El crecimiento y desarrollo de México

A pasar de que México ha logrado reducir sustancialmente la inflación, fincar finanzas públicas sanas, y estabilizar la economía después de la crisis financiera de 1995, el crecimiento económico ha sido mediocre e inestable, y la pobreza y la desigualdad del ingreso, en consecuencia, no han sido reducidos significativamente.

 

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Las políticas públicas con orientación neoliberal ha arrojado resultados contrastantes. Por un lado, el supuesto teórico que señala que el libre mercado conduce a una asignación eficiente de los recursos en una economía competitiva y eficiente en el sentido de Pareto (situación en la cual no es posible beneficiar a más individuos sin perjudicar a otros), es una utopía, en la práctica el libre mercado ha fracasado en sus funciones de asignación. El ineficaz papel del Estado, la ineficiente asignación del capital, un engranaje institucional disfuncional, la falta de incentivos, y la alteración cualitativa de la función orgánica del sistema político han impedido que la economía Mexicana logre un alto crecimiento económico sostenido para reducir la pobreza y la desigualdad del ingreso.

Por otro lado, sin embargo, las reformas estructurales lograron exitosamente el objetivo establecido de la estabilidad financiera interna. No obstante, ésta ha demostrado ser insuficiente para enfrentar los desafíos que obstaculizan el desarrollo nacional como, por ejemplo, la trampa del bajo crecimiento-desempleo-pobreza, la desigualdad regional-local, en particular, y la desigualdad socioeconómica en general.

            De acuerdo a la Ley General de Desarrollo Social, la política nacional de desarrollo social debe tener como objetivo central, entre otros, la promoción del desarrollo económico con sentido social para generar y preservar el empleo, incrementar el nivel del ingreso y mejorar su distribución. Sin embargo, para lograr éste objetivo no ha sido implementada una estrategia multidimensional, los programas de transferencias condicionadas de efectivo (TCE), como el programa Oportunidades, han sido el principal motor de la política de desarrollo social en las últimas décadas. La evidencia empírica en México muestra que las TCE han sido una herramienta insuficiente para el alivio de la pobreza en condiciones de bajo y errático crecimiento económico. De acuerdo a la más reciente información disponible (2010) publicada por el Consejo Nacional para la Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL), 52 millones de mexicanos se encuentran en la pobreza, es decir, el 46.2% del total de la población.

En ésta materia, la estrategia actual cuenta con tres pilares: el sistema de seguridad social, el sistema de protección social (Seguro Popular, Fonhapo, Fovi, Habitat, Vivienda Rural), y el programa Oportunidades (antes Progresa). Éste último cubre alrededor de 29 millones de personas. Y en total, los programas sociales cubren alrededor de 43 millones de mexicanos. Las TCE han sido el instrumento central para abatir la pobreza bajo el argumento de que con éstas se puede estimular y potenciar el desarrollo del capital humano (educación, salud y nutrición). Sin embargo, se ha omitido o ignorado que dichas transferencias por sí mismas no pueden resolver un problema tan complejo y multidimensional como es la pobreza. A pesar de los esfuerzos y recursos destinados, la pobreza en México sigue siendo una asignatura pendiente.

Por otra parte, la estrategia de desarrollo social no ha logrado reducir la desigualdad del ingreso; ésta es una de las más altas dentro de los países que integran a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). México ocupa la penúltima posición en la clasificación que ésta institución elabora sobre la materia.

La desigualdad en sus diferentes formas es aún muy alta en México. En este aspecto, este análisis se concentra en la desigualdad del ingreso cuantitativamente determinada por medio del coeficiente de Gini. Aunque la desigualdad parece haber bajado entre los años 2000 y 2010, ésta aún se encuentra en niveles muy altos. En el 2008, el coeficiente de Gini fue del 0.48 (según el ingreso corriente per cápita) mientras que en el 2010 éste fue de 0.46, lo cual refleja una distribución del ingreso muy desigual. Otros países emergentes, como China e India, tienen un coeficiente inferior al de México (del 0.41 y 0.36, respectivamente). El ingreso corriente per cápita promedio del decil X (el 10% de la población más rica) es más de 26 veces superior al del decil I (10% de la población más pobre), evidencia clara de la gran desigualdad que aún persiste en México.

