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Los viajes


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11/08/2012

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MIS CONVERSACIONES CON AZORÍN


LOS VIAJES





Vicente Adelantado Soriano





Afortunadamente ni todos los tiempos son unos, ni siempre tenemos el mismo estado anímico. Con absoluta facilidad a veces pasamos de creernos enormemente desgraciados a la exultante felicidad, y de la exaltación a la tristeza. No obstante, hay que procurar, en toda ocasión, sacar el máximo provecho de las diversas situaciones que nos toquen vivir. Es lo que intenté hacer aquel día, pues el último paseo con Azorín me había dejado un tanto triste y melancólico. Dicha melancolía me condujo hacia unos viejos libros de mi estantería. Diversos poemas de uno de ellos había tratado de aprendérmelos de memoria de muy joven. Volví a leer los poemas de Gustavo Adolfo Bécquer; sus Rimas me hicieron evocar, cómo no, un viaje al monasterio de Veruela. De joven viajé bastante. A Azorín también le gustaba mucho viajar. La melancolía se transformó en alegría al contar con un nuevo tema de conversación.

-Buenos días, Azorín, ¿cómo se encuentra usted esta mañana?

-Muy buenos días, mi querido amigo. Me encuentro muy bien. Por cierto, y aunque no la he visto toda entera, debido a su duración, me está encantando la película de Bergman.

-Me alegro mucho.

-Tengo que reconocer que tiene usted muy buen gusto.

-Gracias, muchas gracias.

-Imagino que le habrá costado lo suyo lograrlo, pero creo que ha valido la pena, ¿no le parece?

-Sí, creo que sí. Verá, hace años estaba muy de acuerdo con aquella sentencia bíblica en al cual se afirma que quien añade sabiduría, añade dolor. Es cierto, no lo niego; pero también una pequeña sabiduría, como la que nos alumbra, añade placer, mucho placer.

-Efectivamente. Es todo un arte saber disfrutar de un buen libro, de un paisaje, de una sinfonía o de una buena conversación con un amigo.

-Sin olvidar los viajes, Azorín, sin olvidar los viajes.

-Por supuesto. Ha sido una omisión imperdonable.

-Y más en usted, que fue uno de los pioneros.

-Tuve excelentes maestros. No olvide que fue en el siglo XIX cuando comenzaron a viajar muchos escritores.

-Dudo que lo hicieran en las condiciones en las que lo hizo usted cuando cubrió la ruta del Quijote.

-Digamos que no era fácil viajar en aquellos momentos; pero tampoco existe ninguna heroicidad en utilizar lo único que hay. Desde luego, vistos aquellos viajes con las facilidades que se tienen hoy, parecen cosas de locos.

-Ayer por la tarde, después de llevarle la película, estuve releyendo unos cuantos poemas de Bécquer. Los poemas me llevaron a sus Cartas desde mi celda; y, una vez más, volví a sonreír, divertido, con el relato del viaje que hace Bécquer de Tudela a Tarazona, camino de Veruela.

-Gustavo Adolfo Bécquer es un gran poeta, ¿no le parece? Y como prosista no es nada desdeñable, todo lo contrario. Aunque esa carta de la que habla usted me recuerda un poco a Larra y a sus artículos de costumbres. Lo cual, probablemente, no quiere decir nada.

-Estoy de acuerdo con usted en que Bécquer es un excelente poeta. Creo que hace falta serlo para componer un libro, las Rimas, con la sencillez con la que lo hace él. Siempre me acuerdo de Volverán las oscuras golondrinas como de la máxima expresión, en poesía, de la economía de medios.

-Sí, tiene usted razón: construida con un hipérbaton, nos habla, con una gran sencillez, del paso del tiempo, de todo aquello que perdemos en un instante, y que no volverá.

-La vida misma.

-Efectivamente. Parece que Bécquer está desarrollando un tema tópico, el del ubi sunt?, aunque, al final, de forma magistral, le da un giro al poema para reafirmar su hondo sentimiento, su amor, un amor tan grande que nadie igualará.

-Sí, así es. Como ya le he dicho, pasé la tarde releyendo las cartas. Y con los ecos de las golondrinas en la cabeza, me tropecé con un fragmento, que, quizás, resuma su poética, y la forma de viajar. Ni que decir tiene que me he tomado la libertad de transcribirlo.

