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¿Y si Brod fuera Kafka?


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09/08/2012

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Hay individuos humildes, dúctiles y dóciles a los dictámenes del destino. Sumergidos en su propia mansedumbre, en su cómodo silencio, logran colocarse el antifaz para pasar desapercibidos.


Hoy me anima la ficción, el juego de la fantasía. La imaginación ha sido estimulada por elementos desconocidos, por ocultos caprichos del espíritu. La deformación de la realidad viene acompañada en ocasiones por el cansancio o la inspiración. No estoy seguro de cuál de los dos ha sido en este caso el estímulo. En ocasiones, me asaltan en los sueños o, en esas inesperadas ausencias de la vigilia, excéntricas situaciones, imposibles historias trabajadas por la magia.

La jornada había sido extenuante, densa de situaciones y escasa de realizaciones. La fantasía se aprestaba para posesionarse de su espacio en mi mente. Hechos conocidos, patentados y rubricados por la historia y por las crónicas se me han presentado quebrantados por las voces de fantasmas que claman desde la hondura de su anonimato y del silencio.

Corredores temporales y espaciales paralelos dejan paso a historias conocidas y dentro de sus ámbitos se han trastocado en imágenes alucinantes donde se entrecruzan luces y sombras, cimas y abismos.

Cierta insomne noche, decía, la lluvia golpeaba el cristal de mi ventana con creciente intensidad. Las ramas del arbusto ornamental del balcón se mecían como una lasciva odalisca sobre un escenario de hondura colosal. A través de las gotas dejadas por el chubasco, se deslizaba la luz de los relámpagos, creando una curva iridiscente que se anidaba en mis ojos.

Allí, atormentado por el forzado desvelo, pude escuchar el susurro del viento. Parecía decir, descubrí en medio del estupor, Kaffffkkkkaaaaa… Lento era el fraseo del aire, meticuloso su giro y los cristales lacerados por el empecinamiento del aguacero, crujían como hilachas secas.

Agudicé la atención y pude reconocer el enigmático apellido del escritor checo con los acentos de esa pesada y húmeda nocturnidad, en abierta complicidad con mi insomnio, mi hastío y la propia expresión de la naturaleza.

Miré por la ventana. Un destello continuo, cada dos segundos, anunciaba productos medicamentosos ofrecidos por una farmacia de turno. Sin embargo, al desviar la atención hacia el movimiento de la calle y los pocos vehículos que por allí transitaban, el ángulo de visión permitió un desorden óptico del que rescaté las palabras MAXIMILIAN BROS.

Entonces fue cuando asaltó mi mente la idea, vencido ya por el cansancio y la fatiga, la descabellada ocurrencia, en medio de la obnubilación y el desequilibrio del ánimo, que paso a referirles.

El hombre que para la historia fue Max Brod, amigo inseparable, cómplice y desobediente albacea literario de Franz Kafka, aparecía ante mí con todo el peso de una realidad lógica y coherente. El también escritor judío checo nacido en Praga en 1884, establecido en Palestina en 1939, se irguió en el escenario de mi desvarío afirmando ser el verdadero autor de La Metamorfosis, de El Castillo, de El Proceso.

Su rostro adquirió el matiz de lo tangible y se dibujó con lentitud pero con certeza. La frente alta, el pelo peinado hacia atrás, los ojos abúlicos y sorprendidos, los casi invisibles espejuelos, el denso y oscuro bigote sobre la línea fantasmal de los labios.

Vestido con cierta descuidada elegancia, arreglaba su corbata y sacudía la solapa del traje oscuro. Delgado, más bien flaco y con cierto aire de profesor distraído hizo una prolongada reverencia mientras yo me incorporaba y me quedaba estupefacto ante su aparición.

Luego de disculparse por la intromisión, dirigió su mirada hacia el letrero de neón anteriormente descrito. Sonrió. “Apuré el encuentro utilizando esa inesperada distorsión", dijo al señalar el anuncio. "He sabido de su incertidumbre (o acaso su sospecha) sobre mi papel en la vida de Kafka y he decidido contarle la verdad, pero con la condición de no ser divulgada, de no denigrar la memoria del amigo, del hermano”.

