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La doble fragancia del vaso


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01/09/2012

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LA DOBLE FRAGANCIA DEL VASO





PRÓLOGO





Vicente Adelantado Soriano





A Rafa Ballester, animae amicus





A finales de verano del 2010, y tras el consabido viaje de todos los años, quedé para cenar con un viejo amigo. Hartos de los bares y restaurantes de la ciudad, atiborrados de gente, que habla deseando ser oída por todo el mundo, nos fuimos con su coche en busca de un retirado restaurante de la Sierra de Espadán. Fuimos los únicos comensales en dicho restaurante. Y tanto la comida como el lugar no dejaron nada que desear.

A los pocos minutos de sentarnos a la mesa, se desató una terrible tormenta, con mucho aparato eléctrico y no poca agua. Abrimos las ventanas del comedor, y pudimos saciarnos de todos los perfumes de la tierra y de los pinos de la Sierra.

Le conté a mi amigo, entre bocado y bocado, que había estado ese verano, por segunda vez, en León. La primera vez que estuve fue allá por el año de 1982, cuando todavía éramos jóvenes, y cuando fue año compostelano. Salí de Valencia con la bicicleta dispuesto a ir y volver en un mes. Me pasaba el día pedaleando. Y cuando dejaba de hacerlo era para meterme en cualquier supermercado a comprar pan, fruta, mucha fruta, leche y fiambres. Luego, pedaleando por montes y valles, disfrutaba de todos los ríos y paisajes.

Al llegar a Nájera fui a visitar el monasterio de Santa María la Real. Allí conocí a dos chicos que también estaban haciendo el Camino: uno iba en bicicleta, por una promesa; y el otro, en moto, le servía de apoyo logístico. Visitamos el monasterio, guiados por un campechano franciscano, y nos despedimos: ellos se iban a Burgos, y yo quería acercarme a Berceo y a san Millán de la Cogolla.

Nos encontramos al día siguiente en Burgos poco antes de la hora de la comida. Recuerdo que nos fuimos a orillas del río, y, bajo una agradable sombra, comimos compartiendo lo que teníamos, que no era poco. A mitad de comida me invitaron a hacer el resto del Camino con ellos. Acepté. Aquella noche, además, cenaríamos con un amigo de ellos, burgalés de pro, que nos invitaba a los tres.

Yo, yendo solo, estaba acostumbrado a cenar pronto, a meterme pronto en el saco de dormir, y a contemplar las estrellas en espera del reparador sueño. Aquella noche, en Burgos, hubo que esperar a la novia del amigo, que tardó mucho en llegar. Cuando comenzamos a cenar, chorizos y huevos fritos con patatas, yo estaba más que desmayado, pasado de hambre. La cena me sentó como un tiro, y al día siguiente me las vi y me las deseé para poder sentarme en el sillín de la bicicleta. Cada poco tiempo, además, debía bajar de la bici y buscar un sitio apartado con toda la urgencia del mundo. Lo pasé tan mal que a punto estuve de facturar la bicicleta y volverme a Valencia. No obstante, como podía, más muerto que vivo, seguía pedaleando. Y allá donde me dejaban, campo, bar o banco de un paseo, me dormía profundamente.

No tomé nada sólido en varios días. No podía: me daban arcadas. Me alimentaba de yogures y de agua. Y al llegar a Mansilla de las Mulas, dormimos en un polideportivo, tuve un ataque de hipo de más de media hora de duración. Fue horrible. El pecho me dolía enormemente, y no podía ni dormir ni descansar. Pensé que allí finaban mis días.

Todavía no sé cómo llegamos a León. Yo estaba en el límite de mis fuerzas. El chico de la moto vivía en dicha ciudad. Nos fuimos a su casa, donde me dejó una cama. Pasé día y medio durmiendo, y no dormí más porque teníamos que irnos. Antes, no obstante, un empleado de sus padres nos invitó a comer a los tres en casa de Luisón.

Luisón era un hombre campechano. Nada más verme me preguntó si sabía dónde está la catedral de León. Estaba enfrente de mí.

-Ahí -dije señalando con la barbilla.

