Cuando México
aprendió a ganar.
No se trata de un asunto menor, independientemente de las
aficiones y preferencias personales, ganar la medalla de oro en el torneo
olímpico de futbol, además derrotando a Brasil en la final, es el mayor logro
de la historia de este deporte para nuestro país.
El futbol es sin duda el deporte con más seguidores en
México, es parte de nuestra cultura, una expresión social que está por encima
de posiciones económicas, idiosincrasias y cualquier otro aspecto que se
mencione para señalar diferencias.
Durante muchas décadas el comportamiento de la selección
nacional de futbol ha servido para establecer una especie de parámetro respecto
de nuestras condiciones generales.
Muchas generaciones crecimos con la esperanza de la
victoria, esta se nos negó en incontables ocasiones y no necesariamente por
falta de talento, sino en la suma de diversos factores que a su vez eran un
reflejo fiel de la situación del país.
Desde la mala suerte que también cuenta, pasando por la falta
de preparación, de concentración, pero peor aun en ocasiones en la ausencia de
determinación y personalidad, esas que se requieren para alcanzar la
excelencia.
De tal suerte que en el transcurso de ese prolongado
periodo, nos acostumbramos a ser los ratones verdes, los ya merito y un
sinnúmero adicional de adjetivos que finalmente lo único que ponderaban era la
mediocridad.
Lamentablemente el espejo servía para reflejar una constante
nacional que trascendía a casi todos los aspectos, que como resultado solo nos
sumían en la resignación, una realidad cruel.
En cualquier escenario posible, además del deporte la
constante de los fracasos se relacionaba con un problema de fondo, insistimos
no necesariamente de falta de talento, más bien de compromiso, de argumentos y
valores mentales, concentración en resumen.
Sin embargo al menos en este caso que resulta ser tan
indicativo, ha habido una transformación sumamente interesante, una evolución
que tiene que ver precisamente con ese elemento.
De los destellos a los que nos habíamos de alguna manera
acostumbrado, vinieron los dos campeonatos mundiales ganados por las
selecciones sub 17, hasta llegar a este momento, que honestamente para los que
crecimos con esa persistente modelo parecería que nunca sucederían.
Los progresos que también alcanzan una buena cantidad de
otras actividades, se circunscriben pues a un cambio de mentalidad, poder ganar
y acostumbrarse a ello, con personalidad y con superioridad.
Escuchando a los tres entrenadores mexicanos campeones mundiales,
Ramírez, Chávez y Tena, el elemento común ha sido en trabajo mental, una
preparación que trasciende al aspecto físico, estratégico y deportivo, el punto
de quiebre para aprender a ganar.
Afortunadamente las nuevas generaciones parecen haber
eliminado del subconsciente la historia del fracaso permanente, a través de una
ambición bien orientada, que se complementa con la disciplina, el esfuerzo, el
sacrificio y el trabajo en equipo.
No cabe duda que este tipo de éxitos por su nivel y
profundidad, son muy contagiosos, trascienden al logro por sí mismo y generan
una confianza que se traduce en emoción y con el paso del tiempo en creencia y
dogma.
El ejemplo de estos jóvenes guerreros, se multiplica en
todos los sectores, porque mas allá de su despliegue en la cancha, lo que se
pondera es la gran diferencia del comportamiento, la determinación y como
decíamos la concentración.
Después del festejo inicial, viene el análisis, las imágenes
de la batalla no son solo un recuento de las anotaciones, estamos hablando de
la actitud, de la presencia, si de la gran personalidad de los jugadores, una
generación que ya aprendió a ganar y que ahora tendrá que acostumbrarse a ello.
Y que ese extraordinario ejemplo sirva para contagiar, no
solamente en el festejo de lo que logran diez y ocho jugadores, sino para que
esa muestra se convierta en un padrón de conducta, aprender a ganar si, pero
sobre todo habituarnos a ello, como parte de una exigencia colectiva que se
traduzca en un sentimiento nacional.
El uso de las redes sociales
en el servicio público.
A raíz de la solicitud de un particular cuyo nombre no ha
sido revelado, el IFAI, solicito a la Presidencia de la República, los
lineamientos que deben seguir los funcionarios públicos en materia de redes
sociales.
La presidencia contesto a la solicitud indicando que como
tal no existe un manual para el regular la participación de los funcionarios
públicos en esas plataformas y que en todo caso esta se ajustaba bajo los
términos y recomendaciones que las mismas redes establecen.
Esta respuesta dio como resultado que el peticionario se
inconformara y solicitara conforme a derecho un recurso de revisión, que derivo
en el hecho de que la Coordinación General de Comunicación Social de la
Presidencia, creara un protocolo para el uso al menos del Twitter para los
funcionarios del gobierno federal.
El asunto nos remite sin duda a considerar que existe una
necesidad imperante de establecer un mínimo de parámetros para la participación
de los funcionarios gubernamentales en las redes sociales, que sirva para
orientar su adecuada intervención, más allá de la auto regulación.
En principio porque si bien no existe un marco legal al
respecto, se entiende que el uso de estas plataformas mediante la creación de cuentas llamémosles
oficiales, tendría que circunscribirse a la difusión de acciones de gobierno y
en todo caso como un vinculo de comunicación con la sociedad.
Sin embargo no hay ninguna obligación de responder
cuestionamientos, ni de informar con periodicidad, en todo caso eso queda al
criterio individual, en contraste muchos de servidores públicos le dan un uso
totalmente diferente a sus cuentas.
Una cosa es tener una cuenta de tipo personal, en la que no
se involucre el cargo que se ocupa y otra muy diferente presentarla como una herramienta
oficial.
Porque en términos de estricta prudencia a nadie le interesa
saber, que comen, a donde van de vacaciones o que libros leen los funcionarios
públicos, que abusan de estas redes para de alguna manera sentirse celebridades
y que creen que son seguidos por una popularidad inexistente.
Peor aun cuando a nombre de una institución, manifiestan sus
preferencias políticas, o se enfrentan con sus interlocutores de manera poco
ortodoxa, algunos agreden e insultan.
No hay duda de que las redes sociales son una extraordinaria
herramienta de difusión y comunicación, pero al menos en el caso de los
funcionarios públicos deberían existir mínimos y máximos, márgenes decíamos de
prudencia que se relacionen con la responsabilidad que ostentan.
De alguna manera, aquellos que se orienten tentados por la seducción
fantasiosa de sentirse más de lo que representan, siempre tendrán la
posibilidad de crear cuentas personales que no se relacionen con sus encargos
oficiales.
En estas seguramente tendrían mucho menos seguidores, pero
al menos ahí podrían dar rienda suelta a su necesidad de celebridad sin abusar
de su posición.
Como sea lo que se infiere es que cada vez se hace más
importante proponer, establecer y vigilar reglas claras al respecto, es una
cuestión de orden y forma.
guillermovazquez991@msn.com
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