Me contó Max Brod que la obra literaria atribuida a Franz Kafka, en realidad había sido producto de un trabajo conjunto hasta cierto punto. Kafka, en las conversaciones, se acercaba a la iluminación, al éxtasis profético y él desarrollaba la trama, el argumento, tomando como base las tinieblas del universo burocrático, la alegoría y simbolismo de la cábala.

Brod aseguró haber escrito todo, hasta la última línea, hasta el último punto. Kafka era su amigo, a él le debía momentos de sosiego y alegría, de contemplación y piedad. “Kafka, dijo, era un hombre complejo, perseguido por una idea, por la carga familiar, por un mundo al que consideraba una bestia voraz. Yo era quien intuía más allá de sus miedos la verdadera esencia del problema humano y quería anunciar los tormentos y angustias que se aproximaban”.

“Sosteníamos extensos diálogos sobre temas trascendentales: Dios, la vida, la muerte, el sufrimiento, el miedo, la nada, el aislamiento y la soledad, pero a él le impulsaba un espíritu de autoaniquilación y para nada se entregaba a una tarea creativa como lo es la literatura. De sus palabras, de sus diálogos germinaban personajes y situaciones; de sus fobias surgieron esas extrañas criaturas a las que después intenté darles vida. Siempre me pareció ser un perseguido de si mismo y con esto en mente inventé El Proceso y a su protagonista, K. En La Metamorfosis traté de rescatar a Franz de sus miedos fóbicos por los bichos rastreros. A él le parecían espíritus humanos prisioneros en cuerpos repugnantes, condenados por antiguas culpas".

"Presentía su anticipado final en la disminución del volumen de sus palabras y cuando comenzó a manifestar los síntomas de la tuberculosis fue cuando decidí crearlo como personaje de esta ficción”.

Kafka era, en opinión de Brod, un hombre de magnánimo corazón, incapaz de obstaculizar el camino de nadie, pero un eficiente y tenaz saboteador de si mismo. Me manifestó este camarada que Franz no hubiera sido capaz de enfrentarse al reconocimiento público, de haber llevado adelante una obra literaria por no saber enfrentarse a si mismo y a la urdimbre de temores por él alimentada. Brod pensó en retribuirle esa lúcida amistad, esa incondicional compañía en los difíciles momentos vividos, consagrándole una obra eterna, inmortal y arquetípica, convertirlo en el verdadero creador de la obra.

“Una sombra gravitaba sobre Franz. El no se percataba de su vuelo, de su cercanía. Yo, primero la intuía, después pude verla con el inmenso vacío de su rostro y con sus manos cerradas, como empuñando cuchillos y lanzas. No pocas veces acudimos a reuniones donde sus ojos ardían como antorchas en las sombras, mientras la charla giraba en torno a asuntos elevados, ignorados por el vulgo”, me contó Brod.

Al indagar sobre el por qué prefirió vivir por siempre a la sombra de Kafka, si él, Max Brod, había imaginado todo ese sórdido mundo de penas y castigos, de tribunales y jueces, de culpas desconocidas, me respondió que nunca apuró la idea de desplazar a su amigo del sitial de la gloria porque era su compromiso.

“Yo escribí las obras y él no lo sabía y si lo sabía nada me decía al respecto. Poco antes de entrar en el sanatorio por última vez, le confesé lo que pensaba hacer con el trabajo de toda mi vida: publicarlo con su nombre. Kafka se enfureció y me pidió que quemará todo y le dejará desvanecerse para siempre del universo y de la historia. Me suplicó n someterle a la ignominia de ser recordado por algo que no hizo, aunque lo hubiese inspirado de alguna extraña manera. Le dije que sí, pero no cumplí. Así pude ser recíproco de su amistad, yo tan medroso y pusilánime. No he querido fama, ni celebridad, me conformo con ser su amigo y concederle la gloria”.

Esto me dijo Brod antes de desaparecer con las primeras luces del día y los ruidos de la calle mientras yo desgastaba esta fantasía en los hemisferios de mi cerebro. Ahora no sé si he soñado. A mi lado, sobre una mesita, se recostaba con plácida indiferencia uno de los tomos de los diarios de Kafka.



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