. Alemania, ese país lleno
de historias, cuna de pensadores y epicentro político del Siglo XX, ha logrado
construir un modelo de economía social de mercado en donde se combinan la
competitividad, la conquista de los espacios internacionales, el incentivo a
las empresas y los factores que configuran el equilibrio social.
De acuerdo a los
estudios del Foro Económico Mundial, Alemania ocupa el quinto lugar en el
ranking de competitividad a nivel global. Esto se sustenta en diversos factores
que se combinan: posee la mejor infraestructura del mundo -lo dicen los mismos
empresarios-, hay un buen nivel educativo, mucho incentivo a la investigación y
el desarrollo (2,6% del PIB) y una capacidad inventiva notable que los llevó a
registrar el 11% de las patentes a nivel mundial en 2009. Además, las empresas
apuestan por la tecnología y ello se traduce en innovación y prestigio.
Un punto particular
que merece atención es la confianza: pese a la crisis que amenaza a Europa y
los pronósticos de recesión, los empresarios alemanes no han perdido la
confianza en su economía. Al contrario, los sondeos indican que los empresarios
están dispuestos a invertir, a emprender y generar empleos. Esto representa un
fuerte incentivo para el consumo, pues hay optimismo en cuanto a la
recuperación de la economía y la proyección en el mediano y largo plazo. Algo
que siempre cuidan es el poder adquisitivo, ya que el consumo interno es
importante para el dinamismo propio, por lo que buscan la manera de generar
condiciones que favorezcan dicho consumo.
Actualmente, con la
crisis en la zona euro y con un efecto contagio que amenaza con dejar en
recesión a los países europeos, Alemania es el país que mejor ha resistido.
Bien posicionado en los mercados internacionales, sobre todo en Estados Unidos
y China, proyecta un importante crecimiento de las exportaciones. El año
pasado, en medio de la incertidumbre europea, sus exportaciones se
incrementaron en 11%. Sus productos mantienen una elevada competitividad, hay
una mejora constante en cuanto a la innovación tecnológica y mucha capacidad
para ajustarse a los cambios en los mercados. Ante este panorama, hay
generación de empleos, de riqueza y se espera un crecimiento económico para los
siguientes años.
La tecnología es
quizá uno de los factores más determinantes para confiar en la economía
alemana: gracias a sus investigaciones, los alemanes están a la vanguardia en
nanotecnología, biotecnología, tecnologías de la información, producción de energía
ecológica y otros rubros.
Sin dudas, tenemos
mucho que aprender de los alemanes. La planificación de los países requiere
pensar en la competitividad, en el desarrollo de infraestructuras, en el
posicionamiento en los mercados internacionales, la inversión en ciencia y
tecnología, así en la capacitación de la gente con miras a ubicarse en el
sector en donde se concentra la riqueza: los servicios.
Los países
latinoamericanos tienen mucho oportunidades de crecimiento y desarrollo, pero
son anclados por la falta de infraestructura, por la escasa inversión en el
pensamiento científico y por la desidia con la que se educa a la gente.
Contrariamente a lo que hacemos en países necesitados como Paraguay, los que
quieren progresar invierten en ciencia y tecnología a pesar de la crisis,
porque saben que esa es la manera de construir futuro. Es curioso que las
economías poco competitivas sean las que se ponen la soga al cuello cada vez
que tienen una crisis: en lugar de invertir, prefieren recortar los recursos
destinados a la educación y la investigación, con lo que merman sus
posibilidades de emerger en un mundo competitivo y globalizado.
Deberíamos iniciar
una transmutación de nuestros valores, para dejar de lado la corrupción, la
negligencia y el facilismo, en tanto apostamos por la confianza, la educación,
la investigación científica y la tecnología. Quizás de esta manera logremos que
la riqueza natural que tenemos se transforme en equidad, en empleo,
oportunidades y progreso. Hay que crear un régimen de confianza y a partir de
ahí comenzar a construir.