Red de publicación y opinión profesional
Política · Economía · Sociedad · Cultura · Ciencia · Tecnología ·
Últimas etiquetas:   Escritores   ·   Lectores   ·   Periodismo   ·   Estado del Bienestar   ·   Paz Social   ·   Estado de Derecho   ·   Bienestar Social   ·   Libros   ·   Política   ·   Partidos Políticos



Santa Teresa


Inicio > Literatura
18/08/2012

1532 Visitas



MIS CONVERSACIONES CON AZORÍN






SANTA TERESA DE JESÚS





Vicente Adelantado Soriano





El invierno fue más crudo de lo esperado. Días hubo de un frío paralizador. Sentado junto a la ventana, con la calefacción conectada, y una manta sobre las piernas, pasé largas horas leyendo todos los libros que Azorín me había recomendado a lo largo de nuestros amigables paseos. Eran, en su inmensa mayoría, de autores clásicos españoles. Al autor que más tiempo dediqué fue a santa Teresa de Jesús. Fue, además, quien más me costó de leer. Y de ella le quería hablar al maestro. Lo hice en cuanto apuntó la primavera y pudimos recuperar nuestros matutinos paseos hacia las afueras del pueblo.

-Buenos días, Azorín; parece que todos empezamos a reverdecer.

-Buenos días, querido amigo. Sí, ya estamos en los inicios de la primavera. Dentro de poco nos percataremos de que ha llegado el mes más cruel.

-Cuando el herido de muerte, olvidado en el campo de batalla, ve, sobre su cabeza, un olmo seco al que le han brotado nuevos y tiernos tallos. ¿No es curiosa esta coincidencia de Tolstoi con Machado?

-Sí, sí que lo es. ¿Ha estado usted releyendo Guerra y paz?

-No; lo releí hace unos tres años, junto con una buena parte de la literatura rusa. Este invierno, haciéndole caso a usted, he releído a santa Teresa de Jesús.

-No es mala compañía. Fue una mujer muy inteligente, y con un gran manejo del castellano. Sus páginas rezuman autenticidad y deseos de saber y de comprenderse; pero a través del amor o de la unión mística, ¿no le parece a usted?

-Creo que sí, que acierta usted, Azorín, como siempre. Pero a mí se me han planteado tantos problemas con santa Teresa que no tenía más que ganas de verme con usted para planteárselos.

-Muy bien, querido amigo; la primavera se promete interesante. Abordemos a santa Teresa.

-El primer problema soy yo, el lector. Yo leí a santa Teresa siendo relativamente joven. Recuerdo, y pongamos el recuerdo en cuarentena, que entonces me gustaron mucho La fundaciones y Las moradas. El libro de la vida se me hizo duro de roer.

-¿Y qué ha sucedido ahora? A veces, lo sabe usted, con el paso del tiempo nos varían los gustos y las percepciones.

-Lo que ha sucedido en mi caso ha sido espantarme de que entonces, de joven, me gustaran esos libros, pues eso quiere decir que entonces los comprendí o entendí. O así lo creí.

-Lo cual no deja de ser lo mismo. Y ahora tiene la sensación, la desagradable sensación, de no haber entendido nada, o muy poco.

-Efectivamente. Hasta el punto que llegué a plantearme que no se puede entender a santa Teresa a menos que el lector sea creyente y participe de sus mismos presupuestos.

-No creo que eso sea imprescindible, querido amigo. De ser así, habría que ser siempre lo que es el autor que se lee para llegar a comprenderlo, ¿no le parece?

-Sí; pero también me parece que el ser humano es capaz de ser muchos seres al mismo tiempo, y muy contradictorios.

-En eso tiene usted razón. Lo cual quiere decir que con santa Teresa no ha encontrado la fe, si se puede hablar así. La empatía no ha llegado a tal grado.

