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Chile, la aventura conjunta de convivir - Parte 1


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09/09/2012

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Reedito Ensayo de Octubre 1993, en 8 apartados 


EL OBJETIVO: NOSOTROS MISMOS

Como un monólogo trunco, aderezado de millajes inusita­dos, el chileno de hoy trota por las peatonales, en un impecable eludir al prójimo, ese ser contiguo que atropella, que impone su paso también acelerado, mien­tras las voces por sobre las cabezas se entremezclan para anunciar la última "novedad de año para los regalo­nes".

Apretujado en la escalerilla mecánica se va sumer­giendo en el moderno limbo de las urbes, asumiendo una intros­pección fetal, mientras los espejos, las vidrie­ras, el veloz túnel de la muche­dum­bre, van delineando su imagen reiteradamen­te, como insis­tiendo en ese escudriñar clandestino de su íntimo microespacio.

Allí, acomodado en el recinto subterráneo, el hom­bre de fin de siglo busca retomar sus sueños.

Entrar por su mirada a las inquietudes del ser huma­no frente a su entorno, exige abandonar impos­tacio­nes doctrinarias, raciona­lidades desgastadoras y sim­plis­tas. Se trata de adentrar­nos en el alma colecti­va, yendo más allá de las formas, apuntando hacia la emoti­vidad guardada que lleva consigo los rasgos grue­sos de una memoria oculta, doliente, simulada.

Es el osado intento que quisiéramos proponer como aven­tura compar­tida.

Es la propuesta indagatoria que desple­gará más pregun­tas que respuestas. Es la invitación a recorrer con nuevo prisma estos umbrales de fin de siglo, para beber el alien­to cálido de la tierra, para estrechar lazos con los más recónditos senti­mientos, para propo­ner talvez una suerte de catarsis, que nos permita mirarnos en el espejo sin bajar la vista.

LA NECESIDAD DE RECREAR UN SUEÑO

Llenos de errores, reiterativos en promesas que al paso se olvidan, deudores morosos de afecto, convocados por un silencio apretado que pugna por dar un brinco, nos ponemos a revisar lo propio y nos proponemos ser opti­mis­tas en el juego. Tratando de reírnos de las graveda­des con que el formalismo viste los absur­dos de la historia.

Sintiendo que aún somos capaces de recrear un sueño y enarbolarlo a diestra y siniestra.

Para la aventura, proponemos la simpleza celeste que sigue creciendo inocente por las calles y barrios de la patria. Los hijos que siguen llegando en la antesala de un cambio de era.

Frente a ellos, todas las juiciosas reflexiones sobre la vida, la reconciliación, la mentada moderni­dad, la inserción internacional del país, la democra­cia, la participación social, todo al fin, aterriza en ese hilado intan­gible del amor.

Allí quisiera posicionar esta reflexión. En esa cons­trucción sencilla de la libertad, de la educación sin palabras. Frente a los niños la relación no funcio­na con el hemisfe­rio de la razón o la lógica, se debe recurrir a la magia, al vuelo, a la libre expre­sión de las sonri­sas o las rabietas.

En ese amurallado reducto de cada cual, en la actuación franca que parte del saludo sencillo de buenos días y se clausura con un minúsculo pero enorme beso de buenas noches; allí, en ese privado microespa­cio, puede cons­truirse el cimiento de una sociedad dife­ren­te.

Quisiéramos dejar un abanico de ideas en la mesa redon­da de todas las familias de Chile. Recuperar el tantas veces desmerecido diálogo intrafamiliar, para afrontar como chilenos ese interés común insoslayable -nuestros hijos, los suyos, los de todos - como expre­sión concre­ta - de sucias narices y rodillas rasmilla­das - de un objetivo humanista integral, que nos permi­ti­rá un punto de partida necesario, en donde podamos fortalecer las coinci­dencias.

Sabemos que es en esa tarea silen­ciosa de formar perso­nas, en donde a diario los adultos corremos todos los riesgos y donde somos normalmente livianos en su consi­deración. El desapego afectivo, las faltas de tiempo, la soledad encubada desde la guarde­ría, son algunos de esos hechos concatenados, que nos marcan posteriormente en la adul­tez.

En la idea-fuerza de profundizar la democracia y sentar las bases de una convivencia basada en el respe­to mutuo, que postula como un sólido faro la civilidad, se pretende hacer de la democracia carne y espíritu, con conduc­tas coherentes en la comunidad, en el indivi­duo, en el hogar, en la familia. Es allí donde debiéra­mos indagar por las raíces profundas del cambio.

Los contaminantes y amenazas del entorno familiar son múltiples, y mucho se equivocarían quienes no alcanza­ren a percibir la importancia crecien­te de este espacio genuino para la conjugación real de los valores que difunde el discur­so.

Para alcanzar consecuen­cia entre el discurso y la acción, es necesario repensar la Familia para el Cam­bio. Como soporte de lo que busca ser una sociedad pluralista, con un estado democrático donde la convi­vencia se funda­mente en el respeto mutuo y los valores ancestrales del amor, de la tole­rancia, de los deberes junto con los derechos.



Etiquetas:   Ciudadanía   ·   Educación   ·   Política   ·   Sociedad

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