-Pues lea usted.

-Dice Gustavo Adolfo Bécquer en la carta IV “Es preciso salir de los caminos trillados, vagar al ocaso de un lugar en otro, dormir medianamente y no comer mejor; es preciso fe y verdadero entusiasmo por la idea que se persigue para ir a buscar los tipos originales, las costumbres primitivas y los puntos verdaderamente artísticos a los rincones donde su oscuridad les sirve de salvaguardia, y de donde poco a poco los va desalojando la invasora corriente de la novedad y los adelantos de la civilización.”

-Se percibe en sus palabras un cierto regusto amargo por un mundo en continua transformación.

-Sí, Azorín, tiene razón. Antes ha dicho usted que el viaje, en la diligencia, de Tudela a Tarazona, le recuerda a Larra. Es cierto. O, al menos, a mí también me lo ha evocado. Evidentemente, Bécquer tiene una rama costumbrista. Es posible que el viaje a Veruela, que realizó con su hermano, estuviera, dejando su salud aparte, relacionado con la búsqueda de tipos y formas de vida que comenzaban a desaparecer.

-Sí, pero igual que en Larra, la mirada de Bécquer también es una mirada crítica: recuerde usted la carta en la que habla de las brujas de Trasmoz. El de la brujería es otro asunto que, por cierto, se debería haber estudiado tal vez desde un punto de vista antropológico. Bécquer se acerca a la brujería de forma irónica, sonriendo.

-Yo tengo una visión un tanto romántica de la brujería. Hace muchos años un buen amigo me regaló un libro, La bruja, de Jules Michelet. Según dicho amigo, Michelet era una rata de biblioteca, un historiador dedicado a sus libros y a sus investigaciones. Y un día, ya de mayor, conoció a una mujer; en el sentido bíblico. Dicho conocimiento fue para él toda una revelación, un mundo nuevo. Como agradecimiento a la mujer, como muestra de amor, cariño y respeto, escribió La bruja. La bruja, según Michelet, es la benefactora de la humanidad.

-Sí que es romántica la historia. Seguramente falsa, pero bien hallada. O bella, si lo prefiere.

-Desde luego como contraportada del libro hubiera quedado perfecta. Ahora bien, no es esa la visión que Bécquer nos da de la bruja y de su entorno. Él da, como ha dicho usted, una visión crítica y poética.

-Creo recordar que hay en las palabras de Bécquer, cuando haba de las brujas, una leve burla. Si no me falla la memoria, narra su encuentro con un pastor, camino de Trasmoz, quien le cuenta la terrible muerte de una bruja, la tía Casca. Bécquer sonríe ante las palabras del pastor.

-Tiene usted una buena memoria. Una muerte, la de la tía Casca, nada romántica, por cierto. Y más terrible que la de la otra bruja, la gran bruja de nuestra literatura, la Celestina.

-¿Y no le parece usted que las personas del pueblo deberían estar muy asustadas para ejecutar a aquella pobre mujer de la forma en la que lo hicieron?

-¿Cree usted que ese episodio que narra Bécquer sucedió en la realidad? No sé. Se me hace duro creer que un grupo de mozos, en un pueblecito como Trasmoz, persiga a una pobre vieja, y la arroje por un precipicio; que la vieja quede enganchada en unas ramas o raíces, y los mozos le lancen una buena piedra a fin de hacerla caer al fondo del barranco.

-Sí, es una bestialidad; pero entre eso y ser quemada viva...

-Si usted me lo permite, se lo resumiré con un refrán.

-Hágalo.

-Los malos tragos cuanto antes, mejor.

-Tiene usted razón. Rápida y sin avisar. Y es posible que la muerte de la tía Casca, si es cierta, esconda, en el fondo, un problema de dineros, lindes, o sexo. Es por lo que se muere y se mata en los pueblos. ¿Dice Bécquer algo al respecto? No lo recuerdo.

-No, no lo dice; pero a él también debió intrigarle el asunto, pues vuelto a la celda de Veruela, entrevista a una moza que, todas las noches, espera a que termine su crónica para llevarla, al día siguiente, al correo. La muchacha le cuenta una historia de brujas, las de Trasmoz, que parece sacada de Las mil y una noches.

