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Los clásicos en las aulas


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22/09/2012

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LOS CLÁSICOS EN LAS AULAS






Vicente Adelantado Soriano





Los libros de texto de los estudiantes de secundaria, hablo de los de lengua y literatura, que son los que más conozco, se han convertido en cajones de sastre con poca variedad y mucha monotonía. En ellos todo tiene cabida, y todo se repite hasta la saciedad. Así en vez de dar una definición de una vez por todas del sustantivo, por ejemplo, se da una primera definición incompleta en un tema; se añade algo nuevo en el siguiente; y se termina de definir en el que va a continuación, o en del curso siguiente. Parece como si el sustantivo fuera un misterio al que hay que acercarse poco a poco y con temor reverente.

También cabe la interpretación, ante semejante didáctica o desmenuzamiento, de que quien ha escrito el libro sospecha que el alumno no estudia. Y ante tal pasividad, o falta de motivación, se ha tomado la resolución de tratarlo como a un enfermo: los conceptos se le dan en pequeñas dosis, y no se le exigen grandes esfuerzos ya que se corre el peligro de perder al paciente. Los alumnos, por suerte, no están enfermos, aunque se corre el riesgo de enfermarlos si se sigue actuando así. Un niño de cinco meses no come lo mismo que uno de diez años. Y si alimentamos a este con los alimentos de aquel obtendremos seres débiles y raquíticos. Lo mismo exactamente sucede con la mente o intelecto, y con el resto de las facultades. Al parecer todo el mundo tiene claro que el niño tiene que robustecer sus piernas para poder caminar, y sus manos para poder usarlas. Los niños tienen que jugar y caminar, y estudiar y leer. Robustecer la inteligencia y la capacidad crítica también es importante. Los libros de texto parecen ignorarlo o contribuir en sentido contrario. Son libros escritos para enfermos o para provocar lobotomías.

A la par que los libros de texto van los libros de lectura. Alguien, de escasas luces y lecturas desde luego, se ha inventado que los clásicos están muy bien, pero que no son recomendables para los niños de 1º y 2º de la ESO, por ejemplo, entre 12 y 13 años. Ellos tienen que leer libros que comprendan. Y los libros que comprenden, según las lecturas seleccionadas en los libros de texto, y por las inefables editoriales, son un conjunto de aventuras descafeinadas y descabelladas, sin ningún trasfondo, absurdamente fantásticas, y bobas y sentimentales. No leen nada que les sea útil para comprender este mundo, o épocas pasadas, nada que despierte el gusto o el sentido estético. Es literatura de usar y tirar. Y lo malo de esta situación es que ese tipo de lecturas se mantiene a lo largo de toda la educación secundaria. Alumno hay que sale del instituto, o del colegio, con la asignatura de lengua aprobada, y sin saber quién fue Miguel de Cervantes, ni haber leído ni un triste fragmento de su genial novela.

Desde luego las Humanidades en el mundo de hoy no tienen ningún prestigio. La inmensa mayoría de las personas, si se le pregunta, seguramente dirá que está muy bien que se lea. Y mucho mejor que lea la juventud, así la mantendremos alejada de algunos duros peligros. Pero pocas personas parecen empeñadas en que esto sea una realidad. Y menos en leer ellos mismos. Para lo cual no hay más que oír a ciertos locutores televisivos que, a fuerza de querer ser modernos, han olvidado hasta su propia lengua. Señal inequívoca de que no leen nada y ni tienen el más mínimo respeto por eso que utilizan todos los días: la lengua. También tenemos periódicos en el país que, para leerlos, hace falta saber inglés. Tienen a gala sustituir por palabras de este idioma las que también existen en castellano. Ahora, por ejemplo, la humilde fiambrera ha pasado a mejor vida: tenemos “tupper” que queda más fino. Eso por por poner un solo ejemplo.

No voy a insistir en el tema. Don Fernando Lázaro Carreter ya fustigó bastante con sus libros El dardo en la palabra. De lectura tan sana como recomendable.

Sí que me gustaría hacer hincapié sobre la necesidad de llevar los clásicos a las aulas. Para lo cual se tiene que partir de algo que, muchas veces, no es tan claro como parece, y donde, creo, está la raíz del problema. Ese algo es que muchos profesores no se han leído los clásicos, o lo hicieron durante la carrera porque era lectura obligatoria para aprobar un examen. No los han vuelto a leer. Ni disfrutaron de ellos ni tienen un buen recuerdo. No hay, por lo tanto, verdadero cariño por el libro, por la lectura y su comprensión. No se ha leído ni estudiado. Por descontado que, en ese supuesto, es más fácil hacer leer algo que todo el mundo entienda, y que no dé pie a preguntas más o menos comprometidas o imposibles de explicar desde ciertas ignorancias. Pues está claro que a un niño de la ESO no se le puede decir que lea Lazarillo de Tormes sin explicarle antes el contexto de la novela y romper el cascarón del lenguaje del siglo XVI para que comiencen a disfrutar con la lectura. El profesor, así, se convierte en una especie de mediador entre el libro y el alumno. Soluciona problemas y plantea cuestiones a fin de hacer una lectura enriquecedora. ¿Qué más juego didáctico quieren? Y, además, sin ordenadores, gastos de dinero ni necias y cursis películas. Sencillamente con la palabra y la imaginación.

Por supuesto, y me reafirmo en lo dicho anteriormente, las Humanidades hoy en día están bastante desprestigiadas. Creo que a nadie se le ocurriría poner a un profesor de música a dar clases de física o de matemáticas. Sin embargo, centro hay, más de uno, en el que se practica aquello de que "cualquiera puede dar una clase de literatura". Indiscutiblemente por literatura se entiende la fecha de nacimiento y muerte de Lope de Vega, y el listado de sus amantes y de sus obras. Si el profesor es un poco avispado hasta puede llegar a dar la lista de sus hijos e hijas. Con semejantes clases de no sé qué, no de literatura desde luego, no es de extrañar que nadie entienda nada, ni nadie lea sino aquello inmediato y que no presenta ningún problema ni de vocabulario ni de comprensión. ¿Acaso ha leído el profesor a Lope? ¿Cómo va a apasionar a sus alumnos por algo que a él le aburre o que desconoce?

¿Qué problema hay que no se pueda solucionar para que un niño de 1º de la ESO no entienda el Lazarillo? ¿Por qué no leerles cuentos de Calila e Dimna en vez de los desustanciados libros que proponen las editoriales y los mismos libros de texto? ¿También son aburridos estos cuentos? ¿Tampoco los entienden? No me lo dice así mi propia experiencia. En absoluto. ¿No se tratará, entre otras cosas, de un negocio editorial o de pereza e ignorancia?

Creo que el problema no está en los niños, sino en el tipo de educación que estamos dando. Y eso es lo que debería ser materia de estudio y análisis. Si no exigimos más, estarán toda la vida mal alimentados. Está claro, por otra parte, que si no les ponemos a los clásicos delante, y se los hacemos accesibles, jamás los leerán. Pero no será por culpa de ellos, sino por pereza y desidia de la escuela o por desprecio de algunas direcciones, o de una sociedad, hacia ciertas asignaturas. Y muchas veces en ese desprecio va incluido el desprecio hacia el trabajo bien hecho, la oración bien construida, al gusto estético, en fin, el bien hablar y el bien decir. Algo de lo que estamos muy necesitados. Cada vez más.







Etiquetas:   Profesores   ·   Lectura

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