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Remiendos y costuras


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29/09/2012

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REMIENDOS Y COSTURAS






Vicente Adelantado Soriano





Construiremos veinte mil escuelas aquí y allí, y en toda la redondez de los estados de la Madre. Daremos a nuestro chiquitín una carrera: le educaremos para maestro de maestros.





Benito Pérez Galdós, El caballero encantado





Resulta enternecedor leer la importancia que don Benito le da a la educación a lo largo de toda su magna obra; y las enormes esperanzas que aquella le brinda a él y a muchos de sus doloridos personajes. El contrapunto a esa ilusión está en la descripción del desarrollo de las clases en aquellos momentos, o en cómo vivían los maestros en el siglo XIX y principios del XX1. Entre los varios maestros que aparecen, como si fueran de la familia, o antiguos conocidos, dos nombres se quedan adheridos en el alma del lector de don Benito: el de don Patricio Sarmiento, ahorcado por liberal; y el de don José Ido del Sagrario, ambos bellísimas personas, y con un leve toque de locura. Hay más, por supuesto. E infinidad de opiniones sobre la escuela y el atraso del país debido, precisamente, a la falta de estudio y preparación.

Es absurdo, en tan dilatada obra como la de don Benito, determinar o decir dónde está el momento cumbre sobre la educación, sus carencias y planteamientos para el futuro. Pero un pasaje harto significativo es aquel en el que el alcalde, intrigado, se enfrenta con Nazarín, en la cárcel del pueblo tras haber sido detenido este por vagancia. Para el alcalde, el progreso del país vendrá el día que tengamos una Universidad en cada población ilustrada, un Banco agrícola en cada calle y una máquina eléctrica para hacer de comer en la cocina de cada casa, ¡ah!, ese día no podrá existir el misticismo.2

No cabe duda de que hoy tenemos ya todo de cuanto demandaba el bueno del alcalde, que no comprende a Nazarín, ni a este le interesa lo que el otro busca. Lo malo ha sido que todo esto, los sueños del alcalde, no han traído el progreso ni la felicidad deseados, a no ser que, por tal, entandamos hornos eléctricos, lavadoras y electrodomésticos, que no es poco, desde luego. Aun así es probable que el alcalde, si pudiera levantar cabeza, se quedara encantado con nuestra sociedad, con bancos en cada esquina y universidades en todas las ciudades. No obstante, y pese a ello, dista mucho de ser el modelo ciudadano y educativo que se debe exigir a una sociedad moderna. El fracaso escolar así lo confirma.

Tal vez uno de los grandes y graves errores de esta sociedad sea la politización de todas las instancias de la misma. La educación, por supuesto, no podía quedar al margen. Y así no hay partido político que no gane las elecciones que no se vea “obligado” a mejorar el sistema educativo del gobierno anterior, adversario del actual. De esta forma, cada cuatro años, si gana la oposición, tenemos un sistema educativo nuevo. Y de tanta novedad y de tanto absurdo cambio se extrae una primera conclusión: el sistema educativo se puso en vigor sin lograr un consenso, tal vez por su excesiva ideologización, y dejando insatisfecha a una buena parte de la población, entre los que se cuentan, casi siempre, los profesores y los estudiantes. A ese descontento cabe añadir que, dado el estado de las autonomías, cada una de ellas hace suyo buena parte de ese sistema educativo imponiendo materias y visiones tan interesadas, o más, que las hechas por el gobierno de la nación.

Tal vez desde el inicio de la democracia, y es posible que antes, en este país se ha partido del absurdo planteamiento de que los partidarios de las autonomías son las personas abiertas, los progresistas, los amplios de miras, mientras que quienes no son partidarios de esta forma de gobierno están, prácticamente, condenados al ostracismo, o son más oscuros que la cueva de Polifemo y tan antiguos como ella. Lo políticamente correcto e incorrecto.

Algunas autonomías tienen su lengua propia, seña de identidad, que los alumnos tienen que aprender, aunque detrás de ella no haya nada, o muy poco, o no les interese lo más mínimo. Tres cuartos de lo mismo pasa con el castellano o español. Las lenguas se han tomado como herramientas políticas, no como las llaves que abren infinitas puertas o culturas. Hace ya tiempo, en el Renacimiento, Luis Vives nos advirtió en contra de ello:

[…]; y recuerden igualmente que no es mejor conocer el latín y el griego que el francés y el español, toda vez que los eruditos se han visto privados de sacar provecho de su uso, ni que todas las lenguas del mundo merecen que uno se sacrifique exclusivamente por ellas en el supuesto de que no se busque una finalidad distinta. En efecto, las lenguas se aprenden por su utilidad extrínseca y con el único objeto de tener acceso a aquellos conocimientos que se encierran en ellas y que son tesoros hermosos y dignos de admiración.3

Hay en España lenguas que sí tienen esos tesoros de los que habla Luis Vives. Lo malo es que, en los colegios e institutos, se estudian las lenguas, pero no las creaciones a las que estas han dado lugar. Se sabe, cuando se sabe, qué es un objeto directo, pero pocos han leído las obras importantes escritas en esa lengua. No hay más que echar un vistazo a la prensa diaria. Noticia hay que el lector se queda sin entender a menos que sepa inglés, o, por lo menos, tanto inglés como el redactor. ¿Entonces?

