Susurros de abuelo

He sido abuelo. Como todos los recién nacidos, el nuevo regalo de Dios a la vida es una linda niña, diminuta y frágil, silenciosa y sonriente, dormilona y serena. Con suave tacto he acariciado su fresca piel, fina, suave, aterciopelada, como la de todos los bebés, pero en este caso un tanto especial, tiene sabor a nieta. Aún no he podido captar el color de sus achinados ojos, pero los intuyo hermosos, claros, de mirada alegre. Sus padres, Sergio e Isabel, ya lo han decidido. Su hija primogénita se llama Estela.

 

. Como todos los recién nacidos, el nuevo regalo de Dios a la vida es una linda niña, diminuta y frágil, silenciosa y sonriente, dormilona y serena. Con suave tacto he acariciado su fresca piel, fina, suave, aterciopelada, como la de todos los bebés, pero en este caso un tanto especial, tiene sabor a nieta. Aún no he podido captar el color de sus achinados ojos, pero los intuyo hermosos, claros, de mirada alegre. Sus padres, Sergio e Isabel, ya lo han decidido. Su hija primogénita se llama Estela.

Es la tercera vez que vivo el evento, tengo otros dos, Celia y Sergio, extraordinarios en belleza y talento, por lo que me considero abuelo veterano y afortunado. Precisamente por esta circunstancia, la ilusión del acontecimiento no me ha creado chochera. Es fase que tengo superada. Pero ello no impide que me sienta agraciado por el acontecimiento, que proclame mi alegría por la buena nueva y, especialmente, que centre mi interés en el hoy y en el mañana de la nueva estrella de la familia.

He recreado un poco de tiempo en contemplar las carimoñas gesticulares de Estela dormitando. La he visto sonreír con timidez mientras estiraba de sus diminutos brazos la pereza. He captado su candidez, su fragilidad, su inocencia. También he comprobado, como hace el resto de bebés, el genio y la bravura que gasta cuando tiene gazuza, se siente incómoda o el pañal está saturado. Todos, de pequeños, somos seres egocéntricos y egoístas que únicamente pensamos en nosotros mismos.

Susurros

En esos instantes de contemplación y de silencio, he dado la bienvenida a Estela con susurros. La he dicho que me alegra mucho que esté con nosotros. Que haya decidido abandonar el mundo de las tinieblas para descubrir uno nuevo. He querido que sepa qué, efectivamente, no ha llegado con ningún pan bajo el brazo pero, en cambio, ha colmado de felicidad los hogares paternos y familiares. Tampoco la he querido camuflar realidades, por eso la he advertido con leve susurro que no ha elegido el mejor momento para madurar en la nueva vida. Que aquí, en España y en este mundo que nos toca soportar, las cosas no tienen la misma serenidad que el mundo del que procede. Aquí están más complicadas. Las dificultades agobian el presente y ponen distancias inciertas al bienestar del futuro.

Con susurro cariñoso también la he dicho que muy bien por llegar, pero que quizá hubiera sido menos comprometido esperar un rato hasta ver si esto mejora y, mientras tanto, haber continuado disfrutando del misterioso espacio de las tinieblas. En otro de los susurros he querido aleccionarla de que las cosas de este mundo no tienen buen aspecto, que cada vez están peor, y que la culpa de todo la tenemos nosotros, los humanos, que con nuestras fobias, befas, envidias y maldades alteramos y pervertimos la serenidad natural del mundo. Son muchos los susurros que la he de entonar, pero tiempo habrá. En esta primera y breve bienvenida el susurro final le he centrado en aconsejarla que deberá de esforzarse y madurar con talento. Que ha de ser prudente, respetuosa, caritativa, responsable, vigorosa, sincera, honrada, fuerte, cariñosa y, especialmente, humilde.

La llegada de Estela ha sido recibida en todo el entorno familiar con honores de fiesta. Se ha cumplido otro gran deseo de vida.

Bienvenida.

UNETE



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