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El filósofo más dormilón de la historia.


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15/04/2011


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     La lechuza de Minerva es símbolo de la filosofía porque se trata de un animal capaz de ver en la oscuridad, y tal es la pretensión última del filósofo: arrojar luz sobre cuestiones que aún permanecen en las sombras. Cuando todos duermen, la lechuza alza el vuelo buscando aquello que no pueden ver los que durante el día han trabajado hasta quedar exhaustos. Sin embargo, la historia nos enseña que uno de los mayores desafíos intelectuales de la lógica lo planteó un pensador extremadamente dormilón: Epiménides.


 

     Este singular cretense vivió en el siglo VI a. C. Diógenes Laercio cuenta que en cierta ocasión su padre lo envío a al campo con una oveja, pero sintiendo sueño se apartó del camino para descansar en una cueva. Al despertar y no encontrar a la oveja salió sobresaltado, y aún fue mayor su sorpresa cuando vio que todo el paisaje había cambiado. Desconcertado, se dirigió a la ciudad, y al llegar a su casa lo recibió un anciano que resultó ser su hermano menor. ¡La siesta había durado cincuenta y siete años!

 

     Tan prolongado sueño dio sus frutos, pues, según la misma fuente, compuso más de 11.500 versos, además de algunas obras en prosa. Pero por lo que realmente ha pasado a la historia ha sido por la paradoja del mentiroso. Teniendo en cuenta que era cretense, afirmó que todos los cretenses son unos mentirosos. ¿Bajo qué condiciones puede considerarse verdadera esta afirmación, y bajo qué condiciones falsa? Hemos de aclarar que por mentiroso se entiende aquella persona que nunca dice la verdad. Si la frase de Epiménides fuera verdadera, sería falsa, pues Epiménides, siendo ceretense, habría dicho algo verdadero.  Si, por el contrario, fuera falsa, sería al mismo tiempo verdadera, pues significaría que Epiménides había mentido, luego es verdad que los ceretenses son unos mentirosos.

 

     Este problema ha sido objeto de preocupación para grandes pensadores durante más de 2.400 años. Y es que la cuestión, aunque pueda parecerlo, no es baladí. Lo que está es juego es el concepto mismo de verdad. En efecto, la paradoja de Epiménides obliga a establecer las condiciones bajo las cuales se puede hablar de verdad. Ya en el siglo XX, el filósofo polaco Tarski estudió detenidamente el tema, y formuló una definición de verdad para los lenguajes formales, como los de las matemáticas o la lógica. No entraremos en cuestiones técnicas: basta con saber que en tales lenguajes se puede hablar de proposiciones verdaderas en la medida en que existe otro lenguaje que permite interpretar los signos de aquél. A este segundo lenguaje se le denomina metalenguaje. El ejemplo que Tarski propone es el siguiente. Consideremos la siguiente proposición: "La nieve es blanca" es verdadera si y sólo si la nieve es blanca. Obsérvese que en este caso hay dos niveles de lenguaje: el primero es el que aparece entrecomillado (se le denomina lenguaje objeto), y el segundo, el resto. Por ello, pueden diferenciarse dos referentes: la primera parte de la oración se refiere a "la nieve es blanca", mientras que la segunda a la nieve. Como ambos enunciados son equivalentes, se puede hablar de verdad. Sin embargo, según Tarski este modelo no es extensible a los lenguajes naturales (por ejemplo, el castellano), que se refieren ilimitadamente a sí mismos. Para que lo fuera sería necesario, entre otras cosas, un metacastellano (Tarski pone otras condiciones en las que no entraremos). Hasta aquí, filosofía; demos paso ahora a la imaginación.

 

     De acuerdo con la hipótesis de Sapir-Worf, nuestra visión del mundo está determinada por el lenguaje. Esto quiere decir que cuando aprendemos una lengua no sólo adquirimos unos instrumentos para comunicarnos con los demás, sino que nos situamos ante la realidad de un modo determinado. Al parecer, los esquimales poseen hasta veintidós vocablos diferentes para designar el color blanco (dependiendo del brillo, intensidad, etc.). Por lo tanto, aquel que aprendiera tal idioma necesariamente habría de adquirir una visión del entorno diferente de la que posee el hablante castellano. Pues bien, el lenguaje no sólo determina nuestra percepción del mundo, sino que nos ofrece el marco en el que se desarrolla nuestro pensamiento, e incluso el modo en el que nace la conciencia de nosotros mismos. Vemos en castellano, pensamos en castellano, sentimos en castellano; en definitiva, nuestro mundo es lo que el castellano nos ofrece.

 

     Si relacionamos la teoría de Tarski con la de Sapir y Worf podemos llegar a curiosas conclusiones. Según Tarski no es posible una teoría de la verdad para los lenguajes naturales, porque para ello habría que recurrir a un metalenguaje que interpretara sus signos. Por otra parte, nuestro mundo está construido sobre el lenguaje natural en el que nos hallamos instalados. En consecuencia, no es posible construir una teoría de la verdad para nuestro mundo. Dicho de otro modo, estamos encerrados en una realidad de la que no  podemos decir que sea verdadera o falsa, pues no tenemos instrumentos para interpretarla. Somos prisioneros de nuestro lenguaje.

 

     Sin embargo, hoy se multiplican los textos de autoayuda, se habla de autorrealización, en los centros de enseñanza se busca el desarrollo de la autonomía personal, etc. Después de lo que acabamos de exponer, parece al menos lícito preguntarse si un individuo encerrado en su autorreferencia puede interpretarse a sí mismo. Quizás necesite para ello una instancia exterior a él, del mismo modo que los lenguajes formales tienen necesidad de un metalenguaje.



     La paradoja de Epiménides nos ha conducido a una teoría de la verdad, y de ella se deriva una cosmovisión y una comprensión de la realidad humana como abierta a lo que está más allá de sí. Es posible que todo ello sea consecuencia de los cincuenta y siete años que Epiménides pasó durmiendo. ¡Para que luego digan que dormir es perder el tiempo!



Etiquetas:   Arte de Grecia Antigua   ·   Filosofía

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1 comentario  Deja tu comentario


Francisco Javier Brenes Berho, Periodismo Esto implica que si en forma reiterada, mejor dicho, constante, utilizamos un lenguaje soéz y corrupto es porque nuestro mundo, tanto externo como interno, tiene tales características, así las cosas podriamos pensar que para combatir la corrupción en todas sus formas habría que comenzar por el propio lenguaje. !Saludos!




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