Periodismo partisano

La noticia es breve: nueve niños que estaban recogiendo ramas y leña para calentar sus casas en el oeste de las montañas afganas, fueron acribillados y muertos por artilleros de dos helicópteros de la OTAN (así dice el New York Times, olvidando que eran estadounidenses), que los confundió con insurgentes.

 

.nytimes.com/2011/03/03/world/asia/03afghan.html?_r=1" style="margin-top: 0px; margin-right: 0px; margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; padding-top: 0px; padding-right: 0px; padding-bottom: 0px; padding-left: 0px; border-top-width: 0px; border-right-width: 0px; border-bottom-width: 0px; border-left-width: 0px; border-style: initial; border-color: initial; outline-width: 0px; outline-style: initial; outline-color: initial; font-size: 15px; vertical-align: baseline; background-image: initial; background-attachment: initial; background-origin: initial; background-clip: initial; background-color: transparent; text-decoration: none; color: rgb(34, 94, 155); background-position: initial initial; background-repeat: initial initial; ">New York Times, olvidando que eran estadounidenses), que los confundió con insurgentes.

Volvemos a esta noticia, después de considerar, con un editorial reciente de la Columbia Journalism Review, titulado Beyond the Facts, que vivimos tiempos de periodismo partisano, en los que se necesita una prensa fuerte y vigorosa.

Guste o no, es cierto que hay que ir más allá de los hechos y de su presunto reflejo objetivo en los medios. No basta que unos cuantos hechos pasen –no se sabe bien con qué alquimia- del mundo real en que vivimos al mundo de papel, digital o lo que sea, en donde –se supone- nos enteramos fidedignamente de ellos.

Pero el caso es que los hechos, de por sí, no son cosas transportables, transvasables, sino que lo que piden y exigen es que alguien autorizado dé razón de ellos. O al menos, lo procure, haciendo justicia a su realidad.

Y para eso, qué duda cabe, es preciso que la prensa, en vez de ser una herramienta válida para servir a intereses ideológicos, de origen empresarial y político, sea por sí misma una institución social fuerte y vigorosa. Es decir, que tenga los medios adecuados para servir a la sociedad haciendo saber qué sentido tiene lo que sucede alrededor, más o menos cerca o lejos de cada uno, y con mayor o menor acierto.

Y esos medios adecuados son sobre todo medios humanos, profesionales. Es realmente vergonzoso que las redacciones se vayan poblando con los últimos gadgets digitales mientras se van despoblando de personas, empezando por las que tienen más experiencia y años de oficio.

Esta vergüenza y debilidad profesional tiene como consecuencia inmediata lo que la CJR llama “tiempos de periodismo partisano”.

Partisanismo económico, ideológico, político, desgraciadamente compartido por quienes lo promueven y hacen día a día, con quienes quieren leer y oír y ver en los medios sólo lo que les resulta coherente con sus ideas, no lo que hace o busca hacer justicia a la realidad de las cosas.

Volvamos a la escasa noticia que hemos tenido (y han tenido en Estados Unidos) de los nueve niños acribillados y muertos por el fuego de dos helicópteros estadounidenses de la Otan, tierra adentro en Afganistán.

¿Cuántos niños afganos deben morir para que la prensa se haga eco?,  se pregunta FAIR (Fairness & Accuracy in Reporting). ¿Cuántos para mostrar el horror de la guerra? Ya sabemos de ese horror, sobre todo teóricamente, peor de cómo sabemos el precio de la gasolina. Cuántos niños muertos para que la sociedad se haga cargo vital (ni sólo intelectual, ni sólo emocional) del sentido de lo que está pasando alrededor: en este caso, la muerte injusta de unos niños inocentes. Con independencia de que las guerras, además de difíciles, tiendan a ser injustas de por sí, y causen cada vez más víctimas entre la población civil. Ver las cifras que ofrece, por ejemplo, Civilian casualties of the War in Afghanistan (2001–present).

Pero no se trata sólo del número de víctimas infantiles. Se trata de las vidas truncadas, de su historia, la de sus familias, sus amigos y sus vecinos.

Se trata de que el periodismo debería poder contar con detalle vital –como en parte hace el mismo NY Times, que Hemad, único superviviente, estaba junto a los otros nueve amigos -entre 9 y 15 años- terminando de recoger la leña en Nanglam, su pueblo, cuando llegaron los helicópteros, que sobrevolaron el grupo de amigos y de repente vieron una luz verde saliendo de los helicópteros. Éstos se alejaron y luego volvieron, volvieron a sobrevolar el grupo de niños amigos y comenzaron a disparar. Un proyectil o un cohete –cuenta Hemad- hizo caer un árbol, y sus ramas cayeron sobre él, desgarrando su mano y su costado derechos.

El árbol salvó la vida de Hemad, mientras los helicópteros disparaban sobre los otros niños, hasta matarlos uno tras otro. Confundidos con insurgentes.

El General Petraeus ha iniciado una investigación sobre el ataque para tomar las acciones disciplinarias apropiadas. “Esas muertes nunca debieron ocurrir”, concluyó.

Mejor así, en estos tiempos de periodismo partisano.

[Original en Cotufas en el Golfo]

UNETE



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