-Está muy bien la visión que da Gustavo Adolfo Bécquer; pero ¿no le parece una pena que no hiciera un estudio más serio, menos literario?

-Sí, es una pena que no haga ese estudio.

-Pero es necio por nuestra parte, quejarnos de esto.

-Máxime teniendo en cuenta que el mismo Bécquer, en la carta IV, propone que el Gobierno pensione viajes de estudio a nuestras provincias. En estos viajes participarían un pintor, un literato, un arquitecto... Entre ellos se ayudarían a fin de entender todo cuanto les fuera saliendo al paso.

-Eso, querido amigo, casi parecen excursiones escolares.

-Es cierto. Pero se trata de excursiones interdisciplinares. Ya sé que tanto a usted como a mí, nos gusta viajar solos, y ligeros de equipaje; pero este sería un buen método de enseñanza.

-Cuando se va solo por el mundo es como decir a todos que se está abierto, que cualquiera puede pegar la hebra con el solitario, que agradecerá salir de la soledad por unos momentos, ¿no le parece?

-Sí. Viajar, además, es un arte. Y no todo el mundo sabe hacerlo. Como dice Bécquer a veces hay que pasar hambre y frío; y a veces hay que estar dispuesto a subir y bajar por aquí y por allá a fin de verlo todo y empaparse de todo. Y, a veces, hay que estar dispuesto a que nos tomen el pelo, y a no enfadarse mucho por ello. Todo esto hace que no sea fácil encontrar a un buen compañero de viaje.

-Dadas las magníficas condiciones en las que se viaja hoy, no entiendo como dos personas se pueden enfadar...

-A saber lo que subyace tras esas peleas, Azorín.

-¿Y ha viajado usted mucho, querido amigo?

-Bastante, y con todo medio de locomoción: a pie, en tren, en coche, en autobús, en bicicleta... Gracias a Bécquer he estado evocando mi estancia en Veruela.

-¿Estuvo usted también hospedado allí?

-No, cuando yo fui, el monasterio ya no tenía celdas. Pero vi el claustro y la iglesia, de la que habla Bécquer, y la famosa Cruz Negra, a cuyos pies se sentaba a esperar el correo. Y caminé por los alrededores.

-Hizo usted un viaje literario.

-Por las iglesias de España. Literario y gastronómico, y paisajístico.

-Todo es cultura. ¿Y conoció usted a muchas personas? Quiero decir, ¿entabló conversación con alguien?

-Sí, en casi todos los viajes lo he hecho, tanto yendo solo como yendo acompañado. Aunque debo decirle que esto resulta cada vez más raro y complicado.

-Lo imagino: los trenes llevan televisores; los viajeros se sientan de espaldas unos a otros; se aíslan con sus auriculares; o viajamos con el coche particular, y ni en la gasolinera nos entretenemos en hablar con nadie.

-Sí, así es.

-¿Entonces?

-Quedan las pequeñas tiendas de los pueblos, los mercados, y algún que otro espontáneo en alguna olvidada plaza. Luego, el recuerdo magnifica un poco aquellas conversaciones, y con todo eso puede usted escribir un bonito relato.

-¿Y si no lo magnifica?

-Pues me tiene usted a mí leyendo Las fundaciones, de santa Teresa en un tren, camino de Ávila. Alguien, que ha subido en una estación lejana, se sienta frente a mí; era un tren antiguo, y me observa atentamente tras haber leído el título del libro. Se pone nervioso conforme pasan los minutos. Su nerviosismo se me contagia. Termino el libro, y entonces, el desconocido, un hombre de unos sesenta años, me interpela. Hace, en cuestión de segundos, un canto y alabanza de la derecha política española, que asocia con santa Teresa. Deduce, dado que la leo, que soy de derechas, y se felicita porque gente tan joven como yo pertenezca a su partido político y lea a la santa.

-¡Vaya con santa Teresa! ¿Y qué hizo usted?

-Nada: dejarlo hablar. ¿Para qué lo iba a desengañar, no le parece?

-Pues también tiene razón.

-De todas formas no es este el tipo de personas que me molesta en los viajes. Los personajes molestos son los guías; los que se empeñan en que Huelgas, así cuando visité dicho monasterio, proviene del latín, de holgare, disfrutar o vagar, y no dejan disfrutar al viajero de los claustros y las iglesias con la calma y la tranquilidad requerida.

