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El lápiz herido


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15/09/2012

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EL LÁPIZ HERIDO






Vicente Adelantado Soriano





Para Paco Beltrán, gran amigo y maestro, y admirador de Michel de Montaigne.





No se resignan [los espartiatas], en efecto, a obedecer a los que no tienen autoridad para gobernar, sino que la obediencia es, sobre todo, un arte del que manda, pues quien bien dirige da pie a que bien se le siga.

Plutarco, Licurgo, Vidas paralelas.





No deja de ser un absurdo, en estos abatidos y desalentados tiempos, traer a colación a Plutarco y a algunos de los reyes, o legisladores, entre quienes establece un cierto paralelismo en su amplia obra, Vidas paralelas. Absurdo por cuanto en la obra de Plutarco, al menos en algunos señalados casos, reyes y legisladores, buscan la felicidad de sus pueblos a través de leyes y constituciones que hagan a los ciudadanos buenos y virtuosos, palabras que tal vez ya no signifiquen nada hoy en día, sobre todo el término virtud. Este siglo en el que vivimos, al menos por lo que a nuestro país respecta, es tan rastrero, que no ya la práctica sino incluso la idea de virtud brilla por su ausencia, y parece no ser más que una jerigonza de colegio1. Asombra, por surrealista, la determinación de Licurgo, en Esparta, de hacer que las monedas sean de hierro; y tan pesadas que es imposible llevarlas por la calle, y más imposible robarlas. Ocurrencias del bueno de Licurgo para acabar con la riqueza y los robos. Evidentemente, son soluciones que no tienen cabida ahora. Aquella, la espartana, era una sociedad guerrera y austera, virtuosa; y la nuestra ha sido hasta hace poco la consumo, el derroche y la despreocupación. ¿Cómo ir con una tonelada de hierro a un casino y llevarse dos? Máxime cuando se quiere volver al derroche, aunque sea moderado.

No menos absurdo es leer, en estos tiempos que corren, a Plutarco, Platón, Ovidio, Séneca y al resto de los clásicos, a menos que el lector sea profesor, y tenga que explicar a estos autores en las aulas, cosa poco probable dado el sistema educativo que nos alumbra. Hay, sin embargo, un cierto placer, una cierta vanidad si se quiere, en leer aquello que pocos conocen; y en dejarse llevar por una bella melancolía hacia tiempos que se juzgan mejores, tal vez porque aparecen aureolados con las virtudes de las que carecemos hoy en día, siendo cantados, además, por grandes poetas. Eso por no hablar de la necesidad de evadirse, a través de los libros, de este tan necio y desalentado siglo como nos ha tocado vivir. En ciertos momentos no hay como recurrir a los libros para distraerse de un pensamiento inoportuno; desvíanme fácilmente hacia ellos, ocultándomelo. Y además, no se enfadan por ver que sólo los busco a falta de esos otros placeres más reales, más vivos y naturales; siempre me reciben con buena cara2.

Sí, los libros siempre nos reciben con buena cara. Pero hay en muchas de sus páginas una ponzoña evidente: la tristeza de ver, y casi tocar, otros mundos en los que, al parecer, brillaba aquella virtud que no existe en los de ahora, y que se añora. Claro es que, de una forma u otra, salvo que por nuestras faltas merezcamos ser metaformoseados, siempre tendremos el final feliz preconizado por Ovidio: por fin, tras una muerte violenta en la que de nada, ensordecida por el griterío, le vale su lira, Orfeo vuelve al Hades, al camino ya recorrido anteriormente, para tropezarse, de nuevo, con la amada Eurídice3. Y ahora sí, ahora la unión es para siempre. Orfeo puede mirar hacia atrás, hacia delante, y hacia donde quiera: ya no hay condiciones ni castigo. Hay solamente premio: toda la eternidad estará con Eurídice. ¿Qué más puede desear? Nosotros, lógicamente, también moriremos, esperemos que no sea violentamente, y estaremos con nuestros antepasados para siempre jamás. ¡Ay de aquel que, en vida, odiara a sus mayores! Podrían castigarlo los dioses a estar eternamente sentado en una silla de oro y frente a ellos, que gozarían de libertad para levantase y pasear, mirarnos y volvernos a mirar. Eternamente.