-Mire, Azorín, a mí toda religión se me hace muy dura de tragar. Y el cristianismo, quizás por haber vivido inmerso en él, todavía más... No entiendo eso de que un padre mande a un su hijo a que lo torturen y crucifiquen para redimir a una pequeña porción de la humanidad. Y redimirla de qué. ¿No le parece a usted mezquino hacer al hijo heredero de la culpa del padre?

-Y sin embargo, querido amigo, ¿no le llama a usted la atención que personas tan inteligentes como santa Teresa, san Juan, fray Luis de León, etc., fueran creyentes?

-Sí, sí; por supuesto que me llama la atención. Y me llama mucho la atención la enorme pasión que demuestra santa Teresa en todas sus obras. Creo que esa pasión, esa fe verdadera, es lo que ha hecho que siguiera leyendo sus libros, aun con desagradable la sensación de no comprender nada de nada.

-Algo habrá entendido. ¿No ha disfrutado usted con el castellano que utiliza? Lo digo por no meternos en honduras.

-Sí. Y, a veces, sentía una extraña felicidad leyéndola. Tuvo que ser una mujer muy inteligente, y digna de ser tratada.

-No me cabe la menor duda. ¿Ha estado usted en Ávila?

-Sí, varias y repetidas veces. Pero me resultó imposible dar con santa Teresa en lo que se ha convertido en un lugar de peregrinación. No me gustan los lugares de peregrinación: superponen visiones, interesadas o no, a la realidad.

-Tal vez fuera mejor buscarla en Alba de Tormes, en alguna aldea, o en alguna pieza, celda o habitación, que todavía quedan, de la época de la santa.

-Sin duda. Y en sus obras. Eso es innegable.

-Y entonces, querido amigo, permítame una pequeña pregunta, ¿ha sido usted capaz de leer las obras completas de santa Teresa pese a no entender nada?

-Sí.

-Es usted admirable.

-Digamos que quería conocerla y comprenderla. Siempre he sentido una enorme simpatía por esta mujer. Y nunca he podido tolerar esas burdas interpretaciones sobre sexualidad reprimida, deseos insatisfechos y demás. Muy de mi época, por cierto.

-No haga mucho caso. Los criados de la princesa de Éboli también se rieron mucho de la santa. Todos necesitamos explicarnos las cosas, dar respuestas. Y cada uno utiliza lo que tiene más a mano, muchas veces sin cuestionarlo. Por eso es admirable que reconozca usted su ignorancia.

-La misma santa Teresa decía que en todo es menester “espiriencia” y discreción. Ya que no tenemos lo primero, tengamos lo segundo. Y el segundo problema a tener en cuenta es procurar no analizar a la santa con los presupuestos de hoy. Quiero decir: me llamó la atención que algunas de las fundaciones se hicieran en casas alquiladas.

-Y eso le preocupó.

-Sí, puesto que pensé que, en cualquier momento, el dueño de la casa podía desalojar a las monjas de la misma, y se terminaba, así, la fundación por la que tanto había luchado santa Teresa.

-No había pensado en eso; pero no creo que sea una cuestión tan fácil... Imagino que santa Teresa lo tendría presente.

-Suponiendo que los alquileres en aquella época funcionasen igual que ahora.

-Sería cuestión de estudiarlo. Ya tenemos, pues, dos problemas planteados: un agnóstico leyendo a santa Teresa, y haciéndolo con una mentalidad alejada de la época de la santa. Con estos presupuestos, ¿qué es lo que queda de santa Teresa? ¿Cree usted que los escritos de esta mujer tienen interés fuera de la Iglesia?

-Sí, Azorín, creo que sí. Porque el problema se puede plantear desde muchos puntos de vista.

-¿Por cuál quiere empezar?

-Si le parece vamos a dejar de lado los arrobamientos y las apariciones; es el tema más espinoso y delicado; y yo, la verdad, no me atrevo a meterme ahí. Ni soy quién para hacerlo.

-Sí; dejémoslo de lado. Al fin y al cabo hasta su confesor lo puso en solfa, aunque no cierra ninguna puerta.

