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Un viaje literario


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11/08/2012

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UN VIAJE LITERARIO





Vicente Adelantado Soriano





Alguna vez la encuentro por el mundo

y pasa junto a mí.

Gustavo Adolfo Bécquer, Rimas.









Un sábado por la tarde, cansado y derrotado, regresé del viaje. No ha estado mal el viaje, pese a todas mis prevenciones, y a las pocas ganas que tenía de emprenderlo. Como siempre. He estado en lugares desconocidos, y he visitado otros que ya conocía, como Calatañazor y Abéjar de Soria. Allá por donde he pasado, he tenido tiempo, de alguna forma, para leer y meditar. He vuelto a releer, en hoteles, y a altas horas de la mañana, las Cartas desde mi celda, de Gustavo Adolfo Bécquer. Fue un verdadero placer leer a Bécquer en un hotelito de Iruz. Tiene dicho hotel una amplia estancia, con grandes ventanales en tres de sus paredes. En el hotel no había nadie. Tenía toda la sala de esparcimiento para mí. Las mesas eran bastante incómodas, pues la base de la misma salía del centro del tablero y se extendía hacia el exterior, como un trípode. Resultado: no se podían meter las piernas debajo de la mesa. Me senté en una cómoda silla bajo uno de los amplios ventanales; y leí, leí con verdadero deleite, las cartas de Bécquer. Sólo volvía a la mesa para tomar notas o hacer algún apunte en mi eterna pequeña libreta de viajes.

En otro pueblecito, Arroyo, muy cercano a Julióbriga, y a Reinosa, contaba con una mesa, en la misma habitación del hotel, y con una bombilla un tanto elevada. Allí también pasé mis buenas horas leyendo a Bécquer. Por la tarde, tras la visita a la vieja ciudad romana, fue una delicia sentarme al aire libre con las Cartas. La temperatura era muy agradable.

En el hotel rural de Arroyo hay, en el comedor donde sólo se desayuna, una tele, un arcón con servilletas, aceiteras, etc, un sofá, mesas y sillas, y una hornacina con libros. No pude evitar acercarme a echar un vistazo. Descubrí varios breviarios romanos, en latín, lógicamente, del siglo XVIII. Según me contó el dueño del hotel, a requerimiento mío, se los encontró en una cuadra cuando estaba buscando tejas morunas para hacer el hotelito en cuestión. Me comentó que, por la zona, deben quedar muchas cosas parecidas. Es muy probable. Uno de los breviarios tenía tapas de madera y cierre de bronce.

Tuve la suerte de leer a Bécquer, Rimas, antes de caer en manos de cualquier profesor de tres al cuarto. Leí y releí las Rimas, cuando tenía trece o catorce años. Y aquella poesía me gustó tanto que la leía un día y otro día. Muchas de las rimas llegué a sabérmelas de memoria. Recuerdo que, cuando me iba hacia el instituto, por las mañanas, me las recitaba sin cesar.

No sé si fue en sexto de bachiller o en COU, un profesor, durante una conferencia, dijo que Bécquer era tan cursi que hasta su nombre era una ridiculez. ¡Y se quedó tan ancho! No tenía yo suficientes argumentos entonces, ni valor, para enfrentarme a semejante estupidez. Pero, por supuesto, no hice ni caso. Y entendí cuánto de envidia y rencor había en aquello y en lo de los “suspirillos germánicos”. Yo, pese a unos y a otros, seguí leyendo a Bécquer. Aunque no sería hasta muchos años después cuando me enfrentaría a todas las Leyendas. Las Cartas desde mi celda tuvieron que esperar mucho tiempo, hasta que Azorín me condujo, años ha, a ellas. Azorín era un enamorado de esas cartas, de esa prosa desconocida hasta el momento en España.

En enero de este año estuve en Veruela, el monasterio donde estuvo Bécquer, donde escribió las cartas, y en Trasmoz. Pasé por Tarazona, y recorrí los lugares por donde se movió Gustavo Adolfo, solo o en compañía de su hermano. Seguí con verdadero placer las descripciones que hace de Veruela, y de su conocimiento de la bruja de Trasmoz. Me pareció una delicia la carta en la que considera los sueños de juventud, ante un pequeño cementerio, y medita sobre lo que desea para el futuro inmediato. Y, desde luego, no tiene desperdicio la carta en la que habla de la tradición y de la renovación, de los estudios y de la forma de abordarlos. No hay nada en estas Cartas, como no hay nada en las Rimas ni en las Leyendas, que pueda ser tildado de cursi ni amanerado. ¿Qué conocía aquel pobre profesor de Bécquer? Seguramente nada, seguramente la necedad que había dicho alguien en una aula, y que sus discípulos, sin más, repetían como papagayos tal vez por miedo al suspenso o, lo más normal, por comodidad y pereza. Es curioso lo que dice Bécquer al respecto en su carta IV:

