía frío. Aun así nada me impidió recorrer la larga avenida bordeada de tumbas vacías, ver el anfiteatro, y sentarme en las gradas del teatro. A lo lejos, por encima del escenario, enmarcando las columnas que todavía están en pie, se veía el campo: cuadros, en suave ondulación, verdes, marrón, amarillo. El sol se ocultaba en la lejanía poniendo un suave toque dorado de melancolía. Cuántas risas y lágrimas se tuvieron que producir en aquellos asientos que, ahora, a mi lado, permanecían vacíos y silenciosos. Por un camino lejano, una punta de ovejas levantaba una suave polvareda. Sus esquilas sonaban atenuadas por la distancia. También allí debieron sonar aplausos, risas y carcajadas. O tal vez alguna madre lloró viendo alguna terrible tragedia. Es posible que la tragedia le evocara viejos recuerdos y temores.

Tal vez salí por la misma puerta por la que salían ellos al acabar el espectáculo. Me desvié pronto, sin embargo, para visitar lo poco que queda de las termas. Me demoré viendo las vacías hornacinas donde dejaban mantos y capas, esas hornacinas de piedra donde guardaban la ropa y los objetos personales antes de empezar el ritual del baño. Allí, en las distintas salas, habría conversaciones de negocios, tal vez se comentara alguna obra de teatro, o la lucha de algún gladiador con algún jabalí cazado en los montes cercanos. Tal vez se criticara o alabara, en más de una ocasión, la magnificencia con la que Caio Iulio Silvano estaba edificando su casa, su enorme domus, junto a las Termas Monumentales. Y se hablaría, cómo no, de las carreras de cuadrigas en el circo. Sin duda habría alguna conversación de tipo político, y alguna que otra confidencia más o menos personal e íntima. A veces, en los inicios de la noche, creí percibir voces susurrando. Ave homo visitator. Ave.

Aquella primera vez que visité Segóbriga no tenía prisa, ninguna. Nadie me esperaba y nadie iba a cerrar lo que no estaba vallado. Y conforme descendía el sol, más nítidas me parecían las voces que me venían del pasado. Veía ahora, con las ruinas bajo las sombras, a los antiguos habitantes moverse por entre los restos de su ciudad, hablar, comentar o pasear cabizbajos. Algunos hablaban, alegres o indiferentes, de lo que siempre hablan los humanos; otros, contemplaban los templos de la ciudad y meditaban. Varias personas caminaban con prisa hacia sus casas: caía la noche y comenzaba a hacer frío. Sintiendo un estremecimiento, me apresuré yo también dispuesto a marcharme. Se movió un ligero vientecillo. Y como si fuera una voz venida de muy lejos, me pareció oír, por entre pinos y olivos, algo que me decía, con un suave susurro: carpe diem. Me agaché, cogí un puñado de tierra, dejé que el viento me la arrebatara de entre mis dedos, y murmuré con agradecimiento: sit vobis terra levis. Y así me fui de Segóbriga: con el corazón henchido de paz y de melancolía. Y es eso lo que siempre encuentro allí.



Etiquetas:   Viajes

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