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La declaración episcopal del 8 abril.


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16/04/2011


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Es una constatación histórica que las organizaciones de sentido moral, a partir de una convicción de fe, son la respuesta para millones de personas que, por esta vía, encuentran su propio lugar en la vida y en el mundo.  Ello no es menor. Los credos constituyen afirmaciones de vida para personas de las más variadas raigambres sociales y culturales, que explican su propia existencia y las eventualidades de su transcurrir en la existencia, a partir de las convicciones que emanan de su fe. De allí se desprenden consecuencias morales que determina la forma de ser y hacer en la relacionalidad de grandes agrupamientos humanos. Obviamente, cuando el hombre o mujer de fe es coherente con su códice moral ello constituye un ejemplo para su prójimo, y así, el hecho religioso se convierte en una lección de vida y en una forma de hacer fidedigna la expresión del credo en la práctica social.


Una de las aspiraciones de toda sociedad debiera ser siempre que los credos, que se expresan en estructuras de propagación y administración del hecho religioso – las iglesias -, tengan la capacidad de hacer un aporte sustancial a las más sublimes aspiraciones de bondad humana, más allá de las modalidades y particularidades de sus afirmaciones de fe, sobre la base de que, los determinismos que establecen el credo tienen un alcance limitado a su comunidad de creyentes, y los valores de alcance social tienen una consecuencia positiva en el desarrollo del hecho social y cultural.

Las iglesias que representan las tradiciones cristianas, por ejemplo, tienen cada una sus particularidades que competen a sus adeptos, pero transmiten hacia la sociedad toda valores de tanta trascendencia como el amor al prójimo, la misericordia, una idea de hermandad, la caridad, etc.

 De allí que, cuando las instituciones morales presentan crisis, producto de una ruptura del basamento fundamental de su trascendencia social – su carácter de organización con sentido moral -, no es algo que estimule el júbilo de quienes discrepen respecto de los actos civiles de esa institución. Por el contrario, quien aprecie la importancia de los valores fundamentales que permiten que nos constituyamos en sociedad, no dejará de lamentarse de que determinados hechos impidan la credibilidad de una idea expresada en una comunidad de creencias y de quienes están llamados a representarla.

Las crisis de las instituciones morales son graves, porque afectan, en primer lugar a la comunidad de los adeptos, y en segundo lugar a la sociedad toda, que queda expuesta a la duda y la sospecha sobre todos los que tienen responsabilidad o representación de la institución afectada, así la mayoría de ellos puedan ser personas de intachable conducta y de fidelizada conducta respecto a los contenidos que preconizan.

En virtud de ello, no puede sino preocuparnos el carácter que ha tomado la crisis de la Iglesia Católica chilena, cuyos obispos hace unos días han pedido perdón, a través del documento titulado “Transparencia, Verdad y Justicia”, como resultado de la reunión de la Conferencia Episcopal.

El documento tiene el valor de señalar las correcciones que, institucionalmente, la conferencia de los obispos considera necesarias para impedir que el futuro se produzcan situaciones como las que son de conocimiento público en los meses recientes. Tiene la virtud también de reconocer que no se ha actuado con la debida atención y premura al conocerse los primeros antecedentes, lo que provocó que el daño se siguiera manifestando y los hechos siguieran su curso. De la misma forma, algo que tiene importancia más bien en el orden interno, se ha manifestado un compromiso en cuanto a perfeccionar la selección y formación de los candidatos al sacerdocio y establecer ambientes sanos y seguros en los lugares donde se hace formación de menores de edad.

Sin embargo, hay aspectos que dejan sombras y que no pueden dejar de comentarse. Uno de ellos es que, sobre la base de un cita al Papa Juan Pablo II, se hace énfasis en que “quienes abusan de niños y jóvenes no tienen lugar en el sacerdocio”, para luego llamar a que los sacerdotes que han faltado a su compromiso y han causado daño a otros hagan “un examen de conciencia personal y a responder de sus actos delante de Dios, de la sociedad y de sus superiores”.

