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Yukio Mishima, entre Eros y Tanatos


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16/08/2012


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Yukio Mishima terminó su vida con un sable en las entrañas y con la cabeza sobre el embaldosado de la oficina de un cuartel militar. Allí había llegado para reclamar la dignidad de tiempos idos, el honor de épocas ya perdidas y demostrar su lealtad al emperador.


Algunos le consideraron un demente, alguien impulsivo y paranoico, con cierto malévolo narcisismo. Resultó herido su ego, su vanidad fue convertida en polvo por aquello que consideró decadencia. Su sacrificio no logró nada porque Japón continúo siguiendo los modelos occidentales.

Ese acto de presunto patriotismo, tal vez era una especie de catarsis para matar el pasado que le perseguía, para iluminar las sombras que le acechaban. Aquellos tiempos en que era sometido y humillado por una abuela chiflada que le hizo vestir de niña con rulos y el rostro empolvado.

¿Borraría Mishima con su suicidio la mancha oprobiosa que sobre su frente se había extendido como una úlcera? ¿O acaso palpitaba en él una vena de masoquismo propio de la virgen desflorada o del sirviente flagelado que anhelan la visión del agresor que les ha ofrendado la penetración y el latigazo?

El escritor japonés era una criatura desdoblada. Su fiera virilidad, su poderosa y vibrante hombría le otorgaban una imagen dura, casi de metal, como si nada en el mundo pudiera doblegarle. Su voz tenía el sonido del relámpago, pero su gesto era sutil como el vuelo de una brizna de hierba o el delicado rumor de la corriente en la orilla.

Su interior era una llanura de algodón, un soto cubierto de pétalos. De allí esa incapacidad para entenderse a si mismo, para completar la inteligencia de su organización psicológica y aceptar que todo había cambiado en el imperio.

Fue alguien con la necesidad de mostrarse monumental y heroico, pero también impulsado al abismo por el enemigo interior que lo acosaba y hostilizaba a cada momento. Su frágil espíritu se ocultaba tras el poderoso físico.

De niño vivía prisionero. Pertenecía a una familia modesta que logró ascender a un sitial de cierta importancia en la burocracia de su país. La abuela de la que hemos dicho dos palabras antes, pertenecía a un noble linaje de samurai y cortesanos.

De ella le llega la idea de ese honor contaminado por el egoísmo y el amor propio corroído por el rencor de saber desplazada su dignidad. Esta mujer era una hoguera y calcinaba la sensibilidad de Mishima, nacido Kimitake Hiraoka.

Esta mujer fue el punto geográfico donde comenzó el camino de Mishima hacia el recinto militar donde cuarenta y cinco años más tarde alcanzaría otra forma de fama a costa de su holocausto personal.

Doce años estuvo secuestrado, vestido de niña con bucles y lunares artificiales en las mejillas, con los retorcidos labios pintados de granate. Encajes en las enaguas y pendientes en las orejas, le daban a Mishima un aspecto de criatura hecha de gasa y bronce.

Como Mishima se mostrara curioso por ciertas características de su cuerpo, la abuela Natsu montaba en cólera y lo sometía a correazos. No le permitía el llanto y si por alguna razón, una lágrima resbalaba por la comisura de sus ojos, le hacía mirar sin pausa el reflejo de las llamas que crepitaban en la chimenea o la espada de samurai colgada en la pared.

Tal vez por eso Mishima endurece siempre su mirada ante la luz y por eso prefería un poco los ambientes un tanto melancólicos y sombríos para escribir, el único sitio que le permitía llevar a cabo una especie de exorcismo para expulsar los demonios que siempre le atormentaban.

Sus biógrafos señalan aquella época como el momento en que su tendencia homosexual logra identificarse por el escritor. Algunos alegan que Mishima solo fue un invertido teórico o al menos tenazmente reprimido.

En opinión de la escritora belga, Marguerite Yourcenar, “aquella hada loca puso en él, probablemente, el grano de demencia que antaño se consideraba necesario para el genio”.

Cuando por fin logró la liberación, Mishima cambió la dependencia por la de su madre, que sustituye a la abuela fallecida en un paroxismo de irascibilidad, víctima de un aneurisma. ¿Sería esta la genética que hubiese aguardado a Mishima si hubiera vivido algunos años más?

Entonces el autor de Caballos Desbocados y La Máscara se transforma en Edipo. Ama a su madre con ternura casi femenina. Acude a ella con el llanto aflorando en sus ojos y con la voz convertida en un hilo. A esa Yocasta, Mishima entrega todos sus escritos en busca de aprobación o consejo. Nunca rompió esa sumisión.



Etiquetas:   Muerte

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