GREASE: cuero, gomina...y a bailar!

Existen películas que parece que hay que pedir perdón por profesar públicamente el amor que uno siente hacia ellas. Grease (Randal Kleiser, 1978) es una de tantas. Quizá sea por su marcada condición de cine comercial, por su falta de trasfondo psicológico o porque resulta fácil catalogarla -injustamente- como un simple título para adolescentes. Pero Grease es mucho más, de ahí su infinito encanto: trascendiendo su mera condición de película para erigirse no sólo en un retrato generacional, sino en una pieza que marcaría la moda de los años venideros, estamos ante una visión posmoderna de la adolescencia -despertar sexual y hormonas disparadas incluidas-. Kleiser nos sitúa en esa época marcada por la rivalidad entre bandas del instituto -aspecto de la película que bebe de clásicos que retrataron la conflictiva juventud americana de la posguerra como Rebelde sin causa (Nicholas Ray, 1955) o Semilla de maldad (Richard Brooks, 1955)-, un sórdido ambiente encabezado por Danny Zuko (John Travolta), el líder de los T-Birds, una de las bandas más problemáticas, en serio contraste con Sandy Olsson (Olivia Newton-John), la chica más adorable y presumida de la escuela. Ambos vivirán el mejor verano de sus vidas y, se despedirán con la promesa de volverse a encontrar pero, cuando esto ocurra, la joven descubrirá que el chico del que se ha enamorado se ha transformado en un vulgar espécimen que sólo trata de impresionar a sus no menos ordinarios amigos.Este es el punto de partida de uno de los musicales más trascendentes y desenfadados de la década de los 70, convertido en una de las inyecciones de ánimo más potentes que se puedan ver en la gran pantalla. Porque Grease, una película a la que pocos pueden resistirse, se mantiene en todo momento fiel a su estilo vitalista y buenrrollista. No importa  que, en el momento más insospechado, todos se pongan a cantar y bailar y el fotograma se convierta en una gran fiesta al ritmo de canciones tan memorables como "Summer nights" -cuando ambos protagonistas rememoran el verano en el que se conocieron-, "Greased Lightnin" -cuando los T-Birds están reparando su coche-, "You´re the one thath i want" -metamorfosis de Oliviar Newton-John en femme-fatale incluida- o el fantástico broche final al ritmo de "We go together" , todas ellas convertidas en himnos que han pasado de padres a hijos. Aún así, las canciones, lejos de quedar metidas con calzador, se integran perfectamente en la narración, como ya ocurriera con Sonrisas y lágrimas (Robert Wise, 1965) o Flashdance (Adrian Lyne, 1983), potenciando así una diégesis fílmica que es el principal talón de Aquiles de numerosos musicales. Dicho de otro modo: lo que los personajes podrían decir hablando, el director prefiere que lo digan cantando. Uno de los ejemplos más claros sería la interpretación de Sandy de Hopelessly devoted to you, canción que recibió la única nominación al Oscar de la película. La banda sonora, sobra decirlo, fue número uno en todo el mundo.

 

