Chile, la aventura conjunta de convivir - Parte 6

NEGOCIAR: HERRAMIENTA DE PAZ Y COOPERACION

 

. La inte­gración de los pueblos se sustenta en acuerdos de mutuo benefi­cio. He tenido la suerte, a través de diferentes misiones por toda la región, de ir fortaleciendo viven­cialmente las premisas de la cooperación, intercambian­do experiencias con otros latinoamericanos que exploran y difunden esta nueva disciplina.

En el libro de Mario Jinete, de Cali, Colombia, "Cómo Negociar con Éxito", leemos un párrafo que brillante­mente resume el alcance de la acción negociadora:

"Como existe una interrelación entre todos los seres humanos, la negociación se impone como una interdepen­dencia que nace en el seno del propio hogar, se extien­de al mundo de los negocios, se aplica entre gobernan­tes y gobernados y aun entre países. Querámoslo o no , vivimos en permanente proceso de negociación."

¿Es posible la cooperación en función de ser más compe­titi­vos en el mundo abierto de hoy?

Si quien contestase esta pregunta fuese un violento, diría que no. Es que la violencia es el uso directo u oculto de la fuerza como medio para resolver el con­flicto. En el fondo la violencia delata una debilidad, la incapacidad de hacer pesar los propios argumentos en un debate racional.

Por lo mismo, nuestra respuesta es sí, y le agregamos que cooperarse para competir con mayor capacidad cons­tituye hoy una necesidad para el progreso de los pue­blos.

En este contexto, la verdad es un valor que debe privi­le­giarse para lograr legitimidad en la vida diaria, y es algo básico para mirar el mañana con esperanza, con optimismo.

NEGOCIAR ES PARTICIPAR

Todos portamos nuestros lastres, nos relacionamos condicionados por nuestros prejuicios, por nuestra con­ceptualización del mundo. Sobre todo las genera­ciones que fueron remecidas por la utilización de la fuerza, por el miedo impuesto como palanca de domina­ción, por los exacerba­dos ideolo­gis­mos, por la confron­ta­ción posi­cio­nal de ópti­cas dife­ren­tes, de intereses que se impusie­ron a raja tabla, en fin, por si­tua­ciones ruptu­ristas que troncharon la vida cívica de los pue­blos de América toda.

La franquía que necesitan las relaciones entre personas y organizaciones, pasa por hacer explícitos los intere­ses que pretenden alcanzar las partes y comprender sus límites.

Actuar sin prepotencias, buscando como valor la reci­procidad, buscando con creatividad opciones que conci­lien y complementen tales intereses, conduce a una estabilidad en sus relacio­nes .

Ejercitar la tolerancia no significa resignar los legítimos intereses, sino impulsarlos con la compren­sión cabal de que habrá que anticipar conflictos, imaginando cómo resolverlos con la mayor equidad.

Aprender a compartir lleva a la construcción de rela­cio­nes equili­bradas, de una creciente colaboración.

En este contexto, el rol principal del Estado Moderno debe ser precisamente la desconcen­tración del poder para que el ciudadano pueda ejercer su protago­nismo en espacios más explícitos de concurrencia, como lo son las comunas, barrios y organizaciones no guber­namenta­les de ámbito local. En la expectativa de esta moderni­zación, el Estado debe ir regulando marcos gruesos o globales para que se procure un mayor equili­brio, transparencia y claridad en las actividades de los privados.

La planificación participativa, que co­rresponde a este estilo de relacionamiento, se basa precisamente en un sistema pluralista de negociaciones que integre intere­ses en proyectos consensuados. El liderazgo que debe ejercer un agente del planeamiento comunal o regional, deberá buscar precisamente este tipo de acciones en la comunidad.

En definitiva, para mejor participar en la vida ciuda­dana, los grupos de interés deben cambiar los estilos de presión y fuerza, por aquellos que , susten­tados en el pluralismo y la tolerancia, se encaminan por el camino inteligente de la negocia­ción.

EDUCACION PARA LA TOLERANCIA

El acuerdo y la negociación son la única posibili­dad de vivir en paz y armonía. Practicar el acuerdo es la única forma de ser verdaderamente hombres libres y de buenas costumbres.

Debemos aprender a defender con valores nuestros inte­reses. Entender que la fuerza de la razón abre caminos a la paz. Que la interrelación de los seres humanos no puede excluir a nadie, pero que los espacios de armonía se ganan una vez que se toma debida cuenta de los límites y responsabilidades que implica ejercer un derecho.

Saber con quienes se conflictúa y porqué, para proyec­tarse en fun­ción de negociar una salida armónica al problema.

En las sociedades latinoamericanas contemporáneas, la desventa­ja estructural de los sectores más débiles, ha puesto en el tapete un valor: la equidad.

Aspirar a relaciones más equitativas en la socie­dad es mucho más que un compromiso de la alta política. Debe moti­var una acción cultural profunda, que rescate los principios de la cooperación, esa básica acción grega­ria para mejorar las capacida­des de participar en ámbitos competitivos.

La igualdad de oportunidades, constante utopía social, debe ser acercada a la vida real en función de medidas que vayan mejorando las fortale­zas de las grandes mayo­rías, entregándoles opciones de crecimien­to, de cons­trucción asociativa de una mayor capacidad negociadora.

Educar para fortalecer la familia chilena. Educar para una relación activa en la sociedad, educar para la cooperación, conduce a una forma diferente de actuación en todo orden de cosas.

Negociar significa establecer comunicaciones, negociar significa construir con dinamismo relaciones equitati­vas, nego­ciar signifi­ca aprender a resolver los con­flictos de intereses, antes que ellos detonen con grave daño para todos los involucra­dos.

Deponer el autorita­rismo en el corazón de los hombres, pasa por activar también su creatividad. Sacarse de encima cánones normativistas, dejar de plantear como estilo de inte­rrelación la consecución de marcos cons­tituciona­les, legales o reglamentarios para perpetuar los status quo, significa entender con dinamismo la evolución de las sociedades modernas.

La solución imaginativa de los proble­mas, con una acción integrativa que vincule e involucre a todos los interesados, aportará equilibrios casi naturales al problema.

En este sentido, la participación social se levan­ta como una columna vertebral para soportar una organi­za­ción social más sana. Que la política no pretenda adju­dicarse el monopo­lio de lo público, queda como premisa si se desea realmente la participa­ción responsable.

Participación que debe recoger como elemento sustan­cial, la conjuga­ción de deberes y derechos.

Cualquier postura facilista que se centre sólo en reclamar derechos o intereses, deja rengueando la idea de responsabilidad ciudadana. El correla­to de ambos aspectos nos puede nutrir eficazmente para cimen­tar una sociedad moderna, equitativa, segura de sí misma.

UNETE



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