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Permítanme comenzar este artículo
diciendo que los españoles estamos hasta el gorro, y hasta otros sitios, de los
ataques provincianos del independentismo catalán. En estos últimos días lo ha
dicho bien claro tanto Pedro Arce en Cantabria Liberal como Xavier Carrió en su
blog, además de numerosos periodistas e intelectuales. En unos casos se han
mofado de la falta de consistencia de las declaraciones del portavoz del
Gobierno catalán y, en otros, de las mediocres opiniones del presidente regional de Cataluña, señor Arturo
Mas.
A pesar del estatuto catalán y de
las cesiones que recoge la Constitución, alguien debe poner claro y en letra
que Cataluña ni es Estado ni es Nación. Estamos ante un simple nivel de
aspiración y ante una comunidad autónoma de tantas; incluso una comunidad mal
llamada histórica, pues el hecho de que tuviera un estatuto en determinado
momento, no le da el apellido de ‘histórica’, aunque sí puede considerarse una
comunidad histérica, abusiva, pedigüeña, fraudulenta, chantajista y ratonera, incluso ‘pesetera’ y cada vez
menos trabajadora y más insolidaria; lleva muchos ejercicios económicos
recibiendo del Estado nacional o central muchos miles de millones de euros más
de los que le corresponden. Y todo para que se calle la boca. Espero que nadie se sienta ofendido pero la
realidad manda y el sentido común canta.
Posiblemente caiga del burro
Cataluña cuando las comunidades del Valle de Arán pongan sobre la mesa su deseo
de no seguir siendo catalanas. ¡Cuántas veces se ha visto el plumero a Cataluña
al tocar ese tema! ¿Y qué dice el Gobierno regional catalán y sus adláteres
cuando numerosas poblaciones catalanas dicen
sentirse eso y, además, españolas? Sea como fuere, el caso es que Arturo Mas se
ha metido en un laberinto sin salida, con el apoyo de ‘tarambanas’ del
independentismo. No saben cómo salir de esa, sobre todo desde que han tenido conocimiento
legal de que Cataluña no puede independizarse, incluso que quedaría a la cola
de Europa, sin entrar en el euro, y con un déficit once veces superior al
actual en los tres años siguiente al presunto acto de independencia.
Ejemplo sin parangón deberían tomar de la Caixa tanto el Gobierno catalán como
quienes han generado la deuda descomunal
que ahoga a Cataluña. La Caixa ha demostrado una altitud y amplitud de miras,
además de una actitud abierta y honorable. ¡Hace tiempo que la Generalidad
perdió la honorabilidad que se le reconocía!
Pero volvamos al ejemplo de la
Caixa. Esta entidad ha inyectado 500M de euros a los empresarios de Castilla y
León (Juan Vicente Herrera ha asistido a
Burgos para hacerse solo la foto, porque desconoce el alcance de este convenio
que va a salvar a quienes el Gobierno regional ha ahogado y sigue ahogando).
Tras la fusión con Banca Cívica, Caixabank tiene una oportunidad única para demostrar su
solvencia en la región, frente a los fracasos, descubiertos y tumbos que acompañan a Caja España y Caja
Duero, sin perder de vista a la propia Consejería de Hacienda.
El convenio entre Caixabank --que
es quien arriesga-- y la Junta de
Castilla y León -- que es quien observa, ríe, aplaude y sale en la foto-- supone
un colchón para el mundo empresarial de León y de Castilla. Representa nuevas
líneas de trabajo y financiación para empresarios, autónomos, agricultores y
ganaderos. Caixabank es un ejemplo claro, reconocido y admirado de cómo con
señas de identidad catalanas, se puede actuar en España por ser española y
europea por extensión. Todo ello ridiculiza una vez más a ese independentismo
rancio, obsoleto y catastrofista, al que muchos no tendríamos inconveniente en
botar cuanto antes.
Acuerdos, convenios o firmas de
este calibre demuestran el aldeanismo y provincianismo del independentismo y de
su cerrazón acorazada. No hay duda, como dice el nuevo presidente interino de CECALE,
que “tanto los autónomos como los
empresarios quieren ver trabajando a las instituciones” en beneficio de la
ciudadanía y de la creación de puestos de trabajo. Es un ejemplo más, con
vitola de sentido común, al que debería engancharse el independentismo de Arturo
Mas y el de otras comunidades que también aspiran a ser Estado sin fundamento
ni fuerza. Ya se sabe que el trabajo aleja de las personas cuatro grandes males:
el ocio mal entendido, la pereza enquistada, el aburrimiento y la necedad.
Jesús Salamanca
Alonso