. A lo largo de la película descubrimos que no
eran las enseñanzas escolares la que lo habían conducido a acertar con las
respuestas, sino sus experiencias de vida en las calles de la India. Deambulan
en mi cabeza algunas imágenes de esta película cuando escribo esta columna
sobre el SIMCE.
No quiero hacer una lectura
ingenua de los resultados del SIMCE entregados esta semana. Quedarse en la
superficie sería contentarse con el aumento de unos puntos en la prueba de
lenguaje, con la disminución de la “brecha” entre estratos socioeconómicos, y
con el aumento del rendimiento de las escuelas municipales y particular
subvencionadas (todo esto en el 4° básico). Sumergirse a un nivel más oscuro,
peligroso y sin oxígeno, sería preguntarse qué pasa en el 2° año medio, por qué
la brecha aumentó, por qué persiste la brecha de género, y por qué las
matemáticas no varían desde hace más de 11 años.
Quiero pensar este SIMCE desde la
óptica de las Ciencias Sociales y Humanas, y desde las Políticas Públicas, esto
significa escapar del análisis de la Economía y las Ingenierías que han tendido
a monopolizar el debate.
Una primera discusión es sí la
numerología anual que entrega el SIMCE nos dice algo de las escuelas o no. Y
aquí podríamos responder lo que decimos cuándo se responde que los test de
inteligencia miden… lo que miden los test de inteligencia, es decir, los
puntajes SIMCE no dicen más ni menos que lo que miden: el rendimiento en unas
habilidades acotadas en unas asignaturas acotadas. Nada nos dicen por lo tanto,
de cómo se producen esos puntajes, cómo son las escuelas, cómo son los alumnos
y alumnas, y no nos dicen eso, porque no es un objetivo de estas pruebas realizar
un análisis cualitativo de la realidad. El SIMCE es un esfuerzo de síntesis que
encasilla, categoriza y selecciona a las escuelas según un solo criterio: el
rendimiento a una prueba estandarizada.
Lamentablemente el SIMCE se ha
transformado en principio, medio y fin. El puntaje ha sido exorcizado de su
contexto original y parece decirnos “la verdad” única y fiel de nuestra
educación. Es así como muchas escuelas vuelcan sus esfuerzos a restringir sus
propuestas curriculares y en seleccionar
sólo a los “buenos” alumnos/as, expulsando a los “malos”…
El SIMCE es hoy uno de los
mejores indicadores de la segregación escolar. Pierre Bourdieu nos mostró cómo
los sistemas escolares eran unas máquinas eficientes para naturalizar el orden
social, es decir para no cuestionar mayormente por qué unos acceden con cierta
facilidad a las mejores posiciones, mientras otros se quedan atrás. La
meritocracia, tan defendida en Chile, tiene un sospechoso correlato con los
niveles socioeconómicos de los alumnos/as, mientras más abajo nos ubicamos, el
ascensor social que nos mueve parece estar más roído y oxidado. Así, las
evaluaciones, el examen, siguiendo a Foucault son instrumentos para el control
social que permiten justificar una relación de poder.
El SIMCE chileno nos revela una
triste realidad. A medida que nuestras niñas y niños avanzan a través el
sistema escolar la brecha de resultados aumenta progresivamente, correlaciona
con la alta selectividad del sistema que para la educación media separa por un
lado a las escuelas privadas, algunas particular subvencionadas (para los
sectores medios, medios-altos), los liceos municipales emblemáticos y los ahora
liceos de excelencia; y por otro, los liceos técnico-profesionales,
particular-subvencionados (de sectores medio-bajo y bajo), y buena parte de los
municipales.
Uno de los elementos motores de
la selectividad, y lo revela justamente el SIMCE, es la enseñanza de las
matemáticas. Lo que en otras épocas de nuestra historia fue el aprendizaje de
las lenguas extranjeras como factor de distinción, hoy parecen ser las
matemáticas. El estancamiento creo que habla del rol social de esta disciplina
en el sistema educativo y social. Y aunque lamentablemente han sucumbido las
humanidades y las artes, sin embargo, esta debilidad no ha sido suficiente para
que las matemáticas se aprendan más en las escuelas. Quizás aprenderlas mejor
significaría poder analizar mejor las estadísticas, aprender a razonar mejor
sobre la cientificidad de los discursos que se venden.
La alerta que levantan los
resultados del SIMCE es una y otra vez parte de los márgenes del análisis de
política educativa. Esta fractura social se amplifica en un sistema escolar que
persistentemente parece innovar en mejores formas de filtrar, anulando el
esfuerzo de nuestras hijas e hijos más pobres.
Jamal Malik nos queda en la
retina representando el saber producido en el dolor de las vidas pobres
despreciadas. Su triunfo enfrenta la desconfianza de los otros.
Campinas, 11 de abril
de 2011