-Dejando eso aparte, me llama la atención la enorme cantidad de vocaciones que hay en el momento en que vive santa Teresa. Y no se meten monjas solamente personas de extracción humilde sino grandes señoras. ¿A qué se debe tanta ansia por el claustro?

-Tal vez a que España es un país católico, que ha afirmado su fe a lo largo de una larga guerra de reconquista... Ya, ya sé que esto no lo convence a usted. Pero, claro, reconozca que si despojamos a estas personas de su fe nos vamos a quedar con muy poca cosa.

-No deseo despojarlas de nada. Pero, ¿es posible que tanta vocación, tanto deseo de retirarse de mundo, se deba a una crisis profunda de la sociedad del momento?

-Querido amigo, racionalizar estos comportamientos no está exento de peligro. Tenemos que ser muy cautos.

-Ya lo sé, Azorín, ya lo sé. Discreción. Pero siempre que llego a este punto me acuerdo de la parábola de los diez talentos. Y pienso lo mismo: si Dios, vamos a suponer que exista, me ha dado la inteligencia, es para que la use; y si me ha concedido el sexo, es también para utilizarlo... ¿Por qué sonríe? ¿estoy arrimando el ascua a mi sardina?

-No creo. Tal vez tenga usted razón. Siempre y cuando no nos salgamos de unos ciertos límites. Aunque la mística, ya sé que me lo va a decir, se extralimite. Es un ir más allá.

-Efectivamente. La diferencia está, y no es poca, en que esas extralimitaciones no buscan el daño de nadie... Me ha llamado la atención que en una época de intransigencia, de persecuciones, de hogueras, santa Teresa ofrezca su vida, su propia vida, no sé cuántas veces, a cambio de la conversión de los luteranos. No habla, en ningún momento, de persecución, de muertes, de hogueras. ¿No es admirable?

-Es decir, que según su percepción, la santa está por encima de su época.

-En algunos aspectos, sí. En algunas cosas de las que dice es totalmente moderna. O, como diría usted, clásica. Me ha llamado la atención, por ejemplo, que le tenga más miedo a confesores bien intencionados e ignorantes que al propio Demonio.

-Habla por experiencia propia. Y quizás no haya nada peor que una persona errada pero con buenas intenciones.

-¿Y quién lo convence de los yerros? ¿Quién nos dice a nosotros que los equivocados no somos nosotros? Al fin y al cabo en esta vida no hay certezas absolutas.

-Es cierto, querido amigo. En cuyo caso no queda sino la tolerancia. Cosa que, como usted sabe, sólo se consigue, y no siempre, con la edad; de joven todo se ve o blanco o negro. Luego la vida enseña que hay muchos matices; y que esos matices son importantísimos. Usted mismo ha resaltado el deseo de la monja de ofrecer varias vidas suyas a cambio de la conversión de los luteranos; también ha resaltado que no habla de guerras, exterminios ni de cosas parecidas.

-¿Se debe esa actitud a que era una mujer, Azorín? Lo que le voy a decir ahora tal vez me costara algún disgusto de decirlo en un sitio público; pero, así, entre amigos... Una mujer sabe lo que cuesta criar a un hijo; sabe de las noches en blanco; de los desvelos; de la fiebre; de la dentición; del placer de una sonrisa... es normal que la guerra le parezca abominable, pues se lleva en un segundo lo que tanto tiempo, ternura y cariño le ha costado a ella criar.

-Creo que lo que ha dicho usted es muy hermoso. Y antes de que nadie piense en que santa Teresa no conoce de esos desvelos, deberíamos decir que los comparte con las fundaciones, que se desvive, y mucho, por sus hijas, ¿no le parece?

-Sí. Pero sigo sin saber si el hecho de que tenga tantas hijas se debe a la crisis del momento, a esos inicios de la decadencia. Aunque también se puede deber al prestigio del que, entonces, gozaba la Iglesia.