Sería interesante saber qué castigo hubiera impuesto Ovidio, o impondrán los dioses, a los pedagogos que mienten a los niños4, o que les dan una formación, enseñan para la escuela, no para la vida5, poco útil y carente de interés. Hay materias que, creemos, pueden escapar del castigo: explican lo que conocen, y silencian aquello de lo que no saben nada. Y se estudian para aprobar un examen, desde luego. Hay otras que, gracias a los cielos, no se pueden dar de forma aséptica, que necesitan enraizarse en el mundo actual, tal vez porque algunas de las viejas cosas que plantean todavía palpitan, laten y siguen vivas pese al tiempo transcurrido. No obstante, con estas asignaturas hay que andarse con pies de plomo. Así, el otro día, me comentaba un profesor, el cual va a impartir Educación para la ciudadanía, o como se llame ahora, que se teme, cuando explique en clase lo que es la solidaridad, la intervención del hijo de algún emigrado, poniendo en solfa todo cuanto se dice en el libro, máxime si encima tiene parientes o conocidos a los que han despojado de la tarjeta sanitaria. Algunas asignaturas se pueden convertir en cuentos de hadas o de terror. Y algunas excusas de quienes nos gobiernan, también.

No sabemos por qué, porque es un galimatías, estamos sufriendo una fuerte crisis económica. Y esta crisis de ahora se tiene que solucionar, parece, perdiendo todos los derechos que, como personas, habíamos alcanzado a lo largo de los años. De forma unilateral el gobierno de turno baja los sueldos, sube los impuestos, nos cobra lo que antes era gratuito, y hasta el estar enfermo lo penaliza. Aun así, y cada vez más debilitados y desalentados, estamos, como Atlante, sosteniendo todo un pesado cosmos: autonomías, presidentes, consejeros, diputados, alcaldes, ayuntamientos, diputaciones, televisiones regionales y nacionales, gobiernos nacionales y supranacionales, organizaciones, senados que no valen para nada, y a políticos que sirven para menos. Pese a todo, estos hacen y deshacen las leyes a su antojo. Considerad la forma de esta justicia que nos gobierna: es un verdadero testimonio de la imbecilidad humana, de tanta como es su contradicción y su error6. Tanto es así que hacen leyes para excarcelar a presos enfermos que, cuando se aplican, les revuelve el estómago. Suelen estar hechas [las leyes] por necios, más a menudo por gentes que, por odio a la ecuanimidad, carecen de equidad, en todo caso, siempre por hombres, autores vanos e irresolutos.7

Haciendo una pequeña comparación, esto de la crisis se parece un poco a una casa en la cual la madre, asustada, se ha percatado de que el primogénito, un manirroto, gasta más que lo que ingresan todos los hermanos, incluido el padre. El manirroto ha hecho, con sus fiestas y orgías, que la familia se endeude e hipoteque casa, utensilios y esqueletos, propios y ajenos. La madre, histérica, ha impuesto un régimen de austeridad tal que hasta las gallinas del corral tienen los granos de maíz contados. La buena madre, sin embargo, con préstamos que ha conseguido, está haciendo una finca de dos pisos para cuando los hijos se casen. Entonces tendrán casa propia, y serán muy felices, aunque, tal vez, las deudas no estén pagadas del todo.

Hay que ahorrar, y, por lo tanto, se recorta todo. Algunos dicen, tal vez con no muy buenas intenciones, que la madre no tiene mucha visión de futuro, pues en vez de invertir en la educación de sus hijos, para que estos, de mayores, tengan las máximas oportunidades a fin de hacerse con un buen trabajo, invierte en pisos, con la mira puesta en un improbable futuro. En vano se le advierte a esta señora madre que no está aprovechando la experiencia de otras: hoy todo se sacrifica a un futuro improbable, y que nadie vislumbra. Lo malo es que sin esperanza ni deseo no vamos a ningún lado8.

Ahora bien, ¿qué esperanza se puede tener cuando día tras día se ve cometer los mismos errores? No hace mucho en una de las tantas cadenas de televisión que tenemos dedicaron un programa a todos los parques de ocio que se hicieron en el país, y que han sido un fracaso. Tal vez hubiera sido mejor invertir ese dinero en educación, en hacer institutos y universidades a fin de tener una juventud bien preparada. No sólo no se ha hecho eso sino que, ahora, como si nada hubiera sucedido, se van a invertir millonadas de euros en levantar casinos y casas de juego, con participación de los bancos españoles al parecer. Se da la paradoja de que muchos de esos bancos han sido rescatados con dinero público que se ha sacado recortando prestaciones a la sanidad y a la educación. Y se van a invertir en salas de juegos. ¿Con qué finalidad? ¿Para qué? Lo imaginamos. Gran facedora de milagros es la mente humana9.

