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La despedida


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25/08/2012

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MIS CONVERSACIONES CON AZORÍN






LA DESPEDIDA





Vicente Adelantado Soriano





Había llegado el mes de mayo. La nieve de las montañas se estaba fundiendo. La naturaleza parecía despertar de un largo letargo. El aire era fresco y sereno, nítido; el tiempo, excelente; los días claros y soleados, alegres. El resurgir de las flores y de las plantas, de pájaros e insectos, más el murmullo del agua, de ríos y fuentes, invitaba a vivir; todo era un cántico a la vida.

De joven me parecía una contradicción que también en primavera existiera la muerte, o la desazón y las malas noticias. Pero la vida jamás se interrumpe, al menos hasta ahora. Y para mí había llegado el momento de partir, de dejar atrás aquella parte, una más, de mi vida. Tenía que marcharme; y no sabía si, algún día, más o menos lejano, volvería a pasear y a dialogar con Azorín. Ambos nos esforzamos porque la despedida no fuera triste; no tenía porqué serlo.

-Todo en esta vida se termina y concluye –me dijo el maestro tras el saludo de rigor.

-Sí, por supuesto –le respondí-, aunque a veces, por mucho que nos lo repitamos, cuesta aceptarlo.

-Somos animales de costumbres, querido amigo. Y a lo primero que nos deberíamos acostumbrar es que no hay nada eterno bajo el sol.

-Séneca debería volver a las escuelas, ¿no cree? No estaría de más enseñar a la juventud los principios del estoicismo.

-Si se refiere usted al principio de tomar todo cuanto hay en la vida como un préstamo, como algo que se tiene que devolver a su dueño porque no nos pertenece, estoy de acuerdo con usted.

-Sí, a eso me refiero. Y a ver, siempre, por difícil que resulte, el lado positivo de la vida: no llorar por lo que ya no se posee, o se va a abandonar, sino dar las gracias por el tiempo que se disfrutó de ello.

-¿No le parece, mi buen amigo, que predicar eso en la sociedad del bienestar es perder el tiempo?

-Tal vez. Pero la sociedad del bienestar tampoco es eterna; ni la vida. Y actualmente se vive de espaldas a la muerte; y tal vez a la misma vida.

-No es una buena filosofía, desde luego.

-Sí, creo que en las escuelas se debería enseñar filosofía; pero una filosofía viva, práctica, al igual que se debería estudiar historia.

-Es fundamental el conocimiento de la historia y de la geografía si queremos comprendernos a nosotros mismos.

-No obstante, la historia, al menos la historia de España, no produce más que tristeza y desazón.

-¡Hombre! También tuvo sus momentos de gloria... Y aunque no fuera así, no por eso vamos a ignorarla.

-No, claro que no. Estos días he terminado un libro de historia, sobre la España del siglo XIX, que no ha hecho más que sumirme en una negra y profunda tristeza. Creo que incluso he bordeado la depresión estudiando el tal libro.

-No hay que tomarse las cosas tan a pecho. Piense que no puede variar el pasado. Ahora bien, si lo que sucede es que ese pasado se parece mucho al presente, la cosa puede ser seria, muy seria.

-Pues algo así me ha sucedido, Azorín. No he hecho más que acordarme de aquella frase, creo que de Unamuno, dicha a una dama: “por usted, como por España, no pasan los años.” Cito de memoria. Y me atrevería a enmendar siglos por años.

-¿Y cómo ha sido ese interés por la España del siglo XIX? Me interesan los vericuetos que recorre usted.

-Gracias por su interés. En todo este tiempo que he estado con usted he procurado ser un buen discípulo: no ha nombrado libro usted que yo no haya leído enseguida.

-Sí, lo he observado. Ha sido usted el alumno ideal.

-Gracias. Cuando habló usted de la nueva novela, de Benjamín Jarnés, Antonio Espina, Mario Verdaguer... yo me puse a leerlos enseguida. A Jarnés lo leí en mi lejana juventud. Tengo libros de él por casa.

-¿Y lo ha vuelto a releer ahora?

-Sí. Y me ha sucedido lo mismo que me sucedió hace años: me gusta más como biógrafo que como novelista.

