¿Qué nos ha entregado nuestro país a manos llenas que nos comprometa, a título de agradecimiento, a luchar por él y a entregar nuestra vida a cambio de su supervivencia? ¿el patriotismo se da así porque sí, sin fundamento alguno? ¿es un acto de fe? ¿de dónde se nutre el orgullo por México que nos conduciría a tomar lar armas y pelear afanosamente por él? Me duele el mesianismo mexicano al recordar cuando Hidalgo, exigió ser nombrado "Su Alteza Serenísima" antes de pensar en tomar por las armas la ciudad de México. Por ello tres días después el general Ignacio Allende intentaría envenenar al párroco de Dolores. Me causa lástima que Juárez mandó confinar al general Jesús González Ortega, a la sazón, presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación a quien le correspondía constitucionalmente la presidencia de México. Me apena un Venustiano Carranza que utilizó la traición y el asesinato para terminar con sus enemigos y conservar la presidencia. Me averguenza un Carlos Salinas que mandó ajusticiar a Luis Donaldo Colosio porque lo consideró peligroso para su malogrado "Plan Transexenal". Me es ignominioso el abierto fraude electoral de 2006 acometido por Felipe Calderón y sus huestes sobre el triunfador Andrés Manuel López Obrador. Me decepciona la sociedad mexicana que votó mayoritariamente en favor de Peña Nieto partiendo del ignorante criterio de que AMLO es un comunista enemigo de la religión y de la libre empresa; no tengo duda entonces: los líderes mexicanos están rotos por dentro, huecos, vacíos, sin principios, son perniciosos, aviesos y sórdidos. Y en donde los ciudadanos somos culpables, es en tolerarlos, aguantarlos y consentirlos en lugar de escupirlos, expulsarlos y defenestrarlos como yo hice en memoria de Santa Ana, de Carranza, de Obregón, de Díaz Ordaz, de Carlos Salinas, de Fox, de Calderón y de Peña Nieto.