Es una situación similar a la que describió Pedro Salinas hace tiempo: ahora todos sabemos leer, pero nadie lee; somos analfabetos alfabetizados, que disponemos de poco tiempo para la lectura4. Y menos gusto, cabría añadir. ¿Y no debería ser ese uno de los cometidos de la enseñanza? ¿Para qué enseña lenguas si no? Téngase en cuenta además que si no tenemos tiempo para leer, menos lo tendremos para estudiar y para reflexionar. Es decir, somos un campo abonado para creer lo primero que nos quieran decir. ¿No debería luchar el sistema educativo en contra de esto? ¿No debería generar ciudadanos con sentido crítico y con conciencia de lo que hacen y dejan de hacer? ¿Hay algo mejor para ello que la lectura y el conocimiento de la historia? Tal vez a fin de lograrlo las asignaturas deberían tener un mínimo de contenidos e incitar al estudio y a la reflexión.

Hemos tenido, y tenemos, autonomías. Y como la educación se entiende como una herramienta al servicio del estado, sea cual fuere, cada autonomía tiene su particular sistema educativo y su particular interpretación de la historia que, lógicamente, barre para casa. Nada nuevo bajo el sol, por otra parte. Pero ¿esto es España o la ermita de san Jarando que hay en mi tierra, donde cada sacristán no pide más que para su santico? Ea, caballeros, yo estoy aquí para mirar por el Padre Eterno, que es la nación, y no por los santos catalanes o vascongados... exclamó el Narváez galdosiano en 18495.

En esta vida todo aquello que es creación humana es cuestionable. Bien es cierto que siempre hay creadores que tratan de proteger a sus criaturas de los posibles enemigos bien con descalificativos, policías y ejércitos, o con amenazas escatológicas. Pese a todo, nunca han faltado voces que han dicho, poniendo la carne en el asador demasiadas veces, lo que no es políticamente correcto, ni muchos desean oír. No se entiende que para dirigir a un país, respetando las diferencias de este vecino con las de aquel, hagan falta tantos gobiernos, tantos políticos, tantos asesores, tantos ayuntamientos, tantas diputaciones, tantos sistemas educativos y tantos parlamentos y parlamentarios. Y total para llevar a todos los rincones del país, sea cual sea su idiosincrasia, a la ruina generalizada. Menos se entiende que se dediquen tantas horas, en colegios e institutos, a estudiar las peculiaridades de una autonomía, peculiaridades que apenas si sirven para comprender nada y explicar menos. Pero con ello mantenemos entretenido al personal y les hacemos pasar el tiempo tontamente. Sí, tenemos escuelas, como demandaba el bueno del alcalde. Tendría que preguntarse ahora qué tipo de escuelas. ¿Son las soñadas por Galdós y sus personajes? O mejor: ¿imparten una buena educación y preparan a la juventud para hacer de ella buenas personas, profesionales cualificados y mejores ciudadanos con un cierto sentido crítico? Se responda lo que se responda, algo debe estar fallando cuando hay tanto abandono escolar, tanto fracaso entre la juventud, tanta gente que abandona las aulas y tan poco gente que lee, sea en este idioma o en aquel. Los comentarios, en los periódicos, hechas a las noticias, por los lectores, son un cúmulo de barbaridades y de faltas de ortografía. Tanto en catalán como en castellano. ¿Por qué sucede esto? Quizás el mal sea de la sociedad y no solamente de la escuela.

Sin ánimo de ser exhaustivo, todos los sistemas educativos de la democracia, estrenados hasta ahora, llevan en su seno el ideal de Procusto: la búsqueda absurda de una igualdad que ni existe ni es posible; y que, por si fuera poco, consiste no en premiar a quien trabaja, y en alentarlo para que siga haciéndolo, y a los demás para que lo imiten, sino en frenar a este, de paso regular y vigoroso, para que no se sienta herido quien no tiene ganas ni de correr ni de caminar ni de moverse. Baste a tal efecto con echar una mirada a los libros de texto: son repetitivos y reiterativos. Dan la impresión de que quienes los han escrito parten del principio de que los alumnos no van a estudiar nada. Se compensa esa falta de estudio repitiendo año tras año los mismos conceptos. Es para aburrir al mismísimo aburrimiento. Con la particularidad de que quien no tiene interés es como quien no quiere ver ni oír. Quien lo tiene se desespera al verse tratado como un idiota.