-Está usted poniendo el dedo en la llaga: el fallo, si se puede hablar así, de aquella nueva novela fue, precisamente, la falta de vida en sus páginas. Cosa de la que adolecen esas novelas, como ya viera el propio Ortega, que era su impulsor.

-Sí, se convirtió la novela de aquellos años en lo que, según usted, es el teatro del siglo de oro español: juegos y malabarismos y ausencia de caracteres.

-Sigo pensando lo mismo sobre dicho teatro. Tenga en cuenta que en tanto Molière, con sus ácidas comedias, se juega su carrera, y su libertad, aquí no hay crítica de las costumbres, sino mozas que persiguen a los galanes vestidas de mozos. Travestismo de todo género y clase. Juegos y más juegos. Artificio.

-Sí, es cierto. Pero también tenemos Fuenteovejuna, El alcalde de Zalamea, Allá van leyes do quieren reyes, El burlador de Sevilla... Tal vez lo que han faltado han sido buenos directores de escena que potenciaran lo que no se podía decir de forma muy explícita. Ahora bien, tiene usted razón: predomina el teatro como juego, como artificio literario. Y eso mismo se puede aplicar a la nueva novela. Y encima el juego es un juego deslavazado y que no entretiene mucho por cuanto se reconoce el artificio.

-¿La falta de caracteres? Ya se percató de ello Ortega y Gasset. De ahí que quisiera publicar toda una serie de biografías: era la excusa perfecta para hacer armas, para crear un carácter, para obligar a aquellos jóvenes, los nuevos novelistas, a poner en pie algo de carne y hueso. Con la biografía ya tenían el personaje creado.

-No sé si Jarnés escribió sus biografías con la mira puesta en las intenciones de Ortega; pero, desde luego, me parecen modélicas las dos biografías que tenía por casa: Sor Patrocinio, la monja de las llagas, y Zumalacárregui. Y estos libros, precisamente, me llevaron a estudiar la historia de España que menos conocía, la del siglo XIX.

-¿No ha leído nada más de aquella nueva novelística?

-Sí, algunas de las obras de Jarnés, y la dilatada novela de Mauricio Bacarisse, Los terribles amores de Agliberto y Celedonia. Para terminarla he tenido que echar mano de toda mi paciencia, que es mucha. A punto estuvo de agotarse, no obstante.

-Fue un intento por renovar la novelística; un intento tal vez frustrado; pero un intento, al fin y al cabo, por abrir nuevas vías...

-Creo que el error estuvo en intentar hacer arte, escribir novelas en este caso, ciñéndose a unas reglas dadas de antemano.

-Sí, tal vez tenga usted razón: había un clamor general, permítame la hipérbole, en contra del realismo. Claro, tampoco determinamos en contra de qué realismo estábamos. Porque ni se puede hablar de la novela en sentido general, ni el realismo es el mismo en manos de Balzac que de Stendhal. Aunque ambos tengan puntos de contacto.

-Tiene usted razón: hay una diferencia abismal entre el realismo de Balzac y el del Pérez Galdós de los Episodios nacionales.

-Sí, porque a veces Galdós hasta puede pasar por un escritor idealista. ¿No se lo parece a usted el protagonista de la primera serie de los Episodios, Gabriel Araceli?

-Tal vez. No lo sé. He hecho el experimento de leer, al mismo tiempo, un libro de historia, Historia de España, la época del liberalismo, del profesor Josep Fontana, y parte de los Episodios nacionales, de don Benito.

-¿Y qué tal ha ido? No está nada mal eso de mezclar la historia con la literatura.

-Me he percatado, una vez más, de cuán imperfecto es el hombre: yo quisiera que novela, historia, informe, leyes, códigos, dimes y diretes, sonaran en mi cabeza todos al mismo tiempo, como en una ópera puedo oír a la orquesta, al bajo, al tenor y a la soprano a la vez.

-¡Ah, las limitaciones humanas! Son terribles, pero es lo que tenemos. Y, desde luego, pueden no sonarle todas las cosas al mismo tiempo; pero también goza usted de memoria, mi buen amigo; y puede, en consecuencia, atar cabos, unir, cortar, separar. Tal como si estuviera en la sala de montaje de una película.

