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La vigencia del esperpento


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13/07/2012

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LA VIGENCIA DEL ESPERPENTO






Vicente Adelantado Soriano





En España el trabajo y la inteligencia se han visto menospreciados. Aquí todo lo manda el dinero.





Ramón María del Valle-Inclán, Luces de bohemia.





Tengo un amigo, Ramón Zapater, que es un gran aficionado al teatro. Me cuenta él que la tal afición se le despertó unas Navidades, cuando, siendo un niño, su padre lo llevó a la capital. Entonces, según relata, en Valencia, en el paseo de la Alameda, montaban una gran feria. A mi amigo Ramón no le gustaban las atracciones fuertes: norias, balancines, etc. Él prefería los números de magia o de efectos ópticos, y los muñecos de guiñol cuando los descubrió.

En el pueblo no había ni teatro ni muñecos. Tuvo que esperar a la emigración para volver a ver una pequeña representación. Entretanto, durante el bachillerato, leyó alguna que otra obra clásica; pero leído no lo gustó el teatro.

-Está claro -decía una y otra vez, justificando la pereza que le daba enfrentarse con un texto de Lope o de Cervantes- que el teatro está escrito para ser representado, no leído.

Pero como no había otra cosa, siguió leyendo e imaginando las escenas. Un día, sin embargo, a finales de julio, tuvo su gloriosa caída del caballo: se fue con unos amigos a hacer el Camino de Santiago, en autoestop. Al regreso, como sucede siempre tras los viajes, pasó varios días nervioso, aclimatándose. Y un domingo por la tarde salió a pasear sin saber muy bien qué hacer. La casualidad, o el azar, o su destino, lo llevaron a pasar por la puerta del teatro Principal. Dentro de poco más de una hora iba a comenzar la representación de Luces de bohemia. A Ramón le sonaba la obra y el autor. Hay que decir en su favor que los libros de texto de literatura de su época comenzaban con el Poema de Mio Cid, y terminaban, con suerte, con don Benito Pérez Galdós. A Valle-Inclán apenas si lo nombraban. Pero Ramón, no teniendo nada mejor que hacer, sacó una entrada cerca del escenario, y vio la obra. Le impresionó la fuerza y el lenguaje de la misma. Desde entonces ya no paró de ver teatro.

-Tuve mucha suerte -reconoció-. No recuerdo quién la dirigía, pero la interpretó José María Rodero, en el papel de Max Estrella, quien, al día siguiente, interpretó, también, Calígula, y ya no sé cuántas más. Las vi todas.

En aquella época todavía estábamos bajo la dictadura de Franco. Y por paradójico que parezca entonces se representaba mucho teatro. Con la llegada de la democracia estas representaciones estuvieron a punto de desaparecer.

-Y con la llegada de las autonomías -apuntaba Ramón- el teatro se convirtió en aquello que ya denunciaba Séneca en Roma: mero espectáculo para que el contribuyente se percatara de cuánta era la riqueza de su ciudad y cuánto era el dinero que había. Y el dinero se iba en hacer estupideces, es decir en convertir una nave industrial en un teatro cuando tenemos el teatro romano, el teatro Principal, y otros, que se han dejado morir de inanición. En aquella nave industrial había goteras, así que más de un espectáculo tuvo que ser aplazado por miedo a la lluvia y a posibles cortocircuitos. Se gastaban millones en hacer absurdos decorados o en poner música que nada aportaba al texto, o en contratar actrices a las que no se les entendía nada porque sí, tenían mucho renombre, pero no sabían hablar ni el castellano ni el español, dicho sea para mayor claridad.

Más hacia delante Ramón se apuntó al festival de verano de Sagunt a escena. Según me decía, todos los veranos, en las desgastadas piedras del teatro romano, le era dado ver tres o cuatro obras que, verdaderamente, valían la pena. Pero llegó la restauración del viejo y sufrido teatro romano. Y tirios y troyanos, en sempiterna lucha por el poder, se enzarzaron discutiendo en si estaba bien o estaba mal hecha dicha restauración. En este país, para desgracia nuestra, se politiza todo. Se cerró la Nave por el enorme calor que hacía allí, y las pocas disposiciones teatrales que tenía. Y en el teatro romano, amenazado de cierre, comenzaron a hacerse danzas, bailes, cantos, contorsiones y circo. Todo menos teatro.

Desaparecieron Edipo, Electra, Antígona, Salomé y hasta el mágico prodigioso. A mi amigo le dio un terrible ataque de melancolía.

Una tarde del mes de julio, añorando viejos tiempos, subió la cuesta del teatro como si fuera a entrar en él. Llegó hasta la puerta, donde se entretuvo en mirar la programación. Había otra persona leyéndolo.

-¡Nada que valga la pena! -exclamó Ramón con desprecio.

-Tiene usted razón -apuntó aquel hombre con acento anglosajón-. Nada que valga la pena.

-La sempiterna crisis del teatro.

-No diga eso -replicó el anglosajón, que obedecía al nombre de William, que fue tal y como se presentó.

-Pues ya me explicará -le dijo Ramón contento de encontrar a alguien con quien desahogarse.

-Dicen que la energía ni se crea ni se destruye sino que se transforma, ¿no es eso? -preguntó-. Pues lo mismo sucede con el teatro -respondió sin darle tiempo a Ramón a intervenir.