Como quiera que estos complejos de ocio se van a levantar en Madrid, Cataluña, la elegida en un principio, al ser relegada por ese primer proyecto, también va a erigir en sus tierras algo similar o parecido. Se supone que se van a realizar grandes inversiones; que se crearán, como dicen los políticos cuando quieren justificar sus bajas intenciones, muchos puestos de trabajo, directos e indirectos. Y que la gente, lógicamente, acudirá a dichos lugares deseando divertirse, y, tal vez, hacerse rica con las cartas o la ruleta. Los deseos son o bien naturales y necesarios, como el beber y el comer; o bien naturales e innecesarios, como el ayuntamiento con las hembras; o bien no son ni naturales ni necesarios. De esta última especie son casi todos los de los hombres. Son todos superfluos y artificiales.10

No obstante, con la construcción de estos edificios del ocio se van a crear muchos puestos de trabajo. De estos lugares nunca ha salido nada bueno. Insistimos: más hubiera valido levantar institutos y universidades, persuadidos como estamos de que la inteligencia es la que ha de hacer en el mundo las revoluciones, la instalación de una cátedra es, a nuestros ojos, un hecho más importante que un triunfo militar, así como es mucho más lisonjero y ventajoso para la humanidad convencer a un hombre que matarlo.11

También levantar estos otros edificios hubiera creado puestos de trabajo, directos e indirectos. Y, tal vez en ellos, lográramos una juventud más preparada, con capacidad crítica, y justa y virtuosa. El problema está en que tamaños edificios quizás no le interese a nadie, y menos que a nadie a los políticos: esa juventud bien preparada se podría volver en contra de dichos políticos, algunos no sabemos porqué han llegado donde han llegado, por una parte; y, por otra, es más fácil “formar” a un crupier que a un maestro. Ahora, como quiera que esos patios de ocio y diversión tendrá que disfrutarlos alguien, cabe preguntar si lo haremos nosotros, con los sueldos por los suelos; y si en las escuelas, sin música, teatro, danza, ni contenidos, habrá que enseñar a los alumnos a jugar a las cartas, a los dados y a la ruleta, así los preparemos para la vida. Puede ser, por otra parte, una alternativa al botellón que, como es sabido, no genera puestos de trabajo. Dicha solución también podría suponer un gran ahorro: un sólo crupier sería capaz de formar a muchos; en las clases se montarían timbas a las que se invitarían a los padres; y en los meses de julio y agosto se harían cursos intensivos y alguna que otra partida fuerte. Si tenemos un poco de suerte, y recomendamos la novela de Dostoievsky, El jugador, se pueden viciar al juego y pasarse sin comer. Más ahorro. Al resto hay que acostumbrarlos a cenar con el vaho de un eructo ¿no sería acaso un gran ahorro?12

Si la escuela no quiere participar de eso no lo queda más que hacer lo que siempre ha hecho, enseñar olvidándose de quienes no saben mandar y no hacen si no publicar leyes y cortapisas, y elevar monumentos al ocio, al despilfarro y a la nulidad. Lo de las leyes justas y los políticos virtuosos, más una juventud sana y bien preparada, la escuela es ya un lápiz herido y roto, dejémoslo para los clásicos, para aquellos que tenían claro que con los gallos hacénse muchos capones, mas con un capón jamás se hace un gallo13. No lo olvidemos.

1Michel de Montaigne, Ensayos.



2Michel de Montaigne, Ensayos.



3Ovidio, Metaformosis, Libro XI, Muerte de Orfeo



4Docentes alios mentiri non debent, dijo Séneca



5Séneca, Epístolas morales a Lucilo, epístola CVI



6Michel de Montaigne, Ensayos.



7Michel de Montaigne, Ensayos.



8Michel de Montaigne, Ensayos.



9Michel de Montaigne, Ensayos.



10Michel de Montaigne, Ensayos.



11Mariano José de Larra, Ateneo científico y literario.



12Michel de Montaigne, Ensayos.



13Michel de Montaigne, Ensayos.





Etiquetas:   Educación

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