-Lo cual nos lleva a plantearnos, una vez más, si existe la realidad, o si esta no es más que una creación propia de cada época.

-Siempre hay un asidero, algo real, demasiado real tal vez, de lo que partimos o a lo que nos aferramos.

-Es radicalmente distinta la visión que tiene Jarnés de sor Patrocinio, de la que tiene el profesor Fontana. Para este, la monja de las llagas fue una embaucadora, un personaje inquietante y oscuro, que estuvo en contacto con lo más oscuro y negro de la corte, el marido de Isabel II, si es que en aquella corte de los milagros hubo algo claro y honesto. Personalmente semejante corte me da asco.

-Comprendo lo que quiere decir; pero tenga en cuenta que Jarnés hace una biografía, y se siente atraído por su personaje; en caso contrario es imposible escribirla. No tiene más que repasar la biografía que escribió sobre Stefan Zweig. El historiador, por el contrario, lanza una mirada fría, tal vez más desapasionada, sobre los personajes.

-E incompleta. En tanto leía el libro del profesor Fontana, no me podía quitar de la cabeza a la sor Patrocinio de Jarnés...

-Sí, pero tal vez el mejor embaucador sea aquel que no sabe que está mintiendo. A veces la monja de las llagas me ha producido una cierta pena.

-¿Y usted cree que sor Patrocinio era ingenua hasta tal punto? Tal vez a ella la engañaron; pero creo que también ella se aprovechó de las circunstancias. ¿O estoy mezclando ya a dos Patrocinios diferentes?

-Que tal vez sean la misma.

-Esto de envejecer es un rollo, como dicen los jóvenes.

-¿A qué se refiere? ¿No estará usted enfermo?

-No, no; me refiero a que, antes, de joven, con dos esquematismos, reaccionario o progresista, quedaba todo claro... luego comienzan las matizaciones y no se ve sino turbio, cuando se ve algo.

-No sabe a qué carta quedarse con sor Patrocinio y sus llagas...

-Por las pruebas periciales que presenta Jarnés, y que se llevaron al juicio, fue todo una farsa. Y sor Patrocinio, según Jarnés, una víctima.

-Pero no fue una víctima inocente, ¿o sí? Se movió en unos círculos corruptos, con los que trabajó, y a los que apoyó. Ni más ni menos que tuvo contactos con el rey impotente, Francisco de Asís, y con la reina, Isabel II, facedora de bastardos y de una honestidad tal que hasta el Papa Pío IX premió su virtud. ¿Ceguera o intereses turbios del Vaticano contrario a que se reconociera el estado italiano? Contó con el apoyo de Isabel II, claro.

-¡Cómo cambian los tiempos, Azorín! En la Edad Media hubieran prohibido que Alfonso XII reinara por cuanto era hijo bastardo... Ahora convenía hacer la vista gorda. Y la hicieron.

-Los liberales tenían un miedo terrible al pueblo.

-Y los republicanos, y los demócratas, y la Iglesia. ¿Sabe? Siempre he oído, hasta la saciedad, aquello de que el esperpento lo inventó Goya, y que el esperpento es meter a los héroes clásicos en la calle del gato: la estética sistemáticamente deformada... pero yo creo que el esperpento lo inventaron Isabel II, Francisco de Asís, su paciente marido, sor Patrocinio, y todos los gobiernos de aquellos gloriosos años.

-Pero no olvide que los primeros atisbos ya los tenemos en la corte de Carlos IV.

-Francisco de Asís ya se miraba en ella: exigía de los amantes de la reina, su esposa del alma, el mismo respeto que Godoy, amante de la reina, le tenía a Carlos IV... Sí, creo que Galdós, cuando escribe la conjura del Escorial, en En la corte de Carlos IV, ya roza lo esperpéntico.

-¿En serio? Yo creo que usted exagera un poco, querido amigo.

-Sí, es posible; quizás tenga usted razón. Pero volviendo a la nueva novelística, y al cine español actual, ¿no le parece a usted una necedad desaprovechar toda la historia que tenemos y lanzarse a contar las insulseces que nos cuenta el cine español de ahora? Estas insulseces se llevaron al grado máximo en aquel horrible libro, me niego a llamarlo novela, en el que se cuenta, a lo largo de ciento cincuenta páginas, cómo un gusano trepa por una pared. Hijo, sin duda, de A contrapelo, de Joris-Karl Huysmans y de Oblámov, la soporífera novela de Goncharov.

