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Debo confesar ante todo que la imagen que yo tengo de las llamadas
"izquierdas" en México es sumamente mala y prácticamente no deja títere
con cabeza. Para hablar clarito, sin tapujos, los observo y percibo como una
bola de "tribus" parias que deambulan, principalmente por la Ciudad
de México, en busca de cualquier beneficio político o económico que puedan
engullirse de froma rápida, segura y sobre todo, impune. Todo puede ser, desde
usufructuar la instalación de mercados sobre ruedas, controlar taxis y micros,
vender espacios en la vía pública para puestos ambulantes, vender, a precios de
oro off course, pipas de agua en las zonas más necesitadas de
Iztapalapa, invadir, y por supuesto, regentear, predios y propiedades diversas
y sacar ganancias de cuanta actividad, legal o no, de la vida del ciudadano.
Por supuesto, frenar, a como de lugar, cualquier atisbo o sombra de acuerdo
legislativo a cualquier nivel, sin importar temas, alcances, importancia o
incluso urgencia para el país. En resumidas cuentas, los veo como una bola de
bárbaros primitivos, simples aves de rapiña, ajenas a cualquier raciocinio,
sentimiento o situación ligeramete parecida en espera de que alguien se muera
para comenzar a roer sus restos. Lo peor de este desolador cuadro es que no
solo son las dirigencias partidistas, sino sus bases, la gente común de a pie,
sus muy numerosos militantes, seguidores y simpatizantes los que en su gran
mayoría, con contadísimas y muy valiosas excepciones, las que se comportan así.
¿Las causas?
En lo que a sus dirigencias concierne, simple ambición política y
económica fatalmente mezcladas con oportunismo, falta de capacidad profesional,
política, intelectual, administrativa y por supuesto, moral y ética. Un
discurso y actitud paternalistas y mesiánicos, creyéndose una suerte desde
"Chucho el roto", "El Zorro" hasta "Benito
Juárez" (menudo idolito) o "Tata Lázaro". Y es que resulta muy
fácil y rentable, tanto en lo político, decirle al pueblo: "yo te
doy", es algo que a nuestro pueblo le encanta que le digan, ya sea en una
estación de radio, en un concurso de "baila por un sueño", una
promoción de refresco de Cola o un Baile de Quinceañeras en la plancha del
Zócalo capitalino. Todo esto sin el menor asomo de tener un proyecto político,
económico, social y cultural. !No! Nada de esto, el clientelismo político
electoral, junto con las descomunales ganancias económicas que este genera, son
los motores sobre los que descansa su actuar cotidiano. !Bueno! ¿Las bases? Es
aquí donde veo el mayor problema, donde mi desaliento y tristeza tocan fondo
porque las bases de nuestras izquierdas parecen estar muy contentas y
complacidas con el diario actuar de sus dirigentes, los apoyan y defienden a
capa y espada, con singular entusismo y hasta agresividad (basta con echarles
un vistazo a los mensajes de twitter que publican y observar la agresividad y
extrema majadería que contienen). ¿Por qué? Ya lo hemos dicho, porque les
encanta la pasiva y comodina idea de limitarse a estirar la mano para que les
den y de sentirse víctimas de algún "compló" trasmado e instrumentado
por agún expresidente orejón y pelón, por un "chupacabras". Eso es
mil veces preferible que hacerse cargo de sí mismos y de sus acciones o falta
de ellas, en pocas palabras, de huír de la responsabilidad individual y
colectiva. Total que entre las dirigencias y las bases parecen haberse juntado
"el hambre" y "las ganas de comer".
Mi ilusión.
Mi ilusión, mi gran sueño guajiro, es, en primerísimo lugar, que las
bases de las llamadas izquierdad mexicanas cobraran una genuina conciencia, que
dejaran de ver "complós" a diestra y siniestra para hacerse cargo de
sus propias circunstancias y con ello de sus destinos, tanto individuales como
colectivos. Que abandonaran, de una buena vez, y para siempre, la paralizante
idea de que "papi gobierno" tiene que proveer y que "yo nací
para estirar la mano y exigir".
!Híjole! Qué sueño tan perturbador, tan amenzante y tan verdaderamete
revolucionario, eso sí que generaría un cambio muy profundo, desde lo más hondo
de nuestras conciencias tanto individuales como de grupo, y sobre todo, tan
atemorizante, tanto para quienes debemos de cambiar, como para los que acusarían
semejante cambio, es decir, los gobernantes y las élites del poder político y
económico. Eso sí que asusta hasta el más pintado. ¿Y de los líderes y
dirigencias de izquierda? !Bueno! Aquí el asunto se pone verdaderamente
peliagudo: Que regresaran a sus orígenes, a sus fuentes primarias de
inspiración y razón de ser con La Revolución Francesa y se acordaran de que ser
"progresista" no es simplemente salir a tomar "El Paseo de la
Reforma" para apoyar "el orgullo gay", "el derecho al
aborto" (aunque no les guste llamarlo así, eso es final y fatalmente),
"salir a pasear en bicicletas amarillas" y qué se yo cuántas ñoñerías
populistas más que esas. Que El Progresismo" significa fundamentalmente
buscar el progreso y el cambio social. Permítaseme repetirlo por favor, es que
lo considero muy importante y no quiero que lo dejen de lado: Progresismo
significa buscar el progreso y el cambio social, así simple el enunciado y así
de difícil llevarlo a cabo. También que ser progresita tampoco significa
oponerse sistemática, torpe, enérgica y miopemente a cualquier reforma que el
país requiera, sino por el contrario, recurrir al "reformismo" que le
dió las bases y que busca, por encima de todo, poner la economía al servicio de
la humanidad, y eso también significa buscar las reformas políticas y
económicas que provoquen un mayor crecimiento económico de sus instituciones y
por supuesto, de sus ciudadanos. Llegados a este punto, es vital recordar a
John Stuart Mil, ser liberal significa buscar la igualdad social, y aquí yo
acoto, no el enfrentamiento ciego y feróz que promueve, por abajo y por arriba
del agua, el señor AMLO cada vez que pierde las elecciones presidenciales. !Sí!
Mi estimado e hipotético lector, eso es lo que yo esperaría de las izquierdas
mexicanas.