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Un romántico paseo


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04/08/2012

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UN ROMÁNTICO PASEO


(Otra forma de viajar)





Vicente Adelantado Soriano





Ya que teníamos que pasar por la muy noble y coronada villa de Madrid, camino de uno de nuestros destinos veraniegos, no quisimos desaprovechar la oportunidad: si llegábamos a buena hora, visitaríamos el Museo del Romanticismo, y comeríamos en algún bar de la zona. Llegamos con tiempo suficiente, y pudimos visitar el Museo. Era domingo y había bastante gente, cámara en ristre, cómo no.

Me llamó la atención, nada más entrar en el Museo y encararme con un óleo de Isabel II, lo mal ubicados e iluminados que están los cuadros: unos excesivamente altos, otros hay que verlos al bies para evitar los reflejos, y casi todos en posición bastante incómoda. Imagino que el problema del Museo es la falta de espacio o la sobra de material, pues colocar un cuadro cerca del techo es invalidarlo. Aun así, y pese a todo, pudimos disfrutar viendo a todos aquellos personajillos que forman parte de nuestra historia: a Isabel II, a su impresentable marido, Francisco de Asís, o al padre de Isabel, Fernando VII, rey de triste y fúnebre memoria. No falta el cuadro de Bécquer en su lecho de muerte, o varias acuarelas de su hermano Valeriano. Ni las conocidas sátiras en contra del suicidio romántico. Lo más divertido, creo, que se escribió contra aquella moda fue el artículo de Mesonero Romanos, El romanticismo y los románticos.

Moviéndonos por las salas del Museo, excesivamente abarrotado, volví a percatarme, una vez más, de la vacuidad de los tópicos: no es cierto que una imagen valga más que mil palabras, pues al ver aquellos cuadros muchos de ellos tomaron vida, o tuvieron sentido, porque tras ellos estaban mis lecturas de los Episodios nacionales, de don Benito Pérez Galdós, o de libros sobre la Historia de España. Esos recuerdos de lecturas, y conocimientos, animaron a aquellas pinturas que tan poco me dijeron la primera vez que las vi.

Tal vez sea posible, como decía don Miguel de Unamuno, que el racismo se cure viajando, como también es posible que se cure esa enfermedad relativamente nueva, aunque ya existiera en la Alta Edad Media, el espíritu de campanario o el nacionalismo, visitando otros lugares y ámbitos. En el Museo estaban representadas buena parte de las frustraciones del país, algo que no es para enorgullecerse: una reina desgraciada, utilizada por unos y otros, casada con un señor que la noche de bodas llevaba más puntillas en su camisón que había en el de la propia reina. Un rey, Fernando VII, empeñado en vivir en el pasado, y toda una corte de intrigantes y malas personas que todavía hoy, al cabo de tantos años, su sola visión produce verdadero dolor. El siglo XIX español fue un siglo de una inusitada violencia: guerra de Independencia, represión de Fernando VII, Década Ominosa, asesinato de frailes, atentados, ejecuciones sumarias, y guerras carlistas. Tuvimos de todo, menos paz, progreso y tranquilidad.

En el Museo del Romanticismo resulta imprescindible haber leído al autor que más ataca al romanticismo: Benito Pérez Galdós y sus Episodios nacionales.

Los intentos de vuelta atrás, como deseaba el rey Felón cuando volvió a ocupar el trono, siempre son peligrosos, y siempre terminan mal. Fernando VII debería haber viajado, pero debería haberlo hecho solo, sin pajes ni ayudas de cámara, y observando lo que iba apareciendo a su alrededor. Viajar es todo un arte. Y para hacerlo hay que saber mirar, ver, contemplar y escuchar, y no la televisión o la radio cuando se va con el coche de un lugar a otro. Hay que potenciar la imaginación y hay que saber ponerse en el lugar del otro, aunque sea durante unas décimas de segundo. De lo contrario no vale la pena moverse de casa.

A las pocas horas de haber salido del Museo del Romanticismo estábamos paseando por un pueblecito tranquilo y encantador, a escasos cien kilómetros de Madrid, pero sin bullicio ni gente. Es un pueblecito que no tiene nada especial, salvo que lo han reconstruido con buen gusto, y lo han hecho muy confortable. Los alrededores de dicho pueblo, La Hiruela, son una verdadera maravilla.

