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En la casa de Azorín


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22/09/2012

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EN LA CASA DE AZORÍN




Vicente Adelantado Soriano





Dice Azorín, en alguno de sus libros, que no sólo hay que leer a los clásicos y contentarse con ello; hay, también, que visitar los lugares por donde ellos deambularon, vivieron y murieron. A este respecto es ejemplar su libro, tras las huellas de Cervantes y de su gran personaje, La ruta de don Quijote, tal como lo es Antonio Azorín, que sigue, en algún capítulo, a don Francisco de Quevedo. En el primero de estos libros Azorín narra sus visitas y paseos por los lugares por los que transitaron tanto Cervantes como don Quijote. En el segundo se detiene en Salas de los Infantes, pueblo en el que falleció don Francisco de Quevedo. No tienen desperdicio las reflexiones que hace, en Salas, sobre la decadencia española en la época de los Austrias. Reflexiones muy aprovechables para los momentos actuales.

Evidentemente viajar, como oír música, o ver cine, leer, y disfrutar de un paisaje, exige una preparación, una educación en el más amplio sentido de la palabra. Tal vez por eso mismo los primeros viajes pueden resultar bastante frustrantes. No ha mucho pude asistir a las lágrimas provocadas por una decepción de este tipo: un muchacho pelirrojo, de siete u ocho años, lloraba desconsoladamente porque en el castillo de Sagunto ni había romanos, ni escudos, ni espadas, ni lanzas, ni gladiadores, ni nada que no fueran piedras, hierbas, lagartos y desolación. Él esperaba encontrar allí a Aníbal y a sus elefantes, ver las máquinas de guerra, o, al menos, los restos de la batalla. Las explicaciones de su padre sobre los movimientos de las tropas, sobre la importancia de la Vía Augusta y del mar, lo calmaron un tanto. La sensación de burla, sin embargo, persistió en el chico.

El muchacho pelirrojo recibió una nada desdeñable lección: para viajar, para disfrutar de las cosas, hace falta imaginación. Sin ella, las piedras no son sino piedras; y las casas, paredes y habitaciones más o menos destartaladas.

La casa de Azorín es un museo. El museo, como no podía dejar de suceder, está lleno de libros. En una sala se halla la biblioteca familiar; y en otra, en los altos de la casa, la biblioteca de Azorín. Hay miles de volúmenes. De esta casa salía, de niño, para ir a Yecla a estudiar. ¿Qué queda de Azorín en la casa? Está su cama, su mesa, la máquina de escribir, los bastones, sillas, algunos butacones... ¿Escribió aquí Azorín sus obras más importantes? Quizás la visita a la casa debería complementarse con una imposible visita a las pensiones en las que vivió y escribió; a Madrid, a París y a San Sebastián.

A Azorín, de vez en cuando, le gusta recurrir a los refranes. Tal vez como un pequeño homenaje al bueno de Sancho Panza. Hay uno que Azorín repite con cierta frecuencia: la oreja junto a la teja. Su cama, sin embargo, la de la casa familiar de Monóvar, no está cerca de la teja. Quienes si lo están, por el contrario, son los libros. Son estos, por lo tanto, los que gozan del privilegio del silencio y del aire puro de la noche, y del día. La habitación del escritor es una habitación interior, sin ventanas; se separa de su estudio por una puerta corrediza. El estudio tiene dos mesas: la mesa camilla y la mesa de trabajo, de madera, maciza. Está a pocos metros de una alta ventana. Sobre la mesa camilla se halla la vieja máquina de escribir. Hay un flexo con la luz permanentemente encendida. ¿Le gustaba a Azorín la luz eléctrica? ¿Por qué no está esa mesa también al lado de la ventana?

A la salida de la casa de Azorín, sin saber porqué, me acordé de aquel muchacho pelirrojo, y de su disgusto en el castillo de Sagunto porque allí “no estaban los romanos”. No le faltaba razón: en las visitas siempre hay algo que no está. Había fotos de Valle-Inclán; libros dedicados por él; fotos de Pío Baroja, de Gómez de la Serna, de Azaña; y libros, muchos libros. ¿De dónde salió todo aquel afán renovador de las letras, de la novela y de la sociedad? En la biblioteca familiar abunda la literatura francesa. Siempre será un misterio, sin embargo, saber qué nos induce a unas cosas, a una vocación, en detrimento de otras.

Cansados de la novela realista, del teatro de Galdós y del vacío romanticismo español, se buscó la renovación por todos los medios posibles: García Lorca, con el teatro y la poesía; Valle-Inclán con el esperpento; Baroja con la novela; Azorín con sus artículos y, ¿por qué no? con sus novelas; Gómez de la Serna con las greguerías, Unamuno, Ortega y Gasset, Jarnés, Bacarisse... ¿Qué queda de todo aquello? Los libros de Azorín son difíciles de encontrar hoy en día. Azorín alabó a un novelista que, también, luchó por la renovación del género. Un novelista al que Ortega y Gasset brindó su apoyo en la Revista de Occidente: Benjamín Jarnés. Benjamín Jarnés tuvo sus más y sus menos con Azorín a cuenta de Campoamor: Azorín lo defendía y Jarnés lo consideraba vacío y tal vez grandilocuente. “No tenía ingenio”, dice. Y es eso lo que ataca Azorín de la novela de Jarnés, El profesor inútil. Azorín compara esta novela a un paisaje: “Es una mañana de verano, mañana clara, transparente, de cielo azul, vamos caminando por la montaña...” Jarnés, un excelente biógrafo, Sor Patrocinio, Zumalacárregui... cuyos libros, como los de Azorín, son, también, difíciles de encontrar. ¿Por qué?

No, los romanos ya no están en el castillo de Sagunto; ni Aníbal y sus elefantes. Pero quedan no campos yermos, hierbas y columnas despedazadas, o lienzos de murallas abatidos por el tiempo, sino libros, ingentes montones de libros donde todavía laten vidas, esperanzas, ilusiones, luchas por renovar y comprender. Y una prosa, y una dedicación a la cultura y al país, dignas de encomio. Eso es lo que hace a Azorín un maestro en el sentido etimológico de la palabra. Y Azorín está y vive en sus libros. Más que en su casa, o en el museo en el que se ha convertido esta.



Etiquetas:   Libros

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