ENEMIGO PÚBLICO: Will Smith metido en lios

Dentro de esa oleada de películas de acción que asoló la industria de cine americana durante la década de los 90, cobra un puesto de especial importancia Enemigo público (Tony Scott, 1996). El director de Top Gun (1986), orquesta en esta ocasión un absorbente thriller político edificado bajo una pregunta que es, precisamente, la que pone el broche de oro final a la película: ¿dónde está el límite entre protección de la seguridad nacional y la protección de los derechos civiles, sobre todo en la intimidad del propio hogar? Como si de una crónica o fábula moral se tratase, Scott usa como pretexto la historia de un hombre que se ve acosado por la Agencia de Seguridad Nacional después de que caiga en sus manos una cinta en la que miembros del Gobierno asesinan a un sujeto del Congreso de los Estados Unidos, para abordar el espinoso asunto de hasta qué punto la seguridad colectiva debe interferir en la privacidad del individuo y, especialmente, las fatales consecuencias que se derivan de este hecho. Éste es el verdadero abono de un film que, sin reparos en meter el dedo en la llaga hasta el final, puso sobre la mesa un espinoso debate que todavía hoy, aún con las leyes a favor, sigue de máxima actualidad. 

 

. El director de Top Gun (1986), orquesta en esta ocasión un absorbente thriller político edificado bajo una pregunta que es, precisamente, la que pone el broche de oro final a la película: ¿dónde está el límite entre protección de la seguridad nacional y la protección de los derechos civiles, sobre todo en la intimidad del propio hogar? Como si de una crónica o fábula moral se tratase, Scott usa como pretexto la historia de un hombre que se ve acosado por la Agencia de Seguridad Nacional después de que caiga en sus manos una cinta en la que miembros del Gobierno asesinan a un sujeto del Congreso de los Estados Unidos, para abordar el espinoso asunto de hasta qué punto la seguridad colectiva debe interferir en la privacidad del individuo y, especialmente, las fatales consecuencias que se derivan de este hecho. Éste es el verdadero abono de un film que, sin reparos en meter el dedo en la llaga hasta el final, puso sobre la mesa un espinoso debate que todavía hoy, aún con las leyes a favor, sigue de máxima actualidad. 
Con el polo de referencia de Con la muerte en los talones (Alfred Hitchcock, 1959), el director consigue trasladar este dilema al espectador además de por la suma de talentos del calibre de Will Smith, Gene Hackman y Jon Voight (padre de Angelina Jolie) que consiguen hacer creíbles unos personajes atrapados en un guión que por momentos raya la suspensión de la incredibilidad, apoyándose en las máximas virtudes de la cinta: un ritmo narrativo sólido, gran dominio de la tecnología, inspirados toques de humor y, finalmente, mezclando elementos tan paradigmáticos de este tipo de cine de los 90 como pueden ser el espionaje, FBI, corrupción y persecuciones -la de Robert Clayton (Smith) en bata es impagable-. De hecho, junto con Imparable (2010) o Marea Roja (1995), la cinta contiene las mejores secuencias de acción de toda la filmografía de Scott. Estamos, pues, ante un film con un gran sentido del espectáculo, a veces trepidante e inspirado y, otras, sin embargo, herido por unos farragosos y desconcertantes giros de guión. En otras palabras: estamos ante la típica película que, de desconectar el espectador tan sólo un minuto, se verá ahogado en un océano de conspiraciones, explosiones y espionaje tecnológico.

Con el inconfundible aroma de serie B, otro de los aspectos más característicos de Enemigo público es su agradable sentido del humor. Incluso me atrevería a decir que contiene algunos de los mejores gags vistos en cine de la década; instantes como el de la pareja china alojada en un hotel que, de golpe y porrazo, ven sepultada su intimidad, elevan este film del resto. Asimismo, es innegable su capacidad para generar tensión y hacer fácilmente digeribles su dos horas largas de duración, algo a lo que contribuye unas escenas ágiles, un trabajo de montaje sobresaliente y un uso de la música que realza, con maestría, cada instante de metraje. Quizá carezca de los grandes momentos suficientes para poder incluirla en cualquier lista de películas imprescindibles, pero sólo por la fidelidad a su premisa inicial, a su verdadera razón de ser, merece la pena. Otra de sus mayores bazas es un Gene Hackman que, aunque tarda lo suyo en aparecer en pantalla, suple la espera dominando la escena como pocos actores pueden presumir. 

En definitiva, un artefacto bien construido y mejor rematado -ese tiroteo final antológico, en la línea de Amor a quemarropa (1993), su trabajo más notable- que reforzó la posición de Tony Scott como uno de los pilares fundamentales del cine de acción. Sí, quizá a veces se le fuera la mano a la hora de dotar de verosimilitud sus obras, por rocambolescas y retorcidas, pero siempre será un maestro para cumplir con el más firme de los propósitos con los que nació el cine: entretener. 

UNETE



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