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Concurso, luego pienso (Parte 4/14)


Inicio > Arquitectura
13/07/2012


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Hola a todos, una vez más me dirijo a vosotros para publicar una nueva entrega del libro "Concurso, luego pienso", sobre arquitectura y ciudad. En este capítulo se analiza la estructura de la ciudad y sus diferentes zonas, como parte de esta pequeña aventura urbanística. 


Confío en que os guste.

Un saludo.





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2. Cimentación





Los días transcurren sin pena ni gloria, repletos de sorpresas y curiosidades que nos invitan a seguir adentrándonos en las entrañas de nuestra ciudad. Asimismo, cada día supone para mí una clase magistral de arquitectura en estado puro. Mis compañeros adornan las múltiples horas de trabajo con experiencias personales y profesionales que hacen más amena la tarea.





Logramos que nuestro río, ocupe su lugar dentro del territorio nacional, estableciendo una comparativa entre este y sus equivalentes más relevantes. Por ejemplo, fijamos el ancho medio para nuestro objeto de estudio en torno a los ochenta metros, mientras que ciudades como Valencia, Almería y Barcelona, nos ofrecen en esta línea entornos fluviales ya modificados de, aproximadamente, ciento setenta, sesenta y treinta metros, respectivamente. Esto nos facilita el esfuerzo de escalar nuestras ideas a la hora de compararlas con el parque valenciano, el bulevar almeriense o la rambla barcelonesa.





Tras casi un mes de trabajo, el equipo decide hacer recuento de nuestras ideas, con la firme intención de colocar el primer testigo en nuestro proceso creativo, un hito que nos permita recapacitar acerca de la viabilidad del concurso. Uno de los ya mencionados vaivenes que nos muestran la realidad objetivizada y nos invita a la toma de decisiones. Estas se enfocan hacia el calendario que preside la mesa. Nuestro ritmo, algo lento, amenaza debacle si no empezamos a sintetizar las ideas, organizarlas y plasmarlas en papel.





Es el momento de crear un organigrama específico, un reparto de tareas conciso y premeditado. Multiplicamos nuestra efectividad por cuatro. Cada integrante deberá analizar gráficamente uno de los estratos en que se divide toda ciudad y explicar al resto los pormenores de tal estudio.





Definimos cinco esquemas primordiales a estudiar y representar. Por un lado nos centraremos en el tráfico rodado y el metro como principales medios de transporte en la ciudad, sin olvidar los flujos peatonales. En segundo lugar, los flujos peatonales nos guían hacia un análisis de la población, contabilizando el número de habitantes y su zonificación. Posteriormente, reconocemos también como primordial el análisis hidráulico. Esto nos acerca al objeto del concurso, atrayendo las miradas hacia el entorno fluvial: bordes, barrios límite y fachadas urbanas. Por último, decidimos observar las estrategias establecidas por el planeamiento, los objetivos e intenciones inducidas por la normativa aplicable.





En mi caso, es el estudio demográfico quien motiva mis próximos siete días. Evidentemente mi vida continúa, siendo el concurso una de las múltiples tareas que oprimen mi tiempo libre y protagonizan mi agenda. Cada rato que puedo liberar de mi trabajo cotidiano lo dedico a investigar a la población que habita la ciudad. El primer paso, definir las divisiones existentes en el tejido urbano. Concretar los once distritos que ocupan la trama y que incluyen a su vez multitud de barrios, formados por otras tantas calles, manzanas y edificios. Por tanto, el acercamiento se realiza desde la unidad hacia sus componentes. Un asedio bien estudiado, donde la estrategia consiste en la conquista progresiva de capas exteriores hasta lograr acceder al núcleo central, el ciudadano de a pie.





Estos distritos constan de una superficie determinada, que me revela una escala. A su vez, cada uno de ellos se encuentra habitado por un número concreto de ciudadanos. Este dato, unido al de la superficie, nos permite descifrar la densidad que reina en dicho ámbito. Lo cual acomete en una segunda lectura: una densidad mayor nos indica una arquitectura de tipo residencial plurifamiliar en altura, o lo que coloquialmente se denominan bloques o colmenas. Zonas por lo general habitadas por una población de renta media-baja, asociada a la clase obrera. Capaces de afrontar una vivienda en la capital, pero sin plantearse la posibilidad de invertir en áreas más horizontales y, por tanto, elitistas. Como bien saben, el valor del suelo condiciona nuestra localización en el seno de una ciudad. Y puestos a generalizar, un barrio de alta densidad implica un determinado tipo de negocio, equipamientos acordes y una jerarquía vial bien estructurada ante las exigencias existentes en materia de desplazamientos diarios.





Otra de las grandes sorpresas acontecidas, fue descubrir que mi ciudad contaba con uno de los barrios más densos de Europa, con mayor número de habitantes por metro cuadrado.





Por el contrario, el otro extremo de la ciudad responde a un modelo igualmente opuesto.





La clase media-alta se distribuye entre pequeñas vías de poco tránsito, donde la tranquilidad y el silencio reinan por encima del caos urbano que caracterizaba nuestra anterior protagonista. Pequeñas actuaciones residenciales aisladas, destacan por sus verdes jardines, zonas privativas con un mantenimiento exquisito. Un alarde de poderío al alcance de muy pocos. Un contexto social reflejado en su equivalente arquitectónico. Destaca la ausencia casi total de equipamientos y negocios. Sólo unos pocos reductos de ciudad permanecen entre sus calles.





