Red de publicación y opinión profesional
Política · Economía · Sociedad · Cultura · Ciencia · Tecnología ·
Últimas etiquetas:   Escritores   ·   Periodismo   ·   Lectores   ·   Ética   ·   Filosofía   ·   Libertad de Expresión   ·   Libertad de Pensamiento   ·   Derecho   ·   Filosofía Social   ·   Derecho Civil



Chile, la aventura conjunta de convivir - Parte 5


Inicio > Cultura
09/09/2012

866 Visitas



REVALORIZANDO LO PROPIO


Frente a estas fuerzas entrópicas de nuestra sociedad, la propuesta de fortalecer lo propio, resca­tando los valores de la chileni­dad, de aquello que conformamos como región, ese crisol inconcluso de etnias, aquello que somos en nuestra calidad de indo-iberoamericanos, debe trascender mucho más allá de las efemérides o la retórica integracionista.

Si la América a la cual pertenecemos, está en pleno proceso de estabilización política y económica. Si a nivel planetario la tendencia mundial a los regio­nalis­mos va acompa­ñada de tendencias de neo-proteccio­nismo que dificultan las posibilidades de crecimiento hacia afuera de nues­tras economías; y si a eso se adiciona la reaparición de grupos neonazis, cuyos mensajes de xenofobia penetran las ciudades europeas, la civilidad de nuestra región debe asumir el desafío impostergable de apurar el paso en la cooperación y la integración.

La evidencia actual de esta nueva dinámica de los procesos de cooperación regional, se aprecia en dos niveles inter­conectados: el plano intergubernamental, en donde la diplomacia direc­ta apunta a la concertación política de la región; y el ámbito privado, con accio­nes cons­tantes de empresarios, académicos, profesiona­les, organizacio­nes no gubernamentales, que han ido tejiendo una red de intereses permanentes que hoy deja al proce­so global de colaboración regional, en una inmejorable posición.

Hoy la cooperación es mucho más que un eslo­gan recu­rrente para la revi­sión de las relacio­nes exterio­res.

Es la necesidad íntima, familiar, de defender nuestra esencia, para que la apertura de las economías no signi­fique resignarnos a perder elementos históricos que nos han dado una identidad, una personalidad frente al mundo.

El mundo de los noventa nos llena de información. Nos satura de noticias. Nos exige repensar todos los esti­los tradicionales de vida. Es a veces incómodo vivir en esta aldea mundial.

El desamparo del hombre de hoy se traduce en el cambio mundial de los roles del Estado, con un ajuste estruc­tural que ha ido más adelante que la mentalidad de la comunidad nacional, que, salvo excepciones, va interna­lizando lentamente los nuevos estilos de inter­ac­ción económica y social.

Queda en las personas un sentimien­to de soledad, un descreimiento en ese Estado que se repliega y se decla­ra subsidiario. Se intuye la necesidad de partici­par en términos competi­tivos, se teme el peso político de grupos de interés, cuyas áreas de influencia tras­cien­den los marcos nacionales.

Como una reacción casi lógica el hombre se refugia gregariamente en las organizaciones no gubernamentales, convirtiéndose éstas en trincheras elitarias para actuar en la conquista de algún grado de influencia.

Hay temor por las distorsiones que puede tener el poder financiero en la vida social. Se desconfía de la rela­ción de lobbying y se aspira a una transparencia que permita dilucidar la legítima acción de defensa de intereses sectoriales o gremiales de lo que es corrup­ción. Débiles fronteras que cuesta distinguir.

En la reorganización o modernización de nuestros paí­ses, aparece la necesidad de compartir espacios, pero también la enquistada tendencia de ganarlos por la fuerza. Federalismo o feudalismo es la dicotomía que nos plantea Edgard Morin, en su prospectiva de la civilización planetaria de fines de siglo.

A nivel de las calles empedradas que soportan estoicas sus siglos marineros, el humor ayuda a no deprimirse ante tanto cambio. Una de las expresiones críticas más saludables que el anónimo ser humano ejercita desde su clandestino si­tial en las megalópo­lis, es la observa­ción ácida, el diagnóstico risueño que se mofa de todo.

La risa, como nuestros bailes festivos, es libe­rante y un antídoto frente a tanta incongruencia. Es una liga­zón satisfac­toria para indi­viduos solitarios que rehu­yen pero al mismo tiempo integran la multitud desbo­cada; queriendo de alguna forma levantar su prota­gonis­mo, defen­diendo el aire y la flor, mofándose de la última masacre de los paci­fistas armados hasta los dientes que nos ha traido el satélite.

Riendo de todo, rasgando con la mirada aguda del libre­tista, del caricaturista o del cómico los protoco­los almidonados, este ejercicio lúdico oxigena las urbes con sus ventoleras irreverentes. Así tam­bién, el anónimo telespectador celebra desde el living los logros de la Paz en medio de tanta belicosi­dad.

