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Revelaciones en el cuarto oscuro


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09/04/2011


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“El cuarto oscuro de Damocles” (Tusquets, 2009), del holandés Willem Frederik Hermans, es mucho más que un thriller de guerra en clave existencialista. Sólo a la ligera, parece como si Kafka hubiera llegado a escribir la novela bélica que siempre acechó entre las líneas y viudas de sus narraciones, que preveían la barbarie y el sinsentido que marcó a su siglo.


Eso, en el fondo. En la forma, un estilo depurado y directo, de frases cortas y casi sin florituras que recuerdan a Carver después del cedazo de Gordon Lish, aunque el parangón llega sólo hasta ese punto.

La novela, redescubierta recientemente gracias a un elogioso comentario de Milan Kundera, fue escrita en 1958 y traducida por primera vez al español hace apenas dos años.

Trata de forma íntima, pero descarnada a la vez, el tema de los dobleces morales, la traición, el afán de sobrevivencia y las distintas percepciones de la realidad. Todo esto con la Segunda Guerra Mundial de fondo, específicamente la ocupación de Holanda por parte de los nazis (1940 - 1945).

El protagonista es Henri Osewoudt, un joven comerciante holandés lampiño y apático que vive una vida mediocre junto a su esposa –que es además prima suya-  y su madre, que tiene problemas mentales y estuvo encerrada en un psiquiátrico luego de asesinar a su esposo.

La rutina de Osewoudt transcurre alejada de los vaivenes bélicos que comienzan a extenderse por Europa, hasta que un día se cruza con Dorbeck, oficial del ejército de Holanda miembro de la resistencia contra los nazis. El misterioso personaje le encarga una misión: revelar un rollo fotográfico que supuestamente contiene delicada información sobre las fuerzas alemanas.

A partir de este hecho se desatan una serie de intrigas, crímenes, coincidencias y equivocaciones que empujan a Osewoudt a comprometerse también con la liberación holandesa. Claro que más allá de una motivación plena de ideales patrióticos, se deja acicatear por Dorbeck debido a que lo siente casi como un hermano gemelo, dado el gran parecido entre ambos, que termina insuflándole sentido a sus secretas acciones.

El fin de la guerra, no obstante, no le traerá honores de héroe a Osewoudt. Al contrario, pondrá en cuestión para qué bando realmente estuvo conspirando y terminará convirtiendo a Dorbeck en una ausencia fantasmal o la pieza coja de una dudosa coartada.

“Pero usted sabe tan bien como yo que sin Dorbeck no podrá aclararse nada. ¿Dónde está Dorbeck? ¿Por qué no lo buscan? Usted podría ayudarme. Podría instar a los ingleses a que tomaran declaración a Dorbeck. Yo no he hecho nada. Hace meses que estoy en la cárcel. Entre tanto, Holanda ya ha sido liberada, la guerra ha acabado y yo me lo he perdido todo. Estoy dispuesto a colaborar con ustedes en lo que sea y en la investigación que sea. Pero ¿No podría conseguir que me pongan en libertad?”, reclamará Osewoudt hacia el final de las 385 páginas de esta novela, casi a punto de desplomarse en la nebulosa de la locura.

 



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