-Tal vez se deba a una mezcla de causas. Pero aun así no olvide usted nunca la fe.

-No la olvido, Azorín; pero ese es otro tema espinoso. Hoy, por ejemplo, estamos atravesando una profunda crisis. Y, sin embargo, no hay vocaciones; los conventos están vacíos...

-No todos los tiempos son unos, querido amigo. La iglesia ha sufrido un desgaste terrible; lleva tiempo arrastrando un fuerte desprestigio, cosa que no tenía en el siglo XVI.

-Volvemos otra vez a la influencia del medio.

-Ortega y Gasset ya dijo que yo soy yo y mis circunstancias.

-¿Y quién es más, qué pesa más el yo o las circunstancias?

-¿Adónde quiere ir a parar?

-A la existencia o no del libre albedrío. Me parece una cuestión crucial.

-Cuidado, y perdone que sonría, que podemos rozar la herejía.

-Bueno, tenemos la suerte de que nadie nos quemará por ello.

-Confiemos.

-Bástenos con tener un poco de discreción. La situación es la siguiente: si las hermanas siguen a santa Teresa porque la época lo lleva, y hoy nadie se mete en un convento porque también lo lleva la época, ¿podemos afirmar que existe el libre albedrío?

-Hombre, yo creo que sí. Las personas siempre podemos escoger.

-He planteado mal la cuestión, Azorín. La he planteado mal. Lo que quiero decir es lo siguiente: si una persona como santa Teresa ha escogido un camino determinado, eso hace de ella una buena persona, y más si actúa como tal a lo largo de su vida. Creo que estaremos de acuerdo en que, al final, o pasado un tiempo, se incapacita para hacer el mal.

-Recuerde que ella se tenía por una gran pecadora.

-Como no cuenta sus pecados, ignoro de qué naturaleza serían estos. Pero fueran los que fuesen, no la imagino haciendo daño a nadie.

-Sí, la verdad es que tiene usted razón.

-Puede suceder también, por el contrario, que quien ha escogido el camino del mal, igualmente esté incapacitado para hacer el bien. No dejo margen para el libre albedrío.

-Creo que se equivoca usted: santa Teresa ha escogido, como escoge el bandolero y el asesino; como escogemos todos. La diferencia está, tal vez, en que unos se sublevan en contra de lo establecido, sea bueno o malo, luchan; y otros lo aceptan sin rebelarse. Ya sabe que doña Emilia Pardo Bazán era contraria al determinismo.

-Sí; ella era partidaria del libre albedrío. Y a mí la novela naturalista no deja de parecerme un experimento tal vez un tanto malogrado.

-Pero interesante también, no lo neguemos. A veces, es cierto, el ambiente, el medio, puede ahogar o agarrotar a una persona. No obstante, esta siempre tendrá una vía de escape. Creo que quien mejor lo ha retratado en nuestro país es Blasco Ibáñez, ¿no le parece a usted?

-Sí; me estoy acordando de La barraca y de Arroz y tartana.

-¿Y no le parece que todos estos personajes han sido libres? Cuando se habla de escoger, querido amigo, no piense en grandes situaciones: se escoge una mínima opción, algo sin aparente interés, que lleva a otra, que nos conduce a la demás allá; hay todo un cúmulo de elecciones que hemos ido haciendo a lo largo del camino. Y luego no es que el malo no pueda hacer el bien, es que le resulta harto complicado, y entonces uno se deja llevar...

-Y cree en el destino, y culpabiliza a la educación recibida o al medio, o a los padres.

-Hasta un personaje como el protagonista de La barraca puede escoger. ¿No hubiera valido la pena abandonar los campos ante las baladronadas y amenazas de los vecinos?

-Un hombre no se puede pasar toda la vida huyendo, Azorín.

-¿Por qué no? ¿Qué es lo que hace al final de la novela? ¿No vale más la peor de las paces que la mejor de las guerras? ¿Le suena? Lo dijo alguien a quien usted admira.