Pero más allá de la actuación soberana como tele­viden­te, aparece reiterativa la soledad, barnizando las ciudades con rece­los y miedos.

Y allí, al medio, nadando hasta el próximo escaño, intentando un surf por las olas de la modernidad, el hombre de hoy, minúsculo, atiborrado de información, sin saber que en esa avalancha de información corre el riesgo de perder cada vez más su capacidad de asombro y su débil identi­dad nacional. O también el riesgo de irse cerrando en sí mismo, con la pérdida de interés por todo lo que esté más allá de su microentor­no.

En las urbes, los personal stereos clausuran toda posi­blidad de acerca­miento básico a los demás. Y la cone­xión no tiene filtros mínimos para aquello que alguna efe - eme despliega como programación envasada.

Este es el escenario de disgregación en que se sitúa el alerta rojo. Si se quiere fomentar una actitud de respeto mutuo, que elimine actitudes belicistas de cada íntimo pequeño dictador, es preciso generar los puentes elementales para salir de nuestras caparazones y deci­dirnos a conjugar el nosotros.

El televidente que ríe, que selecciona lo que quiere escuchar, al ejercer su sagrada libertad parece estar olvidando o desinteresán­dose por lo público, por los demás.

Así es la dura tarea cotidiana de la convivencia.

Deambulando nuestro minúsculo hemisferio, resguar­dando el metro cuadrado escaso, fortaleciendo maceteros de poder que jamás llegarán a ser parcelas, nos encara­ma­mos hoy a la pregunta desgarradora que se avienta en esta etapa de apertura , en donde América Latina tiene una mitad oculta deambulan­do por el mundo entero, como sudacas o espaldas mojadas: ¿Cómo participar en este mundo de hoy sin que nos debilitemos más en el empeño?

¿Cómo formar en nuestras jóvenes generaciones una mentalidad abierta, interesada en interactuar siendo mejores?

Desde este nominado Continente de la Esperanza, desde este Chile partido y diseminado por el planeta, asome­mos la nariz inocente al discur­sivo proceso coti­diano, a esos es­fuerzos que buscan construir su inserción inter­nacio­nal.

Asumiendo los riesgos, que hemos reseñado como hitos de sirénico espectro, descubramos con energía las enormes oportunidades que nos ofrece cada día el diálo­go, la cooperación, las negociaciones.

Podemos construir una pertenencia creativa y polifacé­tica a un mundo flexi­ble, quizá agreste, pero lleno de otras personas, con paralelas incertidumbres, que tienen una visión com­partida, y a quienes debemos descubrir. O seguir famélicos hasta un penúl­timo nau­fragio. Depende de nosotros.

Las energías están dentro de cada uno de nosotros. El asunto es focalizar­las en forma integrativa, elevando el conoci­miento y respeto por lo propio, por nuestra historia, nuestros ancestros, nuestra idiosincracia.

Intentemos la aventura del redescubrimiento, la catár­sis ineludi­ble que nos permita fulgurar como eslabones del fin de siglo, ligando con inusitado esfuerzo nues­tro incongruente trocito de historia con la cosmogonía que cada cual esculpió en sus silencios, o aprendió en décadas pasadas entre aquellas estanterías, hoy abarro­ta­das de tomos fantasmales.

Tratemos de empezar de nuevo, avan­zando por los umbra­les del siglo, más livianos, despro­vistos de lastres, para rememorar lo propio con los poros abier­tos, pero hurgando las aristas de la memoria para eliminar los absolutismos, para asig­narle a cada episodio su prisma de verdad inconclusa. Hagamos el empeño honesto de elevar un puente para la empatía indispensable que nos permitirá conocernos y entender nuestras respectivas ansiedades e intereses.





Etiquetas:   Educación   ·   Sociedad   ·   Globalización

Compartir
Tu nombre:

E-mail amigo:
Enviar
PDF

0 comentarios  Deja tu comentario




Comienza
a leer


Un espacio que invita a la actualidad e información
 

Publica tus artículos


Queremos ser tus consejeros y tu casa editorial

Una comunidad de expertos


Rodéate de los mejores y comienza a influir
 

Ayudamos a tu negocio


El lugar y el momento adecuado donde debes estar
Secciones
17924 publicaciones
4576 usuarios
Columnas destacadas
Los más leídos
Mapa web
Categorías
Política
Economía
Sociedad
Cultura
Ciencia
Tecnología
Conócenos
Quiénes somos
Cómo publicar en Reeditor
Contacto
Síguenos


reeditor.com © 2014  ·  Todos los derechos reservados  ·  Términos y condiciones  ·  Políticas de privacidad  ·  Diseño web sitelicon.com  ·  Únete ahora