. Una locura creativa, en realidad, es lo
que acontece en muchas obras de este autor, sean escritas o musicales. De
hecho, además de su enorme personalidad, en el estilo de Vian influye por
supuesto la corriente surrealista del momento en que vivió (muy probablemente
su mente fuera un caldo de cultivo de la amalgama argumental a la que nos tienen
acostumbrados sus obras literarias).
En este caso, una trepidante historia (“Trouble
dans les andains”, en francés), escrita también a la misma velocidad con
que transcurre, con otra similitud: la carga de surrealismo de la historia,
absolutamente fantasiosa, queda recogida en una narración que es igual de
fantasiosa. Los gags del autor en pasajes narrativos más fríos nos sacan del
ensimismamiento para esbozar una sonrisa o, mejor, una carcajada ante lo
insólito, algo que me ha recordado algunas escenas de Goodfellas, de Martin Scorsese, que rayan lo paródico.
Los personajes, imagínenlos, estrafalarios a
pesar de su alta cuna en algunos casos. Aunque hay de todo, desde el impúdico y
lúbrico Serafinio Alvaraide, amigo del conde Adelfín de Belfulano, al mayor
Loostiló (que nos parece el más cuerdo de todos, pero es pura metáfora), psando por Antioquío
Timbratimbres, el mayordomo Delnudo o el inca Popotepec. En fin, una
retahíla de seres inventados absolutamente alocados, inmersos en una
disparatada historia sobre el absurdo de una persecución en busca de una piedra
brillante (el barbarón bífido).
La obra rezuma frases antológicas por su absurdo,
repartiendo humor prácticamente en cada página. Ejemplos de ellos son: “…gotas
hialinas en las axilas de las damas” (refiriéndose al sudor de las mujeres), “…es
una gaita olvidada en la Tierra por un súcubo prendado de una estrella”
(palabras de Serafinio a propósito de la baronesa de Cantorina), “todos los
biólogos convienen en reconocer la precisión de sus observaciones, excepto
aquellos que disienten de él, que son legión” o “se oía el balido de las abejas
en los corrales y el zumbido de las ovejas en los panales, o quizá era al
revés”. Como esta última hay muchísimas, que son las mejores, sin lugar a
dudas, donde Vian crea un dilema en una idea y su contrapuesta: es la maestría del
absurdo.
En definitiva, Boris Vian juega con nosotros, aunque sin malicia: disfruta
escribiendo un relato audaz, jugando también descaradamente con James Joyce y Jean Rostand, hasta con
Platón o la geografía y la música. Pero quizá este juego no es tal en su
privilegiada cabeza, de donde ha salido este excéntrico manuscrito.