-Sí, me suena; y quiero creer que sí. Su interrogante me permite lanzar la siguiente pregunta.

-¿Seguimos con santa Teresa?

-Creo que nunca la hemos abandonado.

-Tiene usted razón. Sigamos.

-¿Sabe? Ahora que lo pienso, santa Teresa nunca nombra a Erasmo.

-¿Cómo lo iba a hacer? Por aquel tiempo ya había sido proscrito.

-Es cierto. Centrémonos en ella. No entiendo, tampoco, el desprecio hacia su propio cuerpo por parte de muchas de aquellas mujeres; no entiendo la necesidad de martirizarse; de los cilicios; del no comer y no dormir... Me parece todo un poco espeluznante. ¿Qué necesidad hay de todo eso?

-¿Ha visitado usted el habitáculo donde vivió san Pedro de Alcántara?

-Sí; y se me pusieron los pelos de punta. No sé por qué, me acordé, ante esa celda, de lo que hizo no recuerdo qué santa. No contenta con lavar las pústulas y supuraciones de los leprosos, se bebió el agua donde había enjuagado los trapos con los que las limpiaba.

-¿Qué quiere que le diga?

-Hay ciertas cosas, Azorín, de las que no hay necesidad.

-El libre albedrío, ¿recuerda? Yo creo que si usted hubiera sido un teólogo de la época, hubiera buscado una religión más humana, menos oscura, por decirlo de alguna forma.

-Dice la propia santa que en la pieza donde entra mucho el sol no hay telaraña escondida. Me acuerdo de la visita que hice a la casa de san Francisco de Borja. ¡Dios! Su capilla me dio náuseas: es un ataúd, un feo y negro ataúd. No creo que, de haber sido creyente, hubiese visto allí la presencia de ningún dios; telarañas y gusanos, sí. Añoré el gótico, el aire, la luz. Y Grecia. Y los templos al aire libre, el cielo, el mar.

-Santa Teresa fue una mujer muy vital y vitalista. Y en las Constituciones les dice a las religiosas que hermanen el fervor y la piedad con la franqueza y la jovialidad. ¿Recuerda usted su llegada a Sevilla? Pobre mujer, qué mal lo pasó con tanto calor. Acostumbrada a Ávila...

-Eso es lo que la hace humana. Y esa fuerza y ese luchar por lograr lo que desea.

-Entonces, querido amigo, ¿Vale la pena leer a santa Teresa en estos tiempos que corren?

-Sí, siempre vale la pena. Por muchas y variadas razones. Que cada uno escoja la suya, o que no la lea. No puedo decir más porque sigo pensando que apenas si he entendido algo.

-Bebamos agua y descansemos un poco, querido amigo. El sol comienza a acariciar la tierra.

-Bienvenido sea. Pero que no nos castigue tanto como a la santa en Sevilla.







Etiquetas:   Tolerancia   ·   Iglesia Católica

Compartir
Tu nombre:

E-mail amigo:
Enviar
PDF

0 comentarios  Deja tu comentario




Los más leídos de los últimos 5 días

Comienza
a leer


Un espacio que invita a la actualidad e información
 

Publica tus artículos


Queremos ser tus consejeros y tu casa editorial

Una comunidad de expertos


Rodéate de los mejores y comienza a influir
 

Ayudamos a tu negocio


El lugar y el momento adecuado donde debes estar
Secciones
17270 publicaciones
4440 usuarios
Columnas destacadas
Los más leídos
Mapa web
Categorías
Política
Economía
Sociedad
Cultura
Ciencia
Tecnología
Conócenos
Quiénes somos
Cómo publicar en Reeditor
Contacto
Síguenos


reeditor.com © 2014  ·  Todos los derechos reservados  ·  Términos y condiciones  ·  Políticas de privacidad  ·  Diseño web sitelicon.com  ·  Únete ahora