-No -respondió él-. La catedral de León está frente al bar de Luisón. No tiene pérdida.

En una mesa redonda, a la cual nos sentamos, puso un plato con jamón y queso. Se me hizo la boca agua. Llevaba varios días sin comer nada sólido. Pero apenas alargué la mano para hacerme con una loncha de aquello que fue más efectivo con los judíos que la Santa Inquisición, cuando me volvió el hipo. Todavía me dolía el pecho de la noche de Mansilla. Me asusté mucho. Llamaron a Luisón. Este me ordenó que, sin levantarme, extendiera el brazo derecho. Me lo dijo de forma perentoria, sin discusión posible. Una vez lo tuve extendido, comenzó a subirme la manga del chándal. Con voz sonora y firme me dijo que cuando llegara a la altura del codo, se me habría pasado el hipo. Así fue. Me dio una sonora palmada en la espalda para celebrarlo, y pude comer jamón, queso, una excelente sopa castellana, y hasta beber vino y tomar café. ¡Volví a la vida! Y además frente a la catedral de León que, como es sabido, está al lado de casa de Luisón. No hay pérdida.

Volví por León al cabo de veintinueve años. En vano busqué el piso donde había dormido y me había recuperado. Y me costó muchísimo dar con la casa de Luisón. Alrededor de la catedral todo son bares y restaurantes que yo no recordaba. Fui a la oficina de Turismo pensando que Luisón habría transformado su vieja casa. Pero no, seguía existiendo. Y cuando entré el mundo se me vino encima: aquello que estaba viendo nada tenía que ver con lo que yo recordaba. No obstante, aun estaba la mesa redonda donde comimos. Pero no estaba Luisón. Había un hombre de media edad, que atendía a los pocos comensales que éramos allí. Me pareció entender que era el hijo de Luisón.

Me dio una vergüenza terrible presentarme a él, preguntarle por su padre, y contarle la vieja anécdota. Imaginé que aquello no tendría ningún interés para nadie, salvo para mí. No me hice el ánimo y callé. Me fui con el alma encogida: la comida que tan bien me sentó, el ambiente de alegría y camaradería, el entorno que yo recordaba, la contagiosa alegría de Luisón, nada tenía que ver con aquello que tenía ahora ante mis ojos, mediocre y un poco pobre, venido a menos. Salí, triste y cabizbajo, apabullado.

Apenas le conté la anécdota a mi amigo, tras la tormenta en la Sierra de Espadán, cuando este me habló de Azorín.

-Él tiene -me dijo- una maravilla de articulito que habla sobre esto, sobre la diferencia entre el recuerdo y la realidad. Se titula “La fragancia del vaso”.

Seguimos hablando de viejos recuerdos, alargamos un poco la cena, y cuando salimos, la tormenta nos volvió a recibir con los brazos abiertos. Fue una noche muy agradable.

A la mañana siguiente, obsesionado con lo que me sucediera en León, busqué entre los libros de Azorín el artículo del que me hablara mi amigo. Los libros de Azorín están en un estante bastante alto de mi biblioteca. Subido a una silla estuve desempolvando libros y buscando en todos los índices. Al final di con él. Y allí mismo, de pie, sobre la silla, como si fuera a ahorcarme, me puse a leerlo. Me concentré tanto en la lectura que casi lo terminé estando de pie. Me senté al cabo de un tiempo, y lo leí y releí infinidad de veces. Sí, mi amigo tenía razón: el artículo “La fragancia del vaso” es una maravilla.

Y otra vez más, como hacía muchos años, me sentí hechizado por la prosa de Azorín. Dejé los proyectos que me llevaba entre manos y me dediqué a Azorín en cuerpo y alma. Releí todos los libros que tenía de él, más unos cuantos que pude conseguir. Luego me imaginé que lo había conocido, que éramos amigos y que salíamos a pasear todas las mañanas. Fueron unos momentos deliciosos los que pasé junto al maestro hablando con él de literatura, de libros, de esto, de aquello y de lo de más allá. A veces, entre recuerdos, amigos y cenas, vale la pena vivir o haber vivido. Siempre queda una cierta fragancia.



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