-Es decir, que usted es partidario de la novela que cuenta cosas, de la novela con historia.

-Yo, Azorín, creo que no soy partidario de nada. Pero entre las novelas de la generación de Jarnés y las de Galdós, me quedo con las de este último. Sin duda de ningún género. Y por mucho que ellos renegaran de Galdós.

-Tal vez el error estuvo en suponer que Galdós, realista, y al que deseaban superar, imitaba a la vida. Y nada más artificioso, por ejemplo, que En la corte de Carlos IV. No lo supieron ver. Entonces como aquellas novelas tenían planteamiento, nudo y desenlace, hubo que descabezarlas, presentar la vida de una forma discontinua. Y no se tuvo en cuenta que una cosa es la vida y otra muy diferente el arte.

-Creo que lo ha resumido usted perfectamente. Sin olvidar que leyendo los Episodios se tiene la impresión, tal vez falsa si quiere usted, de estar metido en un fragmento de la historia. Me explico de otra forma. ¿Sabe? Hay una cosa que me ha llamado la atención: en todos los Episodios, cuarenta y seis novelas que cuentan la batalla de Trafalgar, la Guerra de la Independencia, la Década Ominosa, las guerras carlistas, etc, etc, con soldados, populacho, prostitutas, intrigantes, etc, etc., sólo hay un taco, uno solo “cojondrios”. ¿No es curioso esto en un escritor realista y más describiendo los ambientes que describe?... Y sin embargo, en todos ellos palpita la vida, bulle... Leyendo las otras obras de la nueva novelística no se consigue sino bostezar hasta el lagrimeo, y la desesperación.

-Y lo último que se debe hacer es aburrir al lector.

-Cosa harto difícil de lograr. Pues ni todos los tiempos son unos, ni todo lector tiene los mismos intereses. Y por eso mismo también me gustaría decirle que no desdeño, por ejemplo, el teatro poético de García Lorca, o La cabeza del dragón, de Valle-Inclán... Ahora, eso sí: es muy difícil salir con bien de semejantes berenjenales.

-Todo en esta vida es difícil, querido amigo.

-Sí, tiene usted razón: hay veces en la que todo es muy difícil, muchísimo. Si piensa en todos los artificios que utiliza don Benito en los Episodios... No obstante, qué bien trazados están. Don Benito parece no tener límites a la hora de fabular, contar historias y cruzarlas.

-Lo veo a usted entusiasmado.

-Mucho. Me gustaría seguir vivo hasta poder terminarme, de nuevo, todos los Episodios.

-No se preocupe, querido amigo. Esperemos que pueda acabarlos. ¿Y volverá usted por aquí algún día?

-Confiemos en que sí. Me gustaría seguir hablando con usted. Pero la vida es tan limitada...

-¡Mucho, querido amigo, mucho!

-Estos días, con el libro del profesor Fontana entre las manos, he pensado que si fuera joven, me gustaría estudiar Historias... el otro día, traduciendo una frase del latín, me propuse volver a la universidad y hacer Clásicas...

-La vida es una continua selección.

-Sí, y esas cosas que vamos seleccionando, o rechazando, llegan a formar parte de nosotros mismos, a conformar nuestra forma de ser y de pensar... Hay algo en todo esto, por lo tanto, que siempre perdurará en mí, y por lo que le estaré eternamente agradecido.

-Ha sido usted un buen interlocutor.

-¡Azorín, Azorín! Recuerde lo que dijo usted: Una de las artes más difíciles es saber escuchar. Cuesta mucho hablar bien; pero cuesta tanto el escuchar con discreción.

-¿Dije yo eso?

-Sí, en El político. Uno de sus tantos libros que debería ser de lectura obligatoria.

-No obligue a nadie a nada. No vale la pena. Y vuelva usted de vez en cuando. Vuelva. Será un placer escucharlo de nuevo.

-Siempre lo recordaré, Azorín. Non omnis moriar.

-Así sea.







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