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Mi papá es...consultor internacional


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22/07/2012

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Mi hija tenía problemas para explicar lo que hacía su papá. “Era un personaje que iba y venía, y de pronto me traía vestidos extraños y traía mucho dinero”. Claro, era difícil explicar a una niñita de 10 años lo que hacía su papá como “consultor internacional”. A la distancia creo que hablar de las consultorías tras bambalinas puede resultar jocoso, aunque en su momento no estuvieran exentas de una fuerte carga de stress.


Comencé a trabajar con el Centro Interamericano de Comercialización, CICOM-OEA, en 1985, cuando me reclutó su Director, Juan Luis Colaiácovo, luego de conocerme como becario en un programa de Gerencia Internacional en el Instituto Mexicano de Comercio Exterior. Al principio me hicieron tomar misiones con Cámaras Empresariales de Mendoza, Córdoba, La Rioja, para luego comenzar a ser Instructor en los Cursos Interamericanos que se dictaban cada año en Río de Janeiro. Después vinieron giras intensas, recorriendo países enteros, como fue el caso de Colombia, en pleno período de Escobar, donde cada fin de semana correspondía cambiar de ciudad, Bogotá, Cali, Medellín, Bucaramanga, Cúcuta, Barranquilla. Allí supe lo que era andar con un guardaespaldas de chofer y supe lo que sufría el pobre cuando me iba solo al mercado de los esmeralderos en Bogotá.

Hubo giras complejas por Centro América, en países como Honduras, el Salvador, Panamá. Digo complejas porque las rutas interiores eran peligrosas, en algunos países se vivía en guerra civil.  De todos los recorridos, recuerdo el trabajo de organización de un consorcio de exportación con AJOCOLSI, una asociación de joyeros de Santander, donde diseñamos un proyecto para vender joyería en Montecarlo. Parecido trabajo desplegué en Catacaos, y en Piura, Perú de donde traje como recuerdo un caballo chalán en filigrana de plata, autografiado por todos mis alumnos.

Anécdotas por montones, como comer hormigas salteadas en Bucaramanga,  cuyis con cabeza y garras en Arequipa; en Lima, rocoto relleno, que confundí confiadamente con un tomate relleno y el fuego aún se siente en la nostalgia, así como las risas de los amigos peruanos. Recorrer picanterías, comer pescado con maní en Trujillo; comer sancocho bogotano con arepas en Colombia  o cebiche de concha y caldo de patas en Quito; bailar vallenato en Barranquilla, recoger como esponja esas crónicas de viaje que luego volcaba en mis columnas en la Estrella de Valparaíso.

En el inicio de los 90, ALADI me solicitó a la OEA y comencé a trabajar en promoción de exportaciones e inversiones, en Ecuador y Bolivia. Fue trabajando en Quito junto a un querido amigo,  ahora octogenario, que surgió la invitación del PNUD para asumir una Consultoría en República Dominicana para la modernización de la Aduana de ese país. Más de dos años trabajamos con Mauricio Guerrero en ese proyecto. La adrenalina formaba parte de cada misión, lo exterior y bonito estaba en las detenciones en los duty free, donde  los trenes eléctricos para los hijos llenaban el equipaje autorizado; pero en la letra chica hubo que afrontar situaciones difíciles, como lo fuera, por ejemplo, coordinar el Reglamento de la Ley de Aduana de Bolivia y estudiar la desvinculación de personal sin funciones, o sostener un Arbitraje por una discordancia contractual con una Cámara local de La Paz y lograr ganarlo, a puro fuelle y capacidad gerencial.

Conocer toda América, como un trabajador más que se involucraba con entusiasmo con cada proyecto, saltar de una realidad a otra, registrar emociones, tener amigos con quienes te topaste en alguna ocasión y quedó un sentimiento de afecto persistente, todo eso fue el gran patrimonio acumulado durante mis 20 años como Consultor Internacional por América Latina y el Caribe.

Y ahora con mi hija, Ingeniero Comercial y Magister en Marketing UAI, comentamos riendo esa confusión de niña, cuando debía explicar las locas carreras de su padre por los aeropuertos, sus regalos exclusivos que venían de la sierra ecuatoriana, de la mitad del mundo o del corazón multicolor del Caribe.











Hernán Narbona Véliz para Concurso Reeditor. 21 de julio de 2012.





Etiquetas:   Crónica   ·   Trabajo

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