. Grease (Randal Kleiser, 1978) es una de tantas. Quizá sea por su marcada condición de cine comercial, por su falta de trasfondo psicológico o porque resulta fácil catalogarla -injustamente- como un simple título para adolescentes. Pero Grease es mucho más, de ahí su infinito encanto: trascendiendo su mera condición de película para erigirse no sólo en un retrato generacional, sino en una pieza que marcaría la moda de los años venideros, estamos ante una visión posmoderna de la adolescencia -despertar sexual y hormonas disparadas incluidas-. Kleiser nos sitúa en esa época marcada por la rivalidad entre bandas del instituto -aspecto de la película que bebe de clásicos que retrataron la conflictiva juventud americana de la posguerra como Rebelde sin causa (Nicholas Ray, 1955) o Semilla de maldad (Richard Brooks, 1955)-, un sórdido ambiente encabezado por Danny Zuko (John Travolta), el líder de los T-Birds, una de las bandas más problemáticas, en serio contraste con Sandy Olsson (Olivia Newton-John), la chica más adorable y presumida de la escuela. Ambos vivirán el mejor verano de sus vidas y, se despedirán con la promesa de volverse a encontrar pero, cuando esto ocurra, la joven descubrirá que el chico del que se ha enamorado se ha transformado en un vulgar espécimen que sólo trata de impresionar a sus no menos ordinarios amigos.Este es el punto de partida de uno de los musicales más trascendentes y desenfadados de la década de los 70, convertido en una de las inyecciones de ánimo más potentes que se puedan ver en la gran pantalla. Porque Grease, una película a la que pocos pueden resistirse, se mantiene en todo momento fiel a su estilo vitalista y buenrrollista. No importa  que, en el momento más insospechado, todos se pongan a cantar y bailar y el fotograma se convierta en una gran fiesta al ritmo de canciones tan memorables como "Summer nights" -cuando ambos protagonistas rememoran el verano en el que se conocieron-, "Greased Lightnin" -cuando los T-Birds están reparando su coche-, "You´re the one thath i want" -metamorfosis de Oliviar Newton-John en femme-fatale incluida- o el fantástico broche final al ritmo de "We go together" , todas ellas convertidas en himnos que han pasado de padres a hijos. Aún así, las canciones, lejos de quedar metidas con calzador, se integran perfectamente en la narración, como ya ocurriera con Sonrisas y lágrimas (Robert Wise, 1965) o Flashdance (Adrian Lyne, 1983), potenciando así una diégesis fílmica que es el principal talón de Aquiles de numerosos musicales. Dicho de otro modo: lo que los personajes podrían decir hablando, el director prefiere que lo digan cantando. Uno de los ejemplos más claros sería la interpretación de Sandy de Hopelessly devoted to you, canción que recibió la única nominación al Oscar de la película. La banda sonora, sobra decirlo, fue número uno en todo el mundo.
Protagonizada por una de las parejas con más química que se recuerden y con unos originales títulos de crédito a todo color en perfecta sincronía con ese espíritu vivo de la película, Grease rezuma detalles horteras por los cuatro costados, pero esto es algo premeditado por parte de un director empeñado en romper con todo lo establecido y elaborar un ejercicio de absoluta libertad creativa, de transgresión, por lo que no sería descabellado considerar a la segunda película musical protagonizada por el extraordinario movedor de caderas John Travolta -tras Fiebre del sábado noche (John Badham, 1977) como la precursora de las teen movies. Al compás de algodones de azúcar, parques de atracciones, rock and roll, bailes de fin de curso, carreras de coches y vacaciones de verano, la historia va desgranando sus aciertos (su inoxidable capacidad para mantenerse fresca con el paso de los años, su decidido canto por la libertad y por la virtud de reírse de uno mismo, por la ausencia de pedantes lecciones morales, su cuidada estética ochentera, su puesta en escena brillante gracias a un importante despliegue de medios...) y sus defectos (algunos detalles un tanto soeces, un par de números musicales de relleno que evidencian los altibajos del film, unos protagonistas con edades superiores a los personajes que interpretan...). Pero, por encima de todo, Grease es espectáculo puro y duro; una película que logra que el espectador olvide durante más de 100 minutos sus problemas y la asocie, como por arte de magia, a una parte importante de su vida. Quizá porque Grease sea, en efecto, una pieza fundamental en cada uno de nosotros.

Porque, al fin y al cabo, ¿quién no ha cantado alguna vez algunas de sus canciones?; ¿quién no se ha enfundado en unos pantalones de cuero y, con actitud chulesca, ha emulado ser alguno de los protagonistas?; ¿quién no ha querido, en definitiva, traspasar la pantalla y ser uno de los amigos que saltan, cantan y bailan en esos enérgicos 10 minutos finales en un parque de atracciones convertido en la mayor fiesta que alguien pueda ser capaz de imaginar? Sí, Grease soporta como pocas películas el paso del tiempo; quizá porque pocas hablan de una forma tan humana de aspectos tan atemporales como la amistad, la música o el amor.

UNETE



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