A mí entender, la segunda afirmación no es coherente con la primera. Si ha existido una investigación de alto nivel de la Iglesia, que ha establecido responsabilidades, la consecuencia no ha sido que quien tenga establecida culpabilidad “no tenga lugar en el sacerdocio”. El sacerdocio como primera indicación conceptual es la dignidad de quien tiene el cargo de sacerdote. Hay casos de sacerdotes que han sido identificados en relación a casos de pedofilia, pero que continúan con su investidura y dignidad de cargo, aún cuando puedan estar confinados a lugares de retiro espiritual.

Es un hecho que la jerarquía de la Iglesia Católica en todas partes del mundo, y Chile no es la excepción, nunca ha dejado de efectuar una acción protectora a favor de los acusados de delitos contra menores de edad, provocando precisamente que ese sea su error más radical, aún arriesgándose a pagar altos costos. Cuando es necesario sacar a alguien del país donde se denuncia un hecho, se hace sin dudarlo, coartando la posibilidad  de que puedan  enfrentar las responsabilidades penales. El destino específico en esos casos es Alemania, país muy favorable por el carácter del concordato con El Vaticano, para evitar eventuales extradiciones. 

Las víctimas no son consideradas ni escuchadas, salvo cuando el tema mediáticamente es inmanejable. Eso también ha sido una constante.

La declaración de los obispos, valorada por los medios tradicionales, carece de una postura explicita frente a los casos específicos ocurridos, y no establece una doctrina de tratamiento de eventuales nuevos casos. Pide perdón, señala medidas internas en la selección y formación de sus sacerdotes, promete ambientes seguros para los niños y jóvenes, pero no indica cual será la nueva conducta frente a futuros acusados de delitos contra menores de edad. Al no formular una nueva conducta frente a nuevas denuncias de abusos contra menores, todo lo demás pierde sentido como promesa, porque, lo que la comunidad nacional espera, es que no haya protección a culpables de delitos, ni obstaculización de las investigaciones criminales.

Al no haber una formulación de un nuevo manejo de acusaciones o denuncias, con arreglo a las leyes del país, todo lo demás constituyen solo buenas intensiones, porque lo que pone a la Iglesia en crisis y en manifiesta interdicción con su carácter de organización con sentido moral, no es el hecho de que haya personas en su seno que cometan delitos. La falibilidad de algunos miembros de una institución religiosa, o de cualquier tipo, está dentro de lo previsible.

Lo que hace censurable y cuestionable los pasos dados por la jerarquía de la Iglesia es la decisión de poner en una posición de prioridad al clérigo acusado, por sobre la comunidad de la fe y sobre la comunidad toda, y especialmente por sobre la víctima. Es lo que pasó cuando la jerarquía enfrentó hace años las denuncias contra Karadima, o cuando saca abruptamente hacia Alemania a la superiora ursulina. Es la decisión de no entregar la información que se posee, reclamando condición vaticana para personas que viven en Chile, que son chilenos y que están siendo investigados por delitos cometidos en Chile. Tal es la causa del repudio y el cuestionamiento al rol de su jerarquía, y su crisis como organización con sentido moral.



Etiquetas:   Religión

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9 comentarios  Deja tu comentario


Ricardo Andrade Iturra, Siempre será interesante verificar en la praxis la conistencia entre lo que se dice y los hechos que se constatan en ralación con las instituciones morales.


mario bonilla, La Iglesia Católica una vez más reacciona tardíamente ante los hechos que la aquejan. Actúan igual que los abusadores que describe la psicología, pretenden solucionar sus aberraciones pidiendo perdón y jurando que se van a tratar y que sus agresiones no se volverán a repetir.Pero, caen y vuelven a caer,hasta que terminan matando o causando graves alteraciones psicológicas a los ofendidos.
Por lo tanto a la Iglesia no hay que creerle sus actos de constricción, luego vamos a ser testigos de nuevos abusos y nuevas pedidas de perdón.


