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Borges Enamorado


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08/08/2012


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Entonces, Borges se sentó frente a la mujer. Su cuerpo descendía con lentitud sobre el sillón. Ella lo miraba con serenidad como si ante si tuviera un raro jarrón de porcelana con flores artificiales salpicado con bichos luminiscentes. Flotaba el aroma de las petunias arrimadas al abismo de la ventana. Un rayo de moribunda luz vespertina caía perpendicular sobre un capullo.


Templada tarde de mayo, el viento sopla en dirección este. Desde esa misma ventana adornada con búcaros y petunias, puede observarse el movimiento de los árboles. El ruido de la calle se desvanece en el piso inferior y llega moribundo hasta los oídos de Borges.

“Se acerca la noche con su carga de emociones y también con sus misterios y temores. La gente no es la misma cuando llegan las sombras. Todos cambiamos cuando oscurece. Sin embargo, yo sigo sintiendo el cerrojo frío entre mis manos, la clave de la nocturnidad siempre en mi mente, la ausencia en mis pupilas”.

Hábil en la simulación, la mujer hacía sentir al hombre una especie de corriente sideral debajo de su piel marchita. Algunas manchas sobre las manos le daban la certeza de que estaba ante un anciano octogenario y no ante el mágico escritor, no ante el heroico poeta.

La mujer aprovecha su ventaja sensorial. El escritor sentado frente a ella entrecruza los dedos sobre el puño del bastón. Habla despacio sin mucho énfasis, sin italianos acentos ni letras arrastradas. Cuando escucha coloca sus oídos en dirección a su interlocutora, mientras cierra baja los párpados en busca de una imagen, del color de unos ojos, de la curva de unos labios, de la sutileza de un gesto.

Ciego y tímido, Borges se sabe desgastado por el tiempo. Su rostro de antaño no era demasiado agraciado, él no lo ha olvidado. Más bien era rústico y terroso, con un gesto de asombro permanente. Desde hace muchos años se ha acostumbrado a estar en desventaja con los demás que sí pueden verle, mientras él tan solo se conformaba con las declinaciones de la voz, los acentos, las inflexiones y de vez en cuando el roce de un perfil o del declive de unos pómulos y unas mejillas.

Cuando sentía que la inseguridad comenzaba a vencerle, se posesionaba del bastón adormecido a su lado, recostado como un hombre muerto junto a una de sus piernas, en un breve espacio permitido por su cuerpo en la silla. Lo ubicaba exactamente frente a él y se aferraba a la empuñadura, un león o un lobo. Detrás se sentía a salvo, como si se asomara sobre una muralla inexpugnable.

Su rostro adquiría esa desviada atención que prestan los invidentes. Los ojos abiertos hacia un tejado invisible velados por la proverbial niebla amarilla. Para evitar la terrible necesidad de oscilar como un péndulo mientras conversaba, instalaba sus insensibles pupilas en un ángulo del techo donde alguna vez se balanceaba una araña.

Mientras tanto, la mujer se concentraba en interpretar el parpadeo tenue del hombre y la móvil, fugaz e insegura sonrisa. Las palabras parecían fluir de los labios del anciano escritor con algo de dificultad cuando sentía el olor del perfume de su pelo o cuando ella mencionaba su nombre. Podía sentirse la fuerte respiración como para distraerla en tanto buscaba las palabras y frases en un archivo donde la luz no podía llegar.

“… pero usted ha estado casada antes, así que no debe parecerle extraña una noche de ausencia entre dos personas que compartan la vida y la habitación”, dijo Borges ante una inaudible negativa de su interlocutora a reposar sobre el lecho en ropas íntimas, con delicados encajes, con sutil descuido junto a un hombre.

“Pues sí, dijo la mujer, en esos momentos uno descubre que todo ha terminado. Cuando no se perciben los movimientos ni los sonidos más delicados, ya no existe nada entre dos seres”.

Borges parece no haber escuchado del todo las frases. Le han llegado recortadas. No se da por enterado del esquivo movimiento de aquellos símbolos.

“Puedo decirle que en este momento percibo un efluvio de delicados aromas provenientes de usted. La noche pronto entrará por la ventana que no puedo ver, pero estoy seguro de que en el ángulo superior derecho, aparecerá el rostro de la primera estrella”.

La mujer movió instintivamente el rostro hacia la abertura. Un hilo de luz se desvanecía sobre el pétalo más elevado de las petunias. Borges se acomodó sobre su poltrona. Una pequeña arista de plata resplandeciente surgió en el ángulo descrito por el poeta.

“Sabe, estoy solo. No solo en esta casa, sino también aquí dentro”, dijo Borges llevando la mano derecha a su pecho. “Hace mucho quise a un mujer, pero tuve miedo. Mi corazón temblaba al escuchar su las sílabas de su nombre y al percibir su aroma. Pero se marchó para siempre. Lo he dicho en uno de mis cuentos, pero no lo he reconocido públicamente para evitar las lágrimas ante los demás”.

“Pero Borges, usted siempre ha tenido fama de ser un hombre frío, distante, demasiado inteligente para entender las faenas del cariño. Yo le he admirado por eso y por saber sobrellevar la oscuridad sin temor”.

Cuando la mujer terminó esta frase, Borges reactivó su memoria y se lanzó a la recuperación de aquella que inspiró a Beatriz Viterbo, nombre portentoso y justificación de El Aleph.

“Debo agradecerle que usted me visite, dijo el escritor, su compañía siempre me revitaliza. No obstante, sé que pronto entraré en la oscuridad total y eterna y allí no podrá seguirme porque su destino es otro, no este de servirme de compañía”.

“Pierda cuidado, Borges. Siempre podremos volvernos a encontrar en algún lugar del tiempo o del espacio. Allí tal vez podamos sentir lo que ahora no sentimos”.

El autor adivinaba la trampa que le ponían sus sentimientos y su soledad. Se sabía solo y la diaria compañía de la mujer le había devuelto algunos pasajes casi borrados por la neblina del tiempo, instantes de soberbia y galantería, pero también de temores a la caducidad y las rupturas.

Como si tuviese una deuda con espíritus ignotos que le acosaban, intentaba abrazar una causa sentimental con el menor de los cuidados, libre y sin perspectivas. El cielo abierto sobre la ciudad descendía sobre los rincones donde habitaban las urnas silenciosas del caos, quebradizas, de cristal.

Al sonar la primera campanada de las nueve de la noche, la mujer se despidió. Borges le tomó las manos sin mucha esperanza. Ella se alejó, él escuchó sus pasos hasta la puerta, luego el golpe seco de la lámina sobre el recuadro. Los pasos bajaron la escalera sin prisa. El escritor los oía desvanecerse.

“Usted también tiene miedo, mi amiga, pero ya no nos volveremos a ver. Moriré pronto, así podré amarla sin ningún temor”. Borges cerró los ojos.





Etiquetas:   Escritores   ·   Jorge Luis Borges

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