Cuando no se conocen ciertos períodos de la Historia más que por la incompleta y descarnada relación de los enciclopedistas o algunos restos diseminados como los huesos de un cadáver, no pudiendo apreciar ciertas figuras desasidas del verdadero fondo del cuadro en que estaban colocadas, suele juzgarse de todo lo que fue con un sentimiento de desdeñosa lástima o un espíritu de aversión intransigente.”1

Sí, pocas veces se han dicho cosas tan cursis y sin sentido. Es una pena que aquel pobre profesor no conociera las cartas, ni nos las diera a leer para comentarlas en clase. Dice Bécquer en la misma carta, páginas más allá:

Es preciso salir de los caminos trillados, vagar al acaso de un lugar en otro, dormir medianamente y no comer mejor; es preciso fe y verdadero entusiasmo por la idea que se persigue para ir a buscar los tipos originales, las costumbres primitivas y los puntos verdaderamente artísticos a los rincones donde su oscuridad les sirve de salvaguardia, y de donde poco a poco los va desalojando la invasora corriente de la novedad y los adelantos de la civilización.”2

Viajar hoy en día tiene poco de aventura. Es más: salvo raras excepciones, el país se ha convertido en un parque temático. Se pueden ver, y se siguen viendo cosas verdaderamente interesantes, Cervatos, San Martín de Elines, Aguilar de Campoó, las hoces del Ebro… Pero a todo se llega con coche por carreteras buenas, con aire acondicionado, y sabiendo que, al final, hay bares, fondas, hoteles, hasta donde se puede pagar con tarjeta… Nada que ver con la descripción que hace Bécquer de su salida de Madrid y la llegada al monasterio de Veruela en su primera carta. Ni mucho menos con el viaje de Azorín, en el centenario de su publicación, por los pueblos de la ruta de don Quijote.

Hoy en día está todo lleno de turistas. Muchos de ellos no saben ni dónde van, ni porqué van. El año pasado, en santo Domingo de Silos, vi desfilar a familias enteras apenas comenzaron los cantos gregorianos en la iglesia del convento. Los pobres se debían imaginar que aquello era como la horrible música que llevan en los coches, siempre muy alta, y siempre muy mala. Y la llamo música por no llamarla golpes y zumbidos. Por una parte está bien la manada: imagino que gracias a ella, en Atapuerca, donde vi al tatarabuelo de mi bisabuelo, sacarán algo de dinero para las excavaciones. Me gustó mucho la visita a las cuevas, aunque ya no sean cuevas. Y me hubiera gustado mucho que las hubieran visto algunos de los alumnos. Creo que es un viaje que vale la pena hacer, un viaje muy didáctico. Ahora bien, ya se sabe: tonto en su villa, tonto en Castilla. Hay que preparar el terreno.

El viaje, emprendido con desánimo, como siempre, me ha gustado mucho. Desde luego siempre recordaré de él la relectura de las Cartas desde mi celda en un rincón de un hotel de Arroyo, o en aquella enorme y bien iluminada sala de estar de Iruz. Aquella mañana llovía. Y allí, solo, en medio del más maravilloso de los silencios, volví a leer la carta III.

Ello es que cada día me voy convenciendo más que de lo que vale, de lo que es algo, no ha de quedar ni un átomo aquí.”3

Y si queda, caso de Atapuerca, poco, muy poco, le debe importar a aquellos muchachos que fueron devorados por sus congéneres, o a quienes murieron por una infección o el ataque de un animal, o un simple resfriado. La vida es cuestión de suerte; el margen de maniobra que tenemos es tan limitado, tan pequeño, que sólo los necios se pueden mostrar satisfechos con lo logrado y alcanzado. Con excepciones, por supuesto: Azorín, Bécquer, Pérez Galdós, y Cervantes. Y algunos más.





1 Gustavo Adolfo Bécquer, Cartas desde mi celda. Carta IV



2 Gustavo Adolfo Bécquer, Cartas desde mi celda. Carta IV







3 Gustavo Adolfo Bécquer, Cartas desde mi celda. Carta III





Etiquetas:   Educación   ·   Libros   ·   Música   ·   Viajes

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, Impresionante y maravillosas, las lecturas para verano de Vicente.





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