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La Música de Da Vinci


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08/08/2012


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Leonardo Da Vinci mira detenidamente el cuadro que pinta. Es la llamada Última Cena. Los personajes se encuentran dispuestos en un orden particular. Cada uno tiene una misión que deberá permanecer secreta. Alguien en el futuro tendrá que descifrar los códigos allí expuestos bajo ambiguas formas.


El genio ha soñado con la obra completa. El trabajo que haya de conjugar en una sola superficie todo su arte, toda su ciencia. Se sabe deudor con la posteridad, se reconoce alguien con estrella, pero para satisfacer las necesidades de su numen debe ser cauteloso, debe tomar precauciones de que los profanos, los sacrílegos ignorantes manchen con sus huellas la sutil disposición de su inteligencia para el secreto.

El pincel ha dado el último trazo. Pero Leonardo intuye la ausencia de un elemento trascendente. Hay luz, colores, formas. Las expresiones sobrecogen el ánimo del observador. Existe profundidad psicológica, poesía, religión.

Se separa unos pasos de la tela. Ha colocado lámparas en todos los ángulos posibles para ver las diferencias que ocasiona la iluminación sobre el cuadro. Localiza una leve imperfección en uno de los dedos de Pedro. Judas es soberbio y cruel. Pero Juan esconde una clave. Así ha de quedar para el futuro ávido de arcanos y de darle matices a las sombras.

Da Vinci repara los deslices. La escena es perfecta. El Cristo conoce ya su destino y la forma en que ha de morir. Leonardo ha dejado debajo de los ropones y de los rostros angustiados, la esencia de todo su arte.

Se aproxima con cuidado y su mirada recorre la superficie del cuadro de derecha a izquierda. Es la llamada técnica del espejo. Unas delicadas e imperceptibles líneas recorren el lienzo. Mira las manos de los apóstoles, los pedazos de pan. Algo hay allí…

Varios siglos después, un experto en informática italiano afirma haber descubierto lo que aquella noche vio Leonardo al dar los últimos retoques a su celebérrimo cuadro.

Igual que el mayor artista del Renacimiento, este especialista se pasó contemplando la superficie de la pintura. También reparó en los matices, en los declives de la ropa, en la nervadura de las manos, en las ondas de los cabellos, en la extensión de la mesa.

La curiosidad impulsó a Giovanni María Pala a redoblar esfuerzos por encontrar el verdadero código de Da Vinci. Para él no eran solo conspiraciones para hacer desaparecer del alcance de la mirada profana, el auténtico sentido de la misión del Cristo.

Analizó cada milímetro, la tela fue minuciosamente explorada. Los signos utilizados por el Maestro Leonardo configuraban un siniestro mapa de sucesos, un enrejado de silencios y la simetría de los jeroglíficos que permitirían a su mensaje traspasar la barrera del tiempo.

Con potentes lentes iluminados, Pala descubrió unas líneas horizontales que se repetían de forma descendente. Era una especie de orden simétrico sin sentido si no se lograba encontrar la conexión con las figuras representadas.

Líneas paralelas, rayas, surcos, rutas, direcciones, caminos… especuló el experto. ¿Qué estructura acoge estos cuadrantes? En ese momento llegó la respuesta.

Una canción se escuchaba en la habitación contigua. Los acordes llegaban a Giovanni María Pala con claridad. Entonces fue cuando recordó el origen del sonido musical. Plasmado sobre un pentagrama esperaba la ejecución del intérprete.

Corrió hacia el cuadro. Se dio cuenta de que las manos y los panes estaban ubicados en los diferentes rangos del campo acompasado. Encontró armonía a los símbolos que le iban desgranando una melodía.

Al finalizar la lectura que duró unos cuarenta segundos, se había imaginado el eco de un réquiem, concluyó Pala.

La idea se expandió entre los estudiosos, quienes consideraron que la teoría de Pala tenía algo de sentido, toda vez que Leonardo aparte de pintor, arquitecto, inventor, poeta y matemático, había sido músico. No era descabellado entonces, imaginar que el divino Leonardo hubiese querido acompañar la escena de La Última Cena con arpegios dignos de su majestad.

En una entrevista, el experto indicó que las notas encontradas en el cuadro cobran sentido si son leídas de derecha a izquierda, lo que es concordante con la forma de escritura de Leonardo Da Vinci, que escribía sus textos en esa forma, además de ser zurdo.

Leonardo Da Vinci quiso elaborar una expresión artística completa. Para ella era digno un homenaje musical. El resultado fue un himno a Dios de 40 segundos. Es una banda sonora que le da fuerza, que le otorga energía a la Pasión.

Algunos no se han dejado convencer porque dicen que el entusiasmo puede hacer ver cosas que no están allí. Sin embargo, han reconocido que los espacios de la pintura han sido divididos de manera armónica y en ellos puede encontrarse música.

"Mientras pensaba que estaba aprendiendo a vivir, he aprendido cómo morir"...LEONARDO DA VINCI





Etiquetas:   Pintura   ·   Leonardo Da Vinci

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