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Pablo Picasso, poeta


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08/08/2012


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Sobre la vida y obra de Pablo Picasso se han escrito muchas páginas. Tinta sobre el papel, palabras en la red de ondas hertzianas, imágenes sobre el celuloide han sostenido y reafirmado la fama y la leyenda. Ha sido el sublime artista, el sagrado pintor, el hombre irreverente, el poderoso seductor, el demonio salvaje en las sombras. Su portentoso genio creador revolucionó la pintura.


El cubismo surgió de su imaginación. En su cabeza hervía un calidoscopio de trazos que sus manos derramaron sobre el lienzo. Nada más para agregar sobre su espíritu creador, genio de la pintura, visionario, rebelde, poderoso, nada queda por escribir sobre este malagueño universal.

Pero lo que no sabíamos era que el pintor también escribió poesía. Hasta finales de la pasada década de los ochenta su obra poética era desconocida. Alguien los había dejado olvidados en un estante cubierto por una capa de polvo o tal vez colocado de manera casual entre otros textos en un lugar donde la luz llegaba cristalizada.

Hasta su madre era sorprendida por su talento. Le miraba con curiosidad y cómo preguntándose de qué rincón celeste habría llegado el hada que le depositó en su vientre.

“Me dicen que escribes. Te creo capaz de cualquier cosa. Si un día me dijeran: Pablo ha oficiado una misa, también lo creería”. Estas fueron sus palabras al conocer que también escribía.

Sus poemas son poco conocidos. Fueron publicados en Francia en 1989 y poca repercusión han tenido en la literatura. Su monumental obra pictórica es una sombra gigantesca y multiforme que impide ver el resplandor de sus versos.

Recopilados en un libro, los poemas, sin embargo pueden parecerse a sus cuadros. Una mezcla sorprendente de formas y colores, una exquisita simbiosis entre la fuerza y la lírica, un encuentro entre demonios fulgurantes.

Imaginamos a Picasso de pie ante la tela, cansado, con el rostro embetunado con pintura. Sobre la frente una aureola amarilla que emana un resplandor luciferino. Inconforme consigo mismo, lanza el pincel contra la pared.

Tal vez ha sido rechazado por una mujer ante sus poderosos avances de fauno en celo; posiblemente, insistió en consumar una entrega de estremecimientos y fuego y recibió un golpe de capa en el rostro.

Pero no solo ha de ser Eros quien motive reacciones tumultuosas en el artista, también la frustración por sentir el roce de la arena de la esterilidad, de la ausencia de la inspiración, de la proscripción de los númenes.

Está solo en su estudio. Nadie osa interrumpir al fastuoso arcángel encerrado en su burbuja, carcomido como está por las arañas del vacío. Siente en su pecho una sorda opresión y se deja caer sobre el sillón jaspeado por el arco iris de su paleta. Mira la araña suspendida del techo.

Pasan por su mente imágenes difusas de Los Grandes Bañistas, de la Mujer con Mantilla, de El Matador o de Guernica. Corren hacia un barranco y se lanzan al vacío. Un rayo desciende y les convierte en humo y en cenizas. Frente a él una infinita pantalla en blanco.

Toma una hoja y escribe. Casi poseído, sin detenerse, impulsado por una electricidad siniestra que hace incendiar sus ojos se introduce en la dimensión de las palabras. Hasta ahora las ha utilizado para seducir y para polemizar. Nunca antes el verbo le fue propicio para la catarsis o el llanto. La rugosa mano se desliza sobre el papel asiendo la pluma, como una criatura siniestra que arde.

Sí, es esta la razón, no una dama de hielo que le rechaza. Es un momento de crisis artística y personal. Dentro de su corazón una voz le dicta: “Deja la pintura, abandona ese arte”. Está dispuesto a lanzar todo por el balcón, a romperlo todo para desahogar esa fuerza oscura que se ha instalado en su espíritu y ha cegado sus ojos a los colores y las formas.

Compone poemas que no caben en ninguna casilla de clasificación. Podrían ser movimientos experimentales, juegos de palabras, escritura automática impulsada por una fuerza invisible, malabarismos fonéticos, prestidigitaciones verbales, cabriolas de sustantivos. Números son voces, notas musicales como insectos sobre un alambre, alusiones a la España bravía, a la patria levantada por las manos adoloridas de las masas, la cultura popular, la guerra fratricida.

Escribe Picasso en español y en francés. Camina sobre horizontes nevados y se acurruca en los huecos de raíces prominentes de árboles centenarios sacudidos por la tempestad.

Esto compone esa pluma que acaba de arrojar el pincel sobre la algarabía de las llamas del hogar:

“Espejo en tu marco de corcho, tirado al mar entre las olas, no ves sólo el relámpago, el cielo y las nubes, con tu boca abierta dispuesta a tragarse el sol, mas si un pájaro pasa y por un instante vive en tu mirada, al instante se queda sin ojos, caídos al mar, ciego y qué carcajadas, en ese preciso momento, brotan de las olas”.

“Si el enternecedor recuerdo del cristal roto en su ojo no diera la hora en las campanadas que perfuman el azul tan cansado de amar el vestido que susurra que lo envuelve el sol, puede en cualquier momento estallar en su mano, pero esconde las garras y se duerme en la sombra que proyecta la mantis religiosa mordisqueando una hostia, mas si la curva que agita la canción colgada en la punta del anzuelo, se enrosca y muerde en su centro, el cuchillo que la seduce y colorea el ramo de estrellas de mar grita su desamparo el pisto trágico del ballet de moscas sobre la cortina de llamas que hierven en el borde de la ventana.”


“Miserable piel de zapa abrazada al cuerpo roto de amor que sangra de tan oprimido bajo la corona de su nido de zarzas miserable recuerdo del olor a jazmín prendido en el fondo de su ojo tocando a rebato con todas las campanas al vuelo que muerde el cuello del arco iris la tempestad ha caído en la trampa peine espejo letra del alfabeto cómico gallete mano distancia color quitado de la lista de los mortales si la vida se cuece en la gran sala de fiestas con olor a col su cocido de esperanzas y le sonríe debajo de la mesa a la mentira, entonces todas las sillas sentadas en cerco se levantan y van a colgarse en las paredes de la oficina del director a la espera de que la ruleta acabe de lamer las horas que embarran las velas de su bello paraguas y oír el crujido que al romperse hace en mi pecho la varilla del timbre de su mirada de aroma de estrellas eléctricas aplastadas con el tacón”.

"La pintura es mas fuerte que yo, siempre consigue que haga lo que ella quiere"… PABLO PICASSO.





Etiquetas:   Poesía   ·   Pablo Picasso

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