. Le han propuesto trabajo en otro centro de ciencia y no sabe si
aceptar el ofrecimiento.
Desde hace ya un buen tiempo ella
quiere cambiar de trabajo. Es joven y con grandes aspiraciones que no ha podido
cumplir en la entidad donde se desempeña. La escasez de recursos para la
investigación es una constante que limita cualquier desarrollo en ese sentido.
Su caso me recordó el de tantos
otros jóvenes (entre ellos yo) con vocación para las ciencias, que se enfrentan
por vez primera al mundo laboral en centros de investigación sin las
condiciones idóneas para poner en práctica esas ideas que revolotean insomnes
entre la red de neuronas juveniles.
Acá se dice (y no creo que nadie
pueda rebatirlo) que los jóvenes recién graduados de las Universidades salen al
mundo con “ganas de comérselo”; pero en muchos de los casos suele suceder, muy
pronto, que la dura realidad del diario transmuta los papeles y el predador
resulta la presa, cayendo rendido en las fauces del desgano y la apatía,
aletargados en una rutina que los ahoga y los aleja de ese horizonte planeado.
No puedo decir si es una generalidad
(me faltan datos para afirmarlo), pero sea el porciento que sea, es una
realidad frecuente y que, en mi caso, he vivido desde diferentes aristas.
Tampoco creo que sea propio de la
rama de la ciencia, más bien está asociado al ímpetu de la juventud, a ese afán
de independencia que se muestra en ganas de demostrar “cosas”, y a una
formación que, o no puede, o no quiere, o no logra preparar para una realidad
que es mucho más compleja que la de los libros de textos o las prácticas
pre-profesionales.
Entonces, ¿qué opciones quedan?
Múltiples, aunque ¿quién dice cuál de todas es la mejor?
Ahí están (estamos) los que han
redirigido su formación profesional, los que corren (corremos) por el filo de
un abismo que se llama “intrusismo profesional”. Ahí están los que sueltan
lastres y se adentran en otro mundo, alejados del título enmarcado en la pared
de su hogar, como último recuerdo de un sueño tal vez olvidado (quisiera decir
pospuesto). Están los que navegan contra tormentas, y se afirman a fuerza de
voluntad a un presente cambiante, hurgando en resquicios quizás no pensados
para lograr abrirse paso sin renunciar a cinco años de estudios, aquello por lo
que tanto se sacrificó. Están, están, están…
Pienso en estas cosas mientras me
miro en los preocupados ojos verdes de mi amiga y medito en el consejo a darle.
Es difícil, en este caso soy “juez y parte” en el asunto; es algo que me toca muy
de cerca, pero no desde la simple cercanía de quien me mira ¿suplicante?,
¿resignada?, ¿apesadumbrada?; sino desde una experiencia similar con hilos
comunicantes con el centro al cual quiere ir.
“Yo no sé escribir, ni nada del
mundo de los blog”, me dice con una sonrisa triste que me llega como la punta
del iceberg que reconozco en sus palabras. Le devuelvo la sonrisa y el consejo,
que esta vez tampoco resuelve nada. En un momento siento que ya la extraño, sin
saber a dónde la llevarán, en unos meses, sus pasos insatisfechos.
Recuerdo entonces en otros tantos
colegas y sus destinos; en esa diáspora de bioquímicos que ahora desandan por
el mundo; en un sueño dejado atrás, hace tanto; en un “título de oro” que
acumula polvo entre las añejas maderas de mi hogar.