. El ser humano tiene expectativas que a
veces deposita en las cosas más increíbles, no hay más que leer sobre la
burbuja de los tulipanes en la Holanda del XVII. Aquella crisis se originó por
la especulación sobre los bulbos de tulipán, cuyo precio alcanzó niveles
inauditos (un bulbo llegó a valer el equivalente a 24 toneladas de trigo), e
hizo que muchos comerciantes de la época se hipotecaran e incluso se arruinaran
cuando la burbuja estalló.
Se ha hablado largo y tendido de la
burbuja inmobiliaria, basada en especular sobre un bien de primera necesidad
como la vivienda.Aunque seguramente cualquier pueblo nómada nos diría eso de
que cuatro paredes no son de necesidad inmediata cuando se tiene todo el
horizonte para acampar. Pero las sociedades occidentales somos especialistas en
burbujas. Desde que existe el dinero, existe la especulación, y con ella, el
riesgo de que cualquier producto se convierta en objeto de deseo especulativo.
Mi generación quedará registrada en los
libros de historia como la que sufrió dos tipos de burbujas al mismo tiempo: la
inmobiliaria y la educativa. Se han generado unas expectativas falsas ante la
idea de que tener una licenciatura iba a generar automáticamente una seguridad
y una estabilidad laboral. Y nada más lejos de la realidad.
La mayoría de los que estudiamos una
carrera de letras lo hicimos por vocación. Tampoco teníamos mucha idea sobre
las salidas laborales. La orientación necesaria en los institutos falló, simplemente
no teníamos guías. Y muchos de nosotros queríamos ser profesores de enseñanza
secundaria. Así se creó la trampa perfecta. Millones de jóvenes nos lanzamos a
estudiar la carrera que nos gustaba con la mayor ilusión del mundo.
Esto debería ser un buen dato. Millones de
jóvenes estudian según su vocación esperando devolver el conocimiento adquirido
a la sociedad. Pero resulta que esa sociedad no tiene salida laboral para
todos. Entonces alguien te dice que si estudias más, podrás competir en mejores
condiciones. Y a continuación vienen los másteres, los cursos de idiomas, los
programas de postgrado. Todo el mundo invierte en su educación porque cree que
a la larga le va a reportar un beneficio. Y no es así. El beneficio es
educativo, de satisfacción personal. Pero en un país sin apenas industria y en
donde apenas se invierte en desarrollo e innovación, las profesiones con futuro
estarán siempre relacionadas con el sector servicios.
La primera vez que hice una entrevista
para trabajar en un instituto de enseñanza secundaria en Suecia me preguntaron
cuántos años tenía de experiencia como profesora en la enseñanza pública
española. Han leído bien, entrevista. Aunque Suecia tenga un nivel más alto de
trabajadores en el sector público que España, a este sector se accede mediante
una entrevista de trabajo. Los trabajadores tienen los mismos derechos y
obligaciones que en la empresa privada, incluso el despido si procede.
El director del instituto no daba crédito
a mi respuesta. Ninguna experiencia. No entendía el sistema de oposiciones, no
entendía la palabra funcionario, no entendía el hecho de que después de
estudiar una carrera hubiese que ponerse a estudiar otra vez para aprobar un
examen. Yo tampoco daba crédito a lo que estaba experimentando en esos momentos:
el director de un instituto de enseñanza público me evaluaba el currículum y
pensaba contratarme.
En Suecia los universitarios encuentran
trabajo al poco tiempo de acabar una carrera universitaria, que por cierto son
gratuitas para la población. Es un país que cree en la educación como inversión
para el futuro, no como gasto. Cualquiera puede estudiar si se lo propone,
puede estudiar lo que le plazca y además encontrar salidas laborales al
terminar. El gobierno tiene una red de préstamos a los estudiantes (CSN) para
cubrir las ayudas que se puedan derivar del alquiler, la compra de libros, etc.
Pero las matrículas de la universidad siguen siendo gratuitas. Ese préstamo
habrá que devolverlo cuando se empiece a trabajar.
En España una generación entera ha
invertido el dinero de sus padres en estudiar carreras que no servían para
nada. Han depositado unas expectativas falsas en un título que no les será útil
ni en España, ni en otros países extranjeros, puesto que el gran defecto de las
universidades españolas ha sido la falta de asignaturas prácticas en las
carreras, sobre todo las de letras. Esa generación ha invertido sus ahorros y
su tiempo en academias privadas para intentar aprobar unas oposiciones.
El director del instituto me dio el
trabajo de profesora de español. Una vez allí me di cuenta de que lo que me
habían enseñado en la universidad y en el CAP no servía para nada, que había
profesores de 25 años con mucha más experiencia laboral que yo, que me
faltaba la preparación pedagógica básica para preparar y dar las clases, y
lo más importante, una vez más comprobé que cada país vive en su burbuja particular
pensando que el resto de los países son como él.