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Acerca del problema del Estado y su representación.


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19/07/2012

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    Chile, que hace veintidós años recuperó su democracia, vive una profunda crisis representativa. Los factores que pueden explicar dichos fenómenos son variados, pero principalmente se encuentra la pérdida de identidad como país y el individualismo exacerbado que tiene como consecuencia la falta de organización de los ciudadanos y trabajadores en pos de mejoras que influyan a todos por igual. Esto dos factores llevan inevitablemente a una crisis de partidos políticos en las que se hace difícil poder interpretar las demandas de la gente, y éstas se hacen más esquivas a la participación política, debilitando la organización social y el sistema político en general. Iván fuentes, una vez en Santiago, dijo que había que buscar una legislación social “que influya en la economía de las personas sin afectar a éstas”, lo que revela todavía la capacidad que tienen las organizaciones para ver en el Estado la solución a los problemas que están obligados a enfrentar, precisamente por la carencia de un Estado protector y defensor de las personas.   


    La distancia entre las organizaciones sociales y el Estado permite la aparición de grupos individualistas que se posicionan en el medio, estableciendo un cerco e influyendo, mediante discursos incendiarios, la nula participación, o el derecho de las organizaciones sociales a llevar sus demandas hacia las esferas políticas, impidiendo el derecho histórico de poder legitimar a un grupo de vanguardia que esté cargado de sus emociones y de identidad. Sin embargo, la organización de los obreros y grupos sociales “sin la política incluida” es un fenómeno social que también muchos historiadores sociales tienden a interpretar como un alejamiento “normal” de lo tradicional, para insertar la política dentro de las organizaciones sindicales y poblacionales como única vía posible de organización. Timothy Scully plantea, en cambio, que toda convulsión y radicalización social tiene su fundamento y su causa dentro de los clivajes políticos, y éstos tienen su fundamento en la radicalización de sus posturas, o como se puede observar hoy en día, en la falta de representatividad producto de una ignominia generalizada de partidos dormidos en una democracia obsoleta. Pero ¿Es culpa del Estado, de los mismos partidos políticos o de la gente, el estado actual de las cosas? ¿Quién es el responsable de éste sistema político binominal que nos rige y quienes se benefician con él?    

      El sistema binominal, creado por Jaime Guzmán, tiene su origen histórico en el sistema político que centralizó el poder económico en pequeñas oligarquías a fines del siglo XIX y comienzos del XX, que fue una de las principales causas del famoso problema de la cuestión social, que llevó a los sectores populares a insertar sus paupérrimos estilos de vida hasta las esferas más altas del sistema político chileno, apelando también a la falta de representatividad, pero con el objetivo claro de que éstos se resolvían desde el aparato estatal y no desde afuera, permitiendo un proceso de formación de partidos políticos obreros, como el Partido Comunista y el Socialista, capaces de generar un programa tendiente a mejorar los problemas de clase vividos en la época, y en constante participación con sindicatos y organizaciones populares.   

    Es la idea “polibiana” del retorno de la historia lo que me hace retrotraer el tiempo cada vez que veo un suceso. Como enseña la maestra de la vida, las respuestas siempre las puedes encontrar en el pasado, pretérito que muchos nos quieren hacer olvidar, pero que se encuentra ahí, acechándonos con sus narraciones, testimonios y registros.Pensar en el sistema binominal, por tanto, es remontarse a una época dura socialmente, en la que en el parlamento no se discutían reformas o legislaciones sociales (salvo excepciones como la ley de instrucción primaria o la legislación de habitaciones para obreros), sino que tasas arancelarias que buscaban proteger las arcas fiscales que se desperdiciaban en banquetes eternos y en viajes de placer. Un sistema parlamentario fisurado hace que la fiscalización se corrompa fácilmente, puesto que el cuerpo del Estado está mutilado por fuerzas externas al bien común, que hace que éste se diluya en individualismos y ambiciones corrosivas para el sistema político. El objetivo, tanto del sistema parlamentario en la época oligarca, así como en el sistema creado por Jaime Guzmán tiene varios puntos en común. Primero, ambos, con el fin de evitar la proliferación de personajes “populistas”, capaces de arrastrar grandes masas, como lo fue el derrocado presidente Balmaceda, crearon un sistema que obligaba a los participantes políticos a aunarse a una de las fuerzas o “coaliciones” que estuviesen en funcionamiento, esto para adoptar un programa representativo de dicho sector y no un programa que tuviese como objetivo remover las estructuras del sistema para su transformación. Si bien el Partido Democrático, de origen artesanal, liberal e intelectual, desde fines del siglo XIX tuvo influencia dentro del congreso para promover algunas reformas y proteger algunos de los intereses de los obreros, no logró generar una profunda transformación en el sistema político, porque nunca tuvo el poder, pero sí su influencia política en el norte y la capacidad para incluir dentro de la organización partidista a obreros del salitre y viceversa, tuvo como respuesta la obtención de la presidencia de Arturo Alessandri Palma, en 1925, y junto con ello las legislaciones sociales que durante décadas los obreros habían implorado. Otra de las semejanzas del sistema binominal que nos rige y el creado por el régimen parlamentario en los siglos XIX y XX para mantener el statu quo, es casi obvia, un parlamento que era liderado por una élite económica solo buscaba perpetuar una cosa: el poder económico, algo parecido a lo que vemos hoy en día en el congreso nacional.    

      El Partido Comunista, hoy en día, no tiene que ejercer el rol del Partido Democrático en el pasado, porque no es el camino a seguir dentro de un sistema político corrompido por las fuerzas económicas neoliberales. Lamentablemente el proceso de transformación no se gesta dentro de un parlamento elitista, ya que solo lo relegará a la posibilidad de enfrentarse en discusiones con aquellos que mantienen el poder económico en este país. Como dije anteriormente, el Partido Democrático logró cambiar las cosas en 1925, cuando el pueblo en masa votó por Alessandri Palma, seguidor de la imagen dejada por Balmaceda, haciendo que muchas de las demandas de los obreros pudiesen al fin ser escuchadas, o en el mejor de los casos, comenzaba un proceso político que insertaría a los trabajadores en los programas políticos partidistas, que tuvo como evolución histórica la conquista del poder en 1970. Pero en todo ese proceso el Partido Democrático no existió, pues había muerto muchas décadas antes de que Alessandri Palma asumiera, solo quedó su legado. Por ende, en términos gramscianos, el Partido Comunista si bien tiene que incidir en todos los ámbitos de la política, tiene que lograr generar un programa que busque la participación de todas las fuerzas sociales dentro de un sistema en que él no participe activamente, sino que se posiciones como el partido de vanguardia capaz de organizar y configurar un sistema político representativo, promoviendo la discusión inclusiva dentro del Estado.







Etiquetas:   Política   ·   Sociedad

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