Como pueden imaginar, dos extremos tan diversos, deben equilibrarse en torno a un elemento común, conciliador. Una zona central en pleno proceso de gentrificación parcial de su territorio, capaz de aunar los barrios más tradicionales y pobres de la ciudad, con los rincones más selectos y envidiados de la metrópoli. Un entorno ecléctico pero acogedor, donde los negocios y equipamientos cobran un papel primordial, el tráfico se resigna ante la supremacía, cada vez mayor, del peatón. Una estructura tan antigua como enrevesada, una muestra fiel del pasado histórico de esta región. Fachadas colindantes pero tremendamente alejadas. Ruinas constructivas flanqueadas por modernas remodelaciones y reinterpretaciones pseudo-respetuosas de un melancólico apogeo.





Todo ello, completado por los muy escasos espacios libres que ofrecen cierto respiro a una ciudad ensimismada en su complejidad y carente de orden urbanístico alguno.

Una ciudad entre medianeras. La primera natural, un territorio encrespado y abrupto que conforma el skyline de la periferia; el otro, tan urbano como social, integrado en la memoria histórica de un territorio costero, que lejos de entender su linde marítima como una oportunidad de expansión emocional y espiritual, lejos de ofrecer la tan ansiada vía de escape que toda aglomeración requiere, ha visto como el uso industrial se ha apoderado de todo vestigio de ocio y esparcimiento que esta ribera pudiera ofrecer.





El sistema se cierra con la aparición de barrios dispersos, a caballo entre la zonificación mencionada, entre los espacios intersticiales surgidos tras la clasificación anterior. Una amalgama de calles y edificios sin identidad que sólo el tiempo ha conseguido adherir a una población orgullosa pero crítica. Pequeños islotes de ciudadanía que ocupan el resto del territorio a menor escala, intercalando zonas de gran poderío con los suburbios más desfavorecidos.





Sin embargo, este eclecticismo con complejo de caos y alma de ciudad, podría ser simplemente la radiografía crítica de un sin fin de aglomeraciones urbanas a lo largo del territorio español, de no ser por la principal característica que la define y motivo, a su vez, del presente concurso. Esta estructura urbana definida, presenta una particularidad muy especial, se encuentra dividida, literalmente sesgada, por una inmensa cicatriz resultado de una ruptura histórica, una herida transversal que recorre su territorio cual grieta entre medianeras. Se trata del río, o lo que queda de él. Un cauce seco e inhóspito cuya existencia se justifica ante los grandes desastres del pasado, una vergonzosa secuela que nos recuerda tragedias de nuestros antepasados a la vez que nos ofrece la seguridad ansiada de un futuro mejor. Una herramienta hidráulica de escape, un desagüe de proporciones desmesuradas. Una alcantarilla natural erigida por la erosión y la mano humana a partes iguales. El reguero de miedo y respeto que desciende cauteloso pero confiado desde la medianera escarpada.





Con origen en el embalse artificial generado años antes para ocultar una realidad evidente a la ciudadanía, protegerla de una amenaza sutil pero devastadora, transcurre esta fisura atroz. Un muro curvo de casi cien metros de altura (equivalente a un edificio de más de 30 plantas) que se eleva artificial entre sus gemelos geológicos, para frenar las avenidas generadas a lo largo del cauce fluvial y controlar la evacuación progresiva y voluntaria del líquido embalsado, sin olvidar el aporte de agua potable que supone para la población. A partir de ahí, el deambular casi divertido de un lecho sin agua, un caudal previsto pero ausente, temido pero añorado. Seis largos kilómetros que condicionan la fisonomía de su ciudad hasta llegar a formar parte indivisible de su idiosincrasia.





Es entonces cuando nos surge la primera duda, ¿qué hacer con algo tan peligroso como arraigado a nuestros orígenes? ¿Cómo eliminar un elemento de seguridad de tales dimensiones sin poner en peligro nuevamente la integridad de nuestros vecinos?





Son preguntas complejas pero inspiradoras. Empezamos a leer multitud de propuestas anteriores, teorías que defienden actuaciones diametralmente opuestas, soluciones que no acaban de convencer a nuestros “yo” empíricos y pragmáticos.





Por un lado el deseo casi infantil e ingenuo de recuperar un río que hace siglos que no existe, la envidia de otras ciudades. En contraposición surgen ideas más bien basadas en la inmediatez conceptual, cubrir aquello que nos desagrada para seguir nuestras vidas sin más, “ojos que no ven corazón que no siente” dicen, ¿no?





No obstante, esta decisión, lejos de ser tan sencilla, conforma los cimientos de nuestros próximos tres meses de trabajo. No es una decisión que podamos tomar a la ligera. Ni siquiera una alternativa que exploramos para ver la viabilidad de sus consecuencias. No. Es mucho más complejo que todo eso. Tres meses son aparentemente un plazo de trabajo bastante amplio y sosegado, pero no es así. Estos noventa días deben ser meticulosamente programados para evitar un desplome prematuro. Pese a que gozamos de un margen suficiente como para no tener por qué preocuparnos aún, no contamos con la masa crítica requerida ni con su equivalente en forma de excedente temporal, como para diversificar esfuerzos y recursos en varias direcciones hasta encontrar el camino correcto. Es el momento de reunirnos y precipitar una decisión tan importante como dura, debemos elegir la senda que nos ha de llevar hasta el objetivo final. De no ser así, habrá que hacer todo lo posible porque lo parezca, o abandonar la aventura a las primeras de cambio.





Por un momento, la responsabilidad nos abruma, no estamos preparados para tal acontecimiento. No podemos hipotecar un mes de trabajo y sus consiguientes tres meses de desarrollo en función de una primera impresión. Ahora o nunca, son palabras que se diluyen en nuestras mentes, en plena negociación consigo mismas en aras de ampliar un plazo apretado pero sin cerrar. Finalmente, acordamos una semana de reflexión, meditación y vicisitudes.









Continuará... (Parte 4/14)







Etiquetas:   Literatura   ·   Arquitectura

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