¿Qué es un zombi? (segunda parte)

Ayer publiqué una entrada en mi blog en la que relacionaba el personaje cinematográfico y televisivo del zombi con el miedo al fanatismo; y, en particular, con el fanatismo religioso, sobre todo después de los atentados del 11-S.

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De una lista bastante exhaustiva de largometrajes relacionados con la temática zombi, compuesta por 178 producciones, he podido comprobar que un 44,9 % de este tipo de películas se estrenaron del año 2000 en adelante.

  • Años 2000: 80 producciones (44,9 %)
  • Años 90: 19 producciones (10,7 %)
  • Años 80: 52 producciones (29,2 %)
  • Años 70: 25 producciones (14 %)
  • Años 60: 6 producciones (3,4 %)
  • Años 50: 6 producciones (3,4 %)
  • Años 40: 6 producciones (3,4 %)
  • Años 30: 3 producciones (1,7 %)

Me parece una distribución muy interesante, para reflexionar acerca de qué pueden tener que ver las películas de este género con los cambios generales que de los años 70 en adelante experimentan las sociedades consumidoras de este tipo de productos culturales, sobre todo su población joven.

El zombi es un tipo rígido y agresivo, privado de libertad, voluntad y conciencia, que actúa de forma impulsiva y mecánica, con el agravante de que si te muerde, incluso sin matarte, puede convertirte en lo que él es.

Este personaje, desde su origen religioso en el vudú haitiano y en ciertas religiones africanas, ha estado siempre ligado a la idea de la esclavitud. En estas tradiciones, el zombi es un muerto que ha sido revivido por alguien con poderes mágicos para tenerlo a su servicio como esclavo.

En primer lugar, como observación general, desde finales de los 60 hasta nuestros días las sociedades occidentales han experimentado un gran proceso de desregulación, flexiblización y diversificación a todos los niveles, tanto en el plano de la producción como de la reproducción social.

Cualquier sujeto social, individual o colectivo, que demuestre ser rígido, poco adaptativo, demasiado dependiente de la voluntad de otros y con poca voluntad de autodeterminación está francamente mal visto.

Por el contrario, la organización flexible y adaptativa y la persona emprendedora, voluntariosa y liberal son los modelos a seguir desde los años 70 a nuestros días.

Pero es que, además, el conflicto con el mundo musulman tiene a comienzos de los años 70 uno de sus hitos más significativos después de la 2ª Guerra Mundial. En 1973 se produjo la primera crisis del petróleo, provocada por los países de la OPEP en represalia por el apoyo de los países occidentales (EE.UU. y Europa) a Israel en la guerra de Yom Kippur contra Siria y Egipto.

También, al final de esa década, un nuevo acontecimiento relacionado con el mundo musulmán intranquilizaría profundamente a las sociedades occidentales capitalistas: la revolución islámica jomeinista en Irán (1979), que a renglón seguido inauguraría la década de los 80 con una devastadora guerra entre Irán e Irak (este último aliado entonces de EE.UU.) que duraría hasta 1988.

Por tanto, en los años 70 aparecerán los países y los movimientos islamistas como nuevos actores de la política internacional, cobrando cada vez mayor protagonismo como cultura antagonista de las formas de vida de las sociedades judeo-cristianas capitalistas desarrolladas. Este protagonismo será indiscutible a partir de la caída del Muro de Berlín en 1989, durante los años 90 y hasta nuestros días, tomando el relevo de la Unión Soviética como factor de preocupación del mundo occidental.

Podemos añadir, además, que la década de los 90 se inaugura con la primera Guerra del Golfo, en la que EE.UU. lidera una coalición internacional para expulsar de Kuwait a los iraquíes de Sadam Husein.

Pero será en la década del 2000 cuando el antagonismo entre Occidente y el Islamismo radical alcance sus cotas más altas.

Nada más comenzar la década del 2000 se producen los atentados de las Torres Gemelas de Nueva York (11/9/2001), que justifican menos de un mes después la invasión norteamericana de Afganistan (que dura hasta hoy).

En 2003 estallaría la segunda guerra del Golfo (2003), liderada también por EE.UU. para acometer la invasión de Irak y el derrocamiento de Sadam Husein.

Terminando la década y comenzando la siguiente, hemos conocido además el asesinato de Osama Bin Laden (2011) a manos de un comando del ejército norteamericano y lo que se ha denominado “primavera árabe”, que, desde 2010,  ha supuesto el derrocamiento de dictadores en Túnez, Libia, Egipto, Siria y otros países,  pero también el ascenso de fuerzas islamistas cuya relación con los países occidentales no acaba de definirse con claridad.

Al día de hoy, además, la guerra civil Siria por un lado y la que puede ser una inminente guerra con Irán, con implicaciones directas en Líbano y Palestina, e indirectas a escala global, amenazan con una nueva crisis de consecuencias difíciles de predecir, entre otras razones porque puede implicar el uso y/o destrucción de tecnología nuclear, así como de armas químicas y biológicas a una escala no conocida aún.

En resumen, hay algo que en lo que los jóvenes occidentales se vienen socializando desde los años 70:

1) en una cultura liberal e individualista que premia la voluntad, el emprendimiento y la flexibilidad adaptativa; y

2) en un antagonismo político y cultural con un mundo islámico radical en expansión, enemigo de nuestra liberal y democrática forma de vida, que amenaza con destruirnos si no nos convertimos a su religión.

Nuestras pantallas y periódicos están saturadas de anacrónicas “cabezas cuadradas” que, según el imaginario colectivo occidental, representan ideologías pasadas de época: neonazis y ultraderechistas xenófobos, islamistas radicales, fundamentalistas cristianos violentos, chavistas e izquierdistas antisistema… (obsérvese que entre estas categorías no están ni las monarquías árabes del Golfo Pérsico -integristas donde las haya- aliadas de EE.UU. y Europa; ni tampoco los “comunistas de mercado” chinos, por algo será).

Y pareciera que nuestros pobres zombis ahí están para representar, en forma de monstruos famélicos e iracundos, pero también torpes y tontorrones, la rigidez y la deshumanización que, al mismo tiempo, en las mismas pantallas pero con otros registros informativos, nuestras sociedades atribuyen a quienes se supone que nos amenazan aupados en ideologías situadas en el polo opuesto de la “flexibilidad” que nuestra forma de vida necesita para expandirse y reproducirse.

Aunque visto desde otro ángulo, puede que también nuestra “flexible” y “liberal” forma de vida deje muchos muertos y zombis por el camino, pero esto ya es tema para otro artículo.

(+ info en www.javiermalagon.com)






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