Los caminos para visitar esos alrededores arrancan casi del centro del pueblo. Dichos caminos no tienen desperdicio: se puede caminar por ellos, durante largo tiempo, cubierto por la sombra de enormes robles y castaños. Los caminos, sumidos en un maravilloso silencio, llevan al molino harinero, a la carbonera, al colmenar y al lavadero. Visitando estos lugares todavía se puede apreciar el enorme trabajo que realizaban nuestros antepasados. Surgen recuerdos de las Bucólicas y de la bella película de Montxo Armendáriz, Tasio.

Y surge la inevitable añoranza junto con el desesperado intento por salir de esta crisis que arrastramos. Pero no, no hay que equivocarse: aquellas formas de vida, molinero, carbonero, colmenero... están periclitadas; y difícilmente se podrán recuperar a no ser que volvamos a comenzar de nuevo. No es lo mismo apretar un botón y dejar que haga la faena una lavadora que caminar durante quince o veinte minutos en busca del lavadero, y lavar a mano, sea verano o invierno.

-Antes -nos dijeron unos vecinos con los que coincidimos de regreso al pueblo- todo esto eran huertas cuidadas como esa -y señalaron un pedazo de tierra trabajado-. Pero ahora todo está descuidado y abandonado.

Sí, muchas personas nos hemos ido de los pueblos. Y a muchos nos queda un retazo de añoranza. Pero es una añoranza engañosa: tal vez algunos vuelvan a su viejo pueblo, pero lo hacen para descansar, para morir, con los hijos ya criados y educados, y realizando algún trabajo en la ciudad.

-Ahora si lo cosa sigue así -nos dice uno de nuestros acompañantes con sonrisa de incredulidad- igual vuelven todos. Aquí, por lo menos, algunos tienen tierras y las pueden trabajar.

Eso supondría, pensé yo, volver a la economía de subsistencia, fórmula que no está mal si uno no tiene hijos. Y vuelve a surgir el recuerdo de Tasio, del carbonero que pasa la vida solo, sin salir de su pueblo. Su hija, sin embargo, se va a la ciudad, como nos hemos ido yendo todos.

Paseando por aquellos caminos, la memoria nos trae el recuerdo de algunos cuadros del Museo del Romanticismo. El lujo de los reyes y los nobles aparece agrandado por la distancia. Aquí, en La Hiruela, no tendrían cabida esas cosas en el siglo XIX, ni tampoco en el XX.

-¿Y cómo hemos llegado a esta situación de bancarrota? -nos pregunta uno de los vecinos.

-No lo sé -respondí con pocas ganas de hablar. Y se me ocurrió, al mismo tiempo, una idea que, luego, deseché: fundar un Museo de la Corrupción. Si el del Romanticismo se les ha quedado pequeño, en el otro, poniendo fotografías y cuadros, eventos y estafas, concesiones y contratos, no tendríamos suficiente ni con cuatro espacios como el del Museo del Prado.

Me entró una tristeza tan profunda, tan enorme que, una vez más, volví a admirar a los griegos por la creación de sus mitos. Cuando no se puede nada contra las circunstancias, para que estas nada puedan contra uno, no queda sino el olvido. El río Leteo.

-Porque la corrupción -como nos dijo otro interlocutor durante este viaje- no ha desaparecido. Está, como mucho, agazapada. Pero volverá, y lo hará, con toda seguridad, con más fuerza, con renovado vigor.

Y vuelve a la mente el óleo de Isabel II, el recuerdo de su madre María Cristina y de su morganático marido Agustín Muñoz. Entre ambos esquilmaron el país, y no se lo llevaron en la maleta porque no les cabía. Eso sí, la reina Isabel II, como es sabido, tuvo el rasgo de regalarle a España lo que era de España. A veces parece que por esta, como decía don Miguel de Unamuno, no pasan los años, ni los siglos.

Hay, sin embargo, una notable diferencia, vuelve el recuerdo de Bécquer en su lecho de muerte, entre la forma de vida de las chicas de Añón, descrita en Desde mi celda, y la de ahora. Y la bruja de Trasmoz se ha convertido, en el pueblo, en una tienda tan fea como antipática y carente de sentido. Son más bellas, muchísmo más, las colmenas de La Hiruela, la carbonera y sus maravillosos caminos. Al dejarlos, con pena, hicimos la promesa de volver. Y a ser posible en invierno.





Etiquetas:   Corrupción   ·   Viajes

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