Como en el caso de la pobreza, la desigualdad del ingreso está principalmente localizada en la región sur del país, predominantemente en Guerrero, Oaxaca, Chiapas, Tabasco, Campeche, y Quintana Roo. México tiene 12 estados en los cuales el índice de Gini oscila entre 0.50 y 0.56, 9 estados en los cuales oscila entre 0.48 y 0.50, y 11 estados en los cuales éste se encuentra entre 0.42 y 0.48. Evidencia de una gran desigualdad interregional e intraregional.

La desigualdad importa porque reduce el bienestar. El nivel de desigualdad puede explicar el impacto del crecimiento sobre la reducción de la pobreza. Por lo tanto, es muy importante implementar políticas públicas para estimular un crecimiento económico inclusivo, es decir, un modelo de crecimiento económico con sentido social acompañado de un cambio en los patrones de la distribución de los beneficios del crecimiento y la generación de la riqueza. No hay duda del potencial de los diversos sectores productivos de la economía para generar riqueza, el tema medular es cómo lograr una distribución con sentido social de la misma y de los beneficios del crecimiento económico.

El modelo mexicano de crecimiento económico está agotado. El potencial del país ha sido subutilizado y, como consecuencia, ha sido superado por otros países emergentes. Se requiere una estrategia basada en un estado social de mercado, sustentado, en una etapa incial, por tres pilares: 1. Reforma fiscal con sentido social; 2. Crecimiento rural inclusivo; 3. Reforma del mercado laboral.

Una reforma fiscal integral con sentido social debe estar enfocada a (1) incrementar los ingresos fiscales federales para contar con más recursos que puedan destinarse a proyectos de inversión para estimular el crecimiento rural; (2) revisar el sistema de federalismo fiscal en su conjunto para abatir las disparidades horizontales por medio del incremento de los recursos disponibles que puedan ser asignados como transferencias federales a los estados, y la implementación de un cambio en el patrón de la distribución de los beneficios derivados del crecimiento hacia una asignación inclusiva de los recursos a las regiones y municipios rezagados; (3), incrementar los ingresos propios de los estados y municipios para mitigar las disparidades verticales, invertir más y hacer más eficiente la provisión de bienes y servicios públicos para reducir sustancialmente la pobreza y la desigualdad del ingreso. Así como es importante la generación de ingreso en los tres niveles de gobierno también lo es el ejercicio del gasto, el cual deberá transparentarse y estar orientado a los resultados. La eficacia del gasto público es tan relevante (o inclusive más) como la generación de ingresos.

De manera conjunta, un crecimiento rural inclusivo, por un lado, acompañado por políticas de distribución con sentido social, debe estar encaminado a reducir la pobreza y la desigualdad a través de los canales de la inversión, el aumento de la productividad agrícola, y el empleo. El aumento de la inversión en infraestructura en zonas rurales y urbanas rezagadas para fomentar el desarrollo de los mercados locales, reducir los costos de transacción, y atraer inversión privada directa, es fundamental, por el otro lado.

En el ámbito laboral, es necesaria una reforma que se enfoque en la creación de una estructura de incentivos y de un marco institucional para (1) minimizar la movilidad de los trabajadores de salarios bajos y medios del empleo formal al informal; (2) estimular y flexibilizar la creación de empleo dentro del sector formal de la economía; (3) fomentar que las micro y pequeñas empresas, que no lo esten, se sumen a la formalidad.

Una estrategia de ésta naturaleza puede generar los incentivos adecuados para crear un círculo virtuoso que permita generar crecimiento económico sostenido, romper la reproducción intergeneracional de la pobreza, y detonar el desarrollo socioeconómico de México. Además, generaría un flujo monetario con mayores recursos para inversiones específicas en el ámbito municipal, con la incorporación de la democracia participativa como un mecanismo para incluir a los pobres en el diseño de programas específicos de inversión pública. Sin embargo, una alternativa de ésta confección requiere dos elementos fundamentales, cuando menos, para una implementación exitosa: primero, un sistema de monitoreo y rendición de cuentas para garantizar la transparencia en el uso de los recursos en los tres niveles de gobierno; segundo, la voluntad política para implementar una estrategia nacional con sentido social para impulsar el desarrollo de México que abra una nueva era de crecimiento, prosperidad y equidad.

* Acerca del autor: Economista, PhD fellow e investigador en el Center for Development Research (ZEF) de la Universidad de Bonn, Alemania.

Twitter: @viveros_a

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