La Ciudad que vive

           El ente de dimensiones volátiles respira miasmas marrones; una niebla color ocre enseñorea el cielo de la ciudad que vive. Como buena fumadora que es, sus pulmones están estropeados y se le han secado; el polvo los ha colmado y poco a poco gana territorio que no piensa ceder en mucho, mucho tiempo.

 

. Como buena fumadora que es, sus pulmones están estropeados y se le han secado; el polvo los ha colmado y poco a poco gana territorio que no piensa ceder en mucho, mucho tiempo.
            Las arterias negras del inmenso monstruo biológico están atestadas de glóbulos multicolores que llenan de veneno el espacio por donde circulan. Los glóbulos son tantos que en ocasiones saturan las vías por donde ruedan y la ciudad que vive se infarta y exacerba las pasiones  de los condóminos que ven el tiempo diluirse sin movimiento alguno que se los indique.

Como todo ser que se respete, la ciudad que vive,  excreta, desde múltiples siesos, cerca de 20 mil toneladas diarias de desperdicio; el costoso precio de una vida despreocupada que se caracteriza por el despilfarro que una ilusoria abundancia suele inspirar en los espíritus poco previsores, como el de este monumental animal sedentario.

            Para la ciudad que vive, el agua le es imprescindible, y es que sin ella, naturalmente, perece. Sedienta como es, toma tanta agua que su consumo lo calculan por segundo. En las entrañas monstruosas de este coloso sufriente de sed perenne, corren ríos repletos de maloliente inmundicia; peor aún, las corrientes acuáticas que alguna vez surcaban sus profundas arrugas, fueron inundadas de las excrecencias que no encontraron  salida. Por ahora, sus arrugas fueron resanadas con gruesas plastas de cemento que los inquilinos de este Leviatán urbano, colocaron para ocultar su olor y fealdad.

            Para la ciudad que vive, también la reproducción es parte de su existencia. Tiene ya hijos malogrados que duermen en su periferia y viven a su costa, pero la ciudad se los cobra caro cuando toma su agua sin atisbo alguno de vergüenza.

La ciudad que vive tiene la costumbre de bautizar a sus retoños con nombres que desnudan un pasado que, derruido, sale de vez en cuando a la luz con fulgores que sorprenden a los huéspedes que los descubren; porque aún ahora, por debajo de los brillantes y altos ropajes que los habitantes que viven en su lomo le han enjaretado,  hombres y mujeres antiguos dejaron un imponente testimonio piramidal de su existencia que, en la profunda entraña, todavía inunda calladamente, con sonido de tambores, el corazón de la ciudad que vive, y que algunas veces, en su delirio de vida, demanda sacrificios para no perecer.

UNETE



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