Como esto era poco, hasta no hace mucho tiempo, aquí, en este país, maestros y profesores han tenido que soportar agresiones e insultos de todo tipo: todo el mundo se sentía con derecho a insultarlos e incluso agredirlos porque ellos aparecían como los culpables de todo: del fracaso escolar, por supuesto, y de la crisis debido a que tienen dos meses de vacaciones, y algunos “privilegios” más. Y tal vez sean los culpables, sí: ¿no es un absurdo, acaso, pedir a los alumnos rendimiento, esfuerzo, trabajo y estudio? ¿No es mejor dejarlos ir a su aire y aprobarlos a todos? Los padres, al menos en una buena proporción, no quieren saber nada de sus hijos, los dejan que campen a sus anchas porque de esa forma no les causan ningún problema. La persona odiosa, por lo tanto, es el maestro que les pone la guía para que crezcan rectos. Esto, que parece una necedad, ha sido tan explotado por unos y otros que han logrado que la profesión de maestro sea una profesión de alto riesgo. Vale la pena hacerse bombero. Al menos este no tiene la responsabilidad de que el pino crezca sano y recto: con apagarlo cuando alguien le pegue fuego, esté torcido o inhiesto, ha cumplido con su deber. Tampoco tiene exámenes que corregir los fines de semana, ni tal vez necesite estudiar y renovarse, pese a que entendido hay que dice que Juan Ramón Jiménez igual se explica este año que el anterior o el de más allá. Evidentemente las Humanidades están por los suelos. Y los alumnos no les encuentran sentido a estudiar los números primos, que, al fin y al cabo, no sirven para ir con el coche por ahí.

Y ahora, como no podía dejar de suceder, el ministro de turno, se nos ha descolgado con un “nuevo” sistema educativo. Para que nadie se alarme, ha advertido que no es un sistema ideológico. Tal vez tenga razón, ¿para qué lo vamos a discutir? Lo malo es que recurre a la vieja visión del pequeño empresario de antaño: las ganancias se consiguen no siendo eficaces en el trabajo o potenciando los medios que tenemos, sino cargando con más horas de trabajo a los empleados y a los alumnos: más matemáticas, más lengua y más inglés, y más exámenes. ¿Va a potenciar eso sus ansias por leer y conocer? ¿No habría que modificar el sistema, la forma de enseñar? ¿No habría que prestigiar a la persona que sabe o estudia y no a tanto personajillo que no sabe ni hablar? Sí, también se modifica el sistema, pero poniendo exámenes donde antes no los había. Vuelta a la antigua reválida, a que decidan los alumnos en tercero o cuarto de la ESO, a los trece o catorce años, qué van a estudiar cuando actualmente muchos de ellos lo deciden en función de la nota que sacan en la PAU, a los dieciocho años. A estos despropósitos cabe añadir que en este bendito reino de taifas si una profesora coge una baja por maternidad, no se la sustituye por otro profesor hasta pasados diez días hábiles. Menos mal que no han puesto seis meses. De forma que los alumnos estarán diez o doce días sin profesores. Eso sí, los políticos conservan todas sus prerrogativas y los alumnos se examinarán de revalida para evitar el fracaso escolar. No hace falta decir que no vamos a solucionar nada. Esto son parches y remiendos. ¿Y un alumno que se equivoque puede pasar de la FP a la universidad?

Francamente es todo tan absurdo como recortar, en la enseñanza, el dinero dedicado a las clases de música y hacer, al mismo tiempo, una ópera que vale una millonada, y que no sabemos quién va a ocupar. Tal vez los futuros melómanos que tuvieron la suerte de ir a un colegio privado, donde han tenido clases de música. Pero tal vez todo esto sea absurdo y nos estemos planteando una vieja paideia cuando aquí lo que prima no es la educación sino la eficacia, la especialización, los tiempos modernos y el apretar tornillos, y nada del desarrollo armónico de la persona. Eso era cosa de los griegos y de los romanos. Y eso hace muchos años que se murieron. Requiescant in pace.





1Para una breve aproximación al tema, véase Vicente Adelantado Soriano, Algunos aspectos de los Episodios nacionales, de don Benito Pérez Galdós, en especial el capítulo XII. En Isidora, revista de estudios galdosianos, nº 18



2Benito Pérez Galdós, Nazarín, Cuarta parte, cap. VII



3Luis Vives, Las disciplinas. Ayuntamiento de Valencia, 1997. Volumen II, pág. 149



4Pedro Salinas, El defensor. Véase en especial el capítulo II, Defensa de la lectura.



5Benito Pérez Galdós, Narváez, cap. XIV





Etiquetas:   Política

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