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Mi cena con Rem


Inicio > Arquitectura
18/09/2012


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Voy a darles una información que les puede interesar. Bastante. Aunque la verdad es que no sé si debería hacerlo. En fin. Hace unos meses ya, todavía no me lo acabo de creer, tuve ocasión de compartir cena con Rem Koolhaas. Sí. Ése. El mismo que escribe y construye. 



¿Que cómo? Pues a través de amigos, de amigos de amigos, ya saben como son éstas cosas. Qué tensión, qué nervios, qué inseguridad galopante. ¿Qué hago, cómo me comporto, qué digo, cuando me callo? ¿Cómo se sitúa uno ante un genio en vida, el gurú por excelencia de la arquitectura y sus mercados? Sobre todo de lo segundo, sí. 



Un restaurante normalito, no está el horno para bollos (el mío, no el de Rem). Mi esposa y la suya. O compañera, no sé, o una de sus esposas, en algún sitio leí algo de su poligamia. No sé qué le ven, y menos de cerca. En fin, cosas. 



Detalles de genialidad. Muchos. Constantes. Parálisis propia que desaparece muy poco a poco, a medida que puedo empezar a verlo como persona, y no tanto como maestro jedi. 



Entre plato y plato, ciudades, arquitecturas, personas. Y trabajo, a nuestro pesar: sus encargos, mis ganas. Y los ojos como platos cuando me cuenta, ilusionado, que está trabajando en un proyecto para Málaga. Como lo oyen. Repaso mental rápido a la interminable lista de lugares donde pudiera intervenir: el Guadalmedina, el Puerto, el Tarajal, el Centro Histórico…o quizá una intervención sobre infraestructuras: el Saneamiento Integral, el Tren Litoral… 



Me explica porqué su intervención sí saldrá adelante, al contrario que los desastrosos precedentes de sus (mis) compañeros olímpicos: Gehry en el Puerto, MVRDV en Las Delicias, Mayne en Teatinos, Moneo en Hoyo de Esparteros…todos fueron tumbados antes o después. Pero a él no le va a pasar. 



Seguimos con la cena, con mi inseguridad y su detallado relato de la intervención sobre mi ciudad. El proceso del encargo (ejem), el lugar de la intervención, su forma de abordarla, los primeros esquemas, la propuesta definitiva, los plazos y presupuestos disponibles, los efectos esperados sobre la ciudad. Y por ahí. 



Y hasta aquí puedo contar. O quiero contar. O quiero mentir. 



Porque, sufrido lector, todo esto no era más que una enorme trola gratuita. Y ya no necesito mentir más. Sólo era necesario crear un escenario más o menos verosímil y dejarse llevar hasta hacer coincidir en el mismo párrafo las palabras “Málaga”, “proyecto”, y “Koolhaas”. Como en los experimentos de Pávlov. Sí, ése. El fisiólogo, el de los perros y las babas. El del reflejo condicionado, para entendernos. 



Si usted, desconocido lector, ha sentido un repentino cosquilleo en las tripas, una aceleración del ritmo cardíaco, un escalofrío de ilusión, una sudoración repentina en las palmas de las manos; o peor, aún, si a partir de leer “está trabajando en un proyecto para Málaga”, ha obviado el hilo del texto, presa de la ansiedad, y ha aplicado técnicas de lectura rápida, buscando como loco datos, lugares, fechas, plazos, para saber más sobre la intervención de Rem en Málaga, como lo haría un arquitecto o un periodista, si ha sentido eso, tengo malas noticias para usted. Esas reacciones le han delatado. Sin ninguna duda. 



Esta usted infectado. Está infectado por el virus del Starsystem. Hasta las trancas. Y sospecho que el suyo proviene de la cepa española, seguramente la peor de todas, la más agresiva, destructiva y resistente. Al menos, entre las cepas europeas, porque las orientales también prometen agresividad y permanencia. 



Debe saber que le han afectado las últimas décadas de propaganda mediática. Que se ha creído usted a pies juntillas aquello de que las ciudades necesitan Pritzkers y emblemas, hasta el punto de interiorizarlo. Aquello que empezaron algunos contando interesadamente mal “el fenómeno Guggenheim”, que nunca debió llevar ese nombre, sino “el proyecto Bilbao Ria 2000”. Porque el museo no era más que una pieza perfectamente ordenada y prevista en plazos (no tanto en presupuestos) que encajaba en el puzzle urbano previsto. Otras le antecedieron, y muchas otras le han seguido después, colaborando todas en recuperar creativamente el entorno de la ría industrial, hasta convertirla en un espacio característico del Bilbao del siglo XXI. Bien trazado y bien construido, sin parches ni acelerones ni retrasos, de modo que recoja sinergias y proyecte la ciudad hacia delante. O mejor dicho, hacia sí misma. 



También debería saber, para su tranquilidad, que tiene cura: consiste sencillamente en recordar que las ciudades no necesitan arquitectos estrella para definirse. Siempre, desde el origen de las ciudades, ha sido al revés. Tanto las pequeñas como las grandes, las famosas como las desconocidas, las arrogantes y las humildes, las nuevas como las antiguas. Las ciudades han aportado el contexto creativo donde el arquitecto ha tenido la ocasión de definirse a sí mismo. Si ha podido. Que no siempre. 



Las personas siempre han buscado en ciertos lugares aquello que necesitaban: desde el ermitaño que busca el aislamiento imprescindible en una cueva, hasta el Picasso que se busca a sí mismo en una ciudad como París, pasando por Darwin y las Galápagos, o Gauguin y La Martinica, siempre han sido los lugares los que atraían a las personas, y no al revés. La montaña nunca ha ido a Mahoma. Ni puta falta que le hacía. 



Ni la montaña, ni la Florencia del XV, ni el Nueva York del XX, ni la Atenas del V ac, ni la Alejandría del III ac, se movieron un ápice hacia nadie, ni se han visto obligadas a postrarse para recibir los efectos salvíficos de ningún autor. Siempre han sido los autores los que buscaban sumergirse en el espíritu de una ciudad o un lugar, que les ayudara a sacar lo que llevaban dentro, y aportar su granito de arena a la construcción de una identidad común. 



Que las ciudades atraigan a través de la actuación estelar de un arquitecto famoso es cada vez más insostenible y físicamente imposible. Se ha repetido la fórmula demasiadas veces, en demasiados lugares del planeta, y siempre ha sido una falacia. El universo ciudad se parece cada vez más a un campo de Pritzkers, hay que tener cuidado con dónde se pisa, porque enseguida estallan: Hadid en Sevilla y Bruselas, Koolhaas en México, Zumthor en Basilea, Moneo en Zürich. Todos rechazados. Todos fallidos.



Los proyectos, no las ciudades. Los arquitectos, no los ciudadanos.







Imagen:

Instalación “Being Rem Koolhaas” / PKMN [PAC-MAN] arquitectura, 2010

http://www.pkmn.es/

http://www.pkmn.es/pedagogy/p_id001remk/p_id001remk01.htm





El autor agradece a PKMN [PAC-MAN] arquitectura la autorización para incorporar la imagen de su propiedad que acompaña al texto.









Esta obra está bajo una licencia by-nc-sa.





Éste artículo fue publicado en la Revista El Observador el 18 de Septiembre de 2012.

http://www.revistaelobservador.com/index.php?option=com_content&task=view&id=6667&Itemid=64





Etiquetas:   Urbanismo

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