. No se encarga de estudiar cómo fueron, son y serán. De
ello se encarga la ciencia política. Es obvia su vinculación con la ética al
preguntarse sobre las formas adecuadas para lograr la forma de vida mejorada,
sobre la legitimidad y limitación del poder y sobre los deberes y derechos. Hay
una vecindad con la sociología del conocimiento, de manera que algunos hablan
de una sociología de la filosofía.
La sociología del conocimiento nació porque se daba
por sentada la relación esencial entre pensamiento y sociedad. Temas políticos
y filosóficos entremezclados están ya en Lao Tse o en el profeta Isaías. La
cultura griega es prolija para estos ejemplos. Al fin y al cabo hablar sobre la
Polis era un método de decir y escuchar lenguajes. El discurso filosófico sobre
la política tiene un ejemplo en La República de Platón. Si la oratoria
“propiamente” política es sometida a una mirada incisiva vemos de inmediato su
aspecto filosófico. Quizás podamos recurrir a una expresión un tanto extraña,
como asegurar que la filosofía se encuentra en una discusión política de plaza.
Grecia tenía dentro de sí el impulso crítico que le permitía revisar las
concepciones sociales. O el uso de la tragedia como expresión de las aporías de
la ciudad. O los historiadores en la búsqueda de una explicación para el obrar
humano. O más acá la lectura de Shakespeare, quién podría ahorrarle a
Maquiavelo el título de filósofo de la política, aunque algunos prefieran llamarlo
el fundador de las Ciencias Políticas.
Norberto Bobbio en Teoría General de la
Política es prolijo es explicar y definir ciencia política y filosofía
política. A la primera asocia metodología de las ciencias empíricas y a la
segunda la construcción de un modelo de Estado fundado en un postulado ético,
la búsqueda del fundamento último del poder, la determinación del concepto de
política y el discurso crítico sobre premisas de verdad que buscan la teoría de
la óptima república. En cualquier caso incluye a El Príncipe como
obra referente en la historia de las ideas políticas junto a Utopia de
Tomás Moro y Leviatan de Hobbes.
Pero lo que nos interesa no es una calificación de
Maquiavelo sino interrogarnos sobre el porqué el abandono actual de las ideas
en el campo de la política y Bobbio nos es útil cuando señala las tres
preguntas filosóficas básicas: ¿Qué me cabe esperar?, ¿Cómo debo de actuar?,
¿Qué puedo saber? Quizás estas sean exactamente las tres preguntas que el
hombre contemporáneo no se está haciendo sobre la política y por ello no genera
ideas y se hunde en el estancamiento político mientras genera innovaciones en
el campo de la ciencia. Dos veces hemos mencionado política en el párrafo
anterior en una repetición intencional. Así, porque entramos de inmediato en
otro territorio que es el de la presencia constante de pensadores políticos, el
de una población humana en cuyas formas de organización social no se refleja
ese pensamiento y en el de unos gobernantes que siguen actuando con viejas
fórmulas y ancianos conceptos.
Se han preguntado sobre la libertad y la han
calificado en negativa y positiva (Isaiah Berlin), han definido a sus ensayos
de metapoética como filosofía política (Felix Oppenheim) o han llamado a la filosofía política norteamericana como decadente por
carecer de ideales (Leo Strauss). Cito al azar, sin pretender hacer un listado
que resultaría interminable. Lo que quiero significar es que no ha faltado
quien se interrogue y ofrezca sus respuestas. En medio de la actual crisis de
transición el pensamiento es rechazado y los políticos no ejercen lo político,
no recurren a la forma de conocimiento superior que permita hacer inteligible
la realidad política. Tal vez el quid se encuentre en una racionalización
efectista de la práctica política y en una consecuencia de la llamada muerte de
las ideologías, sin darse cuenta que lo que esto último implica no es el abandono
de un corpus de ideas sino una libertad adicional para
afrontar los problemas concretos sin tapaojos.
El debate sobre el tema no es nuevo. Se sitúa en los
años 50 (the decline of political theory) y son pensadores anglosajones quienes
lo inician. De 1965 a 1975 se habla de la “década del desencanto”. Todo esto es
cierto, pero está centrada la discusión en contradicciones metodológicas y
conceptuales al interno mismo de la filosofía política hasta el punto de
haberse oído de su muerte. Luego se habla de su renacimiento, entre mediados de
los setenta y ochenta.
En apoyo a mis constantes exigencias de un pragmatismo
con ideas, hoy se acepta que resulta imposible establecer previsiones de tipo
nomológico-deductivo y ni siquiera regularidades de larga duración en el camino
de la política. Y muchos menos son susceptibles de verificación, medición o
cuantificación. Todo conocimiento político a ofrecerse lo he definido, también
hasta el cansancio, como una interrogación ilimitada. Para medirse con la
creciente complejidad de las exigencias de la política de esta etapa de
transición habría que usar la expresión del filósofo vienés Otto Neurath (Philosophical
Papers) sobre la nave en situación de circularidad, que habla
de cómo los marineros se empeñan en reparar la nave en mar abierto,
sosteniéndose sobre viejas estructuras e imposibilitados de llevarla al muelle
para proceder a reconstruirla.
Por lo demás, el tema central sigue siendo la
democracia, en los principios que la han sostenido hasta ahora y en los nuevos
de las cuales hay que dotarla, entre los cuales, como hemos visto, asoma como
primordial la activae civitatis.