-Tal vez sea así, pero los escenarios están vacíos.

-Porque estos se han desplazado, mi querido amigo. Teatro siempre hay y siempre habrá. Pero hay que saber descubrirlo, verlo, mirarlo. Y Ahora, igual que en la Edad Media, está en la calle. No nos metamos en la Iglesia -dijo irónico.

-Ya. Empiezo a intuir por dónde va usted.

-Ustedes los españoles, querido amigo, y espero que no se me ofenda, han creado dos géneros maravillosos: la novela picaresca y el esperpento. Olvidemos ahora a Cervantes y a la Celestina.

-Olvidados quedan. Siempre nos toca cargar con lo negativo, ¿no le parece?

-Depende de como se mire. No todo el mundo tiene una figura como la de don Ramón María del Valle-Inclán. Ni todo el mundo es capaz de ver la historia de su país con un ojo tan penetrante y demoledor.

-¿Y adónde nos lleva eso? Si no hemos aprendido de nuestros errores.

-En eso tiene razón. Aunque a veces parece que todo el país, de puro agradecido y bien nacido, quiere rendir homenaje a don Ramón; y todo el país se transforma en la calle del Gato, o en un puro esperpento. ¡Lo que hubiera sido capaz de hacer Valle-Inclán con la realidad actual! Aunque la verdad es que ya le daban la obra escrita y bien escrita.

-¿A qué se refiere usted, don William? -preguntó Ramón con un tantico de sorna.

-Imagínese que se levanta el telón, y aparece una condesa o baronesa, moño y peineta, hace una zapateta y le pide a Braulio una peseta. Cocina de cerámica al fondo. Y cuadros por las paredes.

BARONESA.- Pues yo no soy gastosa (arrojando con un mohín la vaciedad de su bolso sobre la coja mesa. El gato se arrufa y maúlla).

BRAULIO.- (Lanzando miradas de borracho deseo).- Esas carnes antaño no hubieran padecido las necesidades de los padres del yermo.

BARONESA.- Braulio, mañana me descuelgas un cuadro y me lo vendes. Sin excusas. Y ya tendremos para unas semanas si estiramos la tela.

Mi amigo miraba al inglés con cara de incredulidad. En ningún momento se sintió ofendido, desde luego. Más bien le entraron ganas de reír.

-Añada a eso -dijo él mismo- que banqueros y políticos han devorado bancos y cajas de ahorro, que medio país está ardiendo, y que el presidente del gobierno se va al fútbol por allá por tierras cercanas a la Madre Rusia. Que una central nuclear está cercada por las llamas, y que la gente por la calle, y con la cabeza llena de ceniza, y no por aquello del memento homo... va cantando, bailando y bebiendo, deseando el triunfo de los futbolistas iberos.

-¿Ve usted como tenemos esperpento para rato?

-Sin olvidar, estimado señor William, que somos un país intervenido, que estamos en manos del Banco Central Europeo, o de los bancos alemanes, como en la época de Carlos V, y que a cada nuevo recorte que el presidente del gobierno anunciaba en el Parlamento, pérdida de sueldo, pérdida de competitividad, pérdida de derechos... los señores parlamentarios reían y aplaudían; y, parece ser, que alguna diputada hasta lanzó procacidades en contra de los parados.

-¡Esperpento, querido amigo, esperpento! Añada a eso que hay varios millones de personas sin trabajo, que la testa coronada se va de cacería, y no de bichos autóctonos, sino de elefantes, provoca un escándalo, y cuando llega al Parlamento, los diputados le aplauden como si viniera de derrotar a Pepe Botellas. Y a alguna noble hasta le tiembla la liga...

-Sin nombrar ni de casualidad -añadió mi amigo con entusiasmo- todo el esperpento de la familia...

-¡Ah, España, España! ¿Todo esto no le recuerda a usted lo que sucedió, años ha, con María Cristina, viuda de Fernando VII, y su morganático marido? Entre los dos, y su camarilla, estuvieron a punto de arruinar al país. Y no se lo llevaron en la maleta porque no les cabía.

-Y no me olvide a su hija, sus amantes, y su rasgo... Es verdad, tenía razón don Miguel de Unamuno: por España no pasa el tiempo.

-Por eso está vigente el esperpento. Yo, querido amigo, le diría a usted que lo escribiera. Pero no se lo representarían: se puede ver gratis en la calle o en el Parlamento, sede de los cráneos privilegiados.

-¿Y usted, don William, por qué está aquí con lo bien que se lo montan ustedes los ingleses? Con la unión monetaria han hecho lo mismo de siempre: no participar en el movimiento de la maquinaria hasta que esta no esté bien engrasada y en perfecto funcionamiento.

-¡Ah, querido amigo! Yo estoy aquí porque como dice su tocayo soy reumático, y me hace falta el sol de España.

-Menos mal que tenemos ese sol, envidia de los extanjeros. ¿Qué sería sino de este corral nublado?

-Ciertamente el esperpento necesita del sol, como Drácula de las brumas. A cada cual lo suyo. Y arda París, pero que el fútbol nos de alegrías, y que los señores diputados tengan manos para seguir aplaudiendo sin ton ni son y sin descanso. Y no digo más.

-Ni falta que hace.





Etiquetas:   Crisis Económica   ·   Teatro

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