Renato Eduardo Alvarez Arregui, (Continuación del comentario cortado anterior):

Quizás está llegando la hora final para la Iglesia, desprestigiada en todo el mundo como nunca antes. No creo que su jerarquía actual (no sólo la chilena, sino que desde el papa Ratzinger hacia abajo) estén en condiciones (o deseen hacerlo) de dar los pasos necesarios para cambiar esto. Se limitarán a seguir pidiendo perdón y prometiendo cmabios drásticos... pero con la intención de que NADA cambie, pues de lo contrario ellos perderían el poder que detentan.

Personalmente, espero que la caída y el desprestigio continúen, que estos episodios no se olviden y la jerarquía de la Iglesia insista en sus actitudes torpes para mantenerse en el poder, navegando contra la corriente de la historia, hasta que la historia les pase la cuenta.

A diferencia del autor, considero que el debilitamiento y posible desaparición futura del catolicismo (al menos, en su estructura actual, con una jerarquía intocable dependiente de un estado foráneo), sería algo positivo. Aunque habría un período de desconcierto en los fieles (al menos en aquellos que han creído de manera porfiada en la supuesta "superioridad moral" de lo que se predicaba desde sus púlpitos), hasta los más tontos finalmente encontrarán una alternativa a su necesidad de creer en algo superior. La historia está llena de casos de religiones que cayeron y dieron paso a nuevos movimientos espirituales, más puros, más sanos... al menos en sus primeros años. Quizás ya es el momento de que caiga esta institución corrupta y anacrónica para que surjan nuevos movimientos, de verdad inspirados en la difusión de la bondad y en despertar lo mejor del ser humano... en lugar de dar prioridad a la defensa de sus intereses personales.



Renato Eduardo Alvarez Arregui, La iglesia católica siempre ha basado su poder en el miedo y en un doble discurso que, por un lado, aparenta estar del lado de los pobres y débiles, mientras que por el otro favorece a los ricos y poderosos. Pero los tiempos han cambiado y esta institución se ha quedado en el pasado, no teniendo ya cabida en nuestra época. Jamás la Iglesia fue portavoz de la palabra de Jesús, si es que realmente tal personaje existió. Sólo fue un instrumento para someter a las masas y sustentar el poder de unos pocos.

El autor ha hecho un muy buen análisis de la actual crisis de la Iglesia, pues el problema de fondo NO es que puedan existir malos elementos en toda institución (hasta criminales, como en el caso Karadima y sus encubridores), sino que en la forma en que las instituciones reaccionan al enterarse de esos hechos. Si la Iglesia pretende ser rectora de la moral y portadora de la "palabra de Dios", lo mínimo que se le pide es COHERENCIA en todas sus actuaciones y que, ante actos tan deleznables, EXPULSE de sus filas a los malos elementos (por encumbrados que sean) y los ponga a disposición de las autoridades, si la naturaleza de los hechos así lo exige. No hacerlo, encubrir a los culpables, protegerlos trasladándolos de país, es un acto aberrante que habla de su único interés: mantener el poder y "minimizar" los daños, confiando en que los "rebaños" de "tontos" fieles finalmente olvidarán. A la Iglesia JAMÁS le ha interesado el bienestar de sus fieles y de las masas a las que supuestamente lleva la palabra de Dios...

No sólo los fieles deberían estar furiosos con tales actitudes, sino que toda la sociedad. ¡Ya basta de privilegios para esta casta que se arroga un supuesto derecho divino!

Quizás está llegando la hora final para la Iglesia, desprestigiada en todo el mundo como nunca antes. No creo que su jerarquía actual (no sólo la chilena, sino que desde el papa Ratzinger hacia abajo) estén en condiciones (o deseen hacerlo) de dar los


waldo fishwick, Así es. Ya lo decíamos en el artículo recién pasado. La petición de perdón, del modo que se presenta, es un simple artilugio que intenta contener con maña, la desnaturalización profunda que vive la iglesia. Al mismo tiempo esta actitud nos grita, con brutal pedagogía, el desdén que la misma institución le da al pensar y al sentir del prójimo.




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