-¡Ay, amigo! Vivimos en el siglo de las prisas. Y quizás mejor que recurrir a un guía sea hacerlo a alguien del pueblo. Al menos en estas personas no se da la pedantería.

-Eso es difícil, Azorín. Ahora esa gente del pueblo, que sabía historias, como el pastor que le cuenta a Bécquer la historia de la tía Casca, o la criada que tiene en el monasterio, que narra al poeta la historia de las brujas de Trasmoz, ha sido pretendidamente sustituida por los rimbombantes y necios “Centros de Interpretación”.

-Sí, me he enterado. Antes no viajaba nadie; y ahora viajar se ha convertido en parte del ritual del verano. El turismo es una importante fuente de ingresos, y apenas, en un villorrio perdido, se ha descubierto una piedra con una letra romana cuando comienzan a hacerse caminos hacia el yacimiento; a su lado se eleva una caseta, se ponen cuatro cartelones, y se trata de sacar dinero por no enseñar nada.

-Así sucede, efectivamente. Tal y como lo ha descrito usted. Esos son los traídos centros de interpretación.

-Y el abuso, traerá la cuenta.

-Yo, por mi parte, puedo decirle que no entro, después de la última experiencia, en un lugar cuyo nombre no quiero pronunciar, en ninguno de esos necios y rimbombantes centros de interpretación.

-¿Y se ha fijado usted, además, querido amigo, en la enorme cantidad de museos que tenemos últimamente?

-Sí; tenemos museos para todos los gustos, y de todos los pelajes: museo del vino, del café, del agua, del mar, de cachivaches del pueblo... de lo que usted quiera. Usted mismo lo ha dicho: el turismo es una fuente de ingresos.

-Pero si no lo miman, si le toman el pelo, dejará de existir.

-Esto es como todo, Azorín: hay que saber escoger; y no enfadarse mucho en caso de tomadura de pelo.

-Sí, tiene usted razón.

-En los viajes, por otra parte, influye, y mucho, la suerte: llegar a Silos en el momento justo que comienzan los cantos gregorianos; tener un excelente guía en la catedral de Sigüenza, y todavía me estremezco de pensar en el frío que pasé aquella tarde noche; presentarse en la catedral del Toledo justo cuando se está haciendo una magnífica exposición sobre los Reyes Católicos...

-Y olvidarse un poco de las cosas negativas.

-O tomárselas con humor. Yo, durante una época, estuve pensado en escribir un libro con todas las tonterías que les he oído a los guías de los diversos monumentos nacionales, entre ellas la de Huelgas, derivado de holgare. Luego, llegado a casa, la cosa no me pareció muy interesante y olvidé el proyecto.

-Pero siguió viajando.

-Sí, por supuesto. Y en uno de los viajes, seguí sus huellas por la ruta de don Quijote. Me asombró usted, no tanto por las impagables crónicas, una novedad en aquellos tiempos, como por las veinte horas de carro que tuvo que soportar para llegar a Puerto Lápice, o puerto Lápiche, como escribe usted.

-Sí, visto ahora en la lejanía, aquel viaje parece una locura.

-Fue usted un predecesor, un ejemplo a seguir.

-En aquellos tiempos, querido amigo, era joven.

-Y la juventud todo lo puede.

-Juventud, divino tesoro...

-Yo creo, Azorín, que se es joven mientras se viaja y se tienen ilusiones, aunque sean pocas. En este bendito país hay muchas cosas para ver, muchas, y algunas ilusiones, ya lo dice usted en La ruta de don Quijote: “Tal vez, sí, nuestro vivir, como el de don Alonso Quijano, el Bueno, es un combate inacabable, sin premio, por ideales que no veremos realizados.”

-¡Ah! No me cite. Yo soy un pobre hombre que, en los ratos de vanidad, quiere aparentar que sabe algo, pero que en realidad no sabe nada.

-Azorín, por favor, vuelva usted mañana.

-Lo intentaré, querido amigo, lo intentaré. Antes, como es perceptivo, tengo que seguir el ritual: beber la tonificante agua de nuestra fuente, límite y punto de partida de nuestras ansias.

-Beberé con usted y brindaremos por Bécquer.

-Y por su viaje a Veruela.

-Sea así.



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