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Memorias del Yac-42


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06/07/2012

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Alfonso Agulló Canda se adentró en el denso mundo de la filosofía debido a su admiración por el sentido común de Platón. En 1998, recién licenciado, abandonó su Pontevedra natal para afincarse en Elche y ejercer de maestro en varios institutos del pueblo alicantino, eso sí, sin perder ni un adarme de su deje gallego. Superados los 40 años, sigue buscando en la ética filosófica explicación a lo ocurrido el 26 de mayo de 2003, día en que perdió a su hermano menor en el trágico accidente del Yak-42.






El cabo primero Vicente Agulló, octavo de once hermanos, se encontraba de misión de paz en Afganistán y Kirguizistán. “Él era el orgullo de la familia”, rememora su hermano Alfonso, “sobre todo de nuestro padre, que siempre quiso que al menos uno fuera militar”. El sexto de los hermanos Agulló recuerda el día de reyes del año 2003 como el último en el que vio con vida a Vicente poco antes de su partida hacia tierras orientales de las que nunca retornó, y no olvida los últimos contactos telefónicos en los que el militar le transmitió sus ganas de volver. La víspera del 26 de Mayo, tras la habitual fiesta que organizan los soldados la noche antes de retornar a casa, “Vicente llamó a su novia para advertirle que iba a subir a una tartana rusa”, relata su hermano, “al igual que hicieron otros combatientes con sus respectivas familias”. El avión Yakovlev 42-D, de fabricación rusa “nunca debió partir” desde Kabul con destino a Zaragoza. A las 3.12 a.m (hora española), la aeronave se estrelló en Turquía con 75 pasajeros de los cuales 62 eran militares y entre los que se encontraba Vicente Agulló. El “mensaje de alarma” dado por los accidentados instantes antes de subir al avión se sumó al que hicieron varios compañeros de los fallecidos que habían viajado en aeronaves similares y “no querían volver a volar en condiciones semejantes”, además de muchos que callaron porque “en el ejército asciende el que menos problemas crea”.





Entre la conmoción generalizada, de los diez hermanos de Vicente restantes, Alfonso, quizá por su “carácter sereno” o por su “alma filosófica”, fue el que inició la lucha para saber la verdad repartiendo octavillas a los familiares “que aparentaron mayor entereza” durante el entierro en Torrejón dos días después de la catástrofe, con el fin de crear una asociación que tomó forma en Zaragoza el 14 de Mayo pese a “los intentos del en ese momento ministro de defensa Federico Trillo de archivar cuanto antes el caso” y evitar la “unión de las familias”.





El objetivo era “saber el motivo por el que ese avión llegó a despegar” si la caja negra estaba en mal estado, los pilotos no contaban con las horas de descanso necesarias, el vuelo acumuló hasta seis horas de retraso y la tripulación, “según han afirmado testigos”, no portaba billete y “vestía bermudas en lugar de la equipación militar reglamentaria”. “Había muchos intereses económicos en que ese avión despegara”, afirma Alfonso Agulló, que ha seguido todo el proceso judicial. “Unas cuantas contrataciones valieron más que la vida de 75 personas”, añade el gallego.





Agulló relata que “desde el principio había razones suficientes para creer en la existencia de intereses por ocultar algo”. Las “amenazas que sufrieron algunas familias” y “el espionaje” sobre éstas que “destapó la prensa” se unieron a los acontecimientos del día del entierro: aquel 28 de mayo “alguien” se acercó a la familia Agulló y les “impidió abrir la urna” donde supuestamente descansaba el cuerpo de Vicente, argumentando que “estaba prohibido”. Además, se comunicó a las familias que las víctimas fueron enterradas con sus objetos personales “siguiendo una tradición turca”. “Parecía el guión de una película”, recuerda Alfonso Agulló, “pero una película mala”. Su sorpresa llegó cuando en el mes de Octubre las familias viajaron con el equipo de fútbol del Villarreal al lugar exacto del accidente y encontraron multitud de objetos personales de los soldados, entre ellos la placa identificativa de Vicente con la que éste había sido identificado y enterrado. “Durante cinco meses mi familia estuvo velando la tumba de alguien que no era mi hermano, y eso es imperdonable”, atestigua su Alfonso, al igual que ocurrió con otros 29 militares que fueron mal identificados, y en algunos casos incinerados e “irrecuperables”. A partir de ese momento, la asociación de víctimas, de la que Alfonso Agulló fue presidente desde marzo de 2005 hasta diciembre de 2006, trabajó con el único objetivo de “hacer justicia” y “encontrar a los responsables”. En palabras del ex presidente de la asociación “se sabe la verdad”, pero resta “hacer justicia”.





Según Agulló, “el juicio ha demostrado la culpabilidad de los generales Navarro y Beltrán” que “curiosamente” fueron galardonados y ascendido en el caso del último poco después del accidente. “Hay numerosas pruebas que demuestran la culpabilidad de ambos a la hora de acelerar la repatriación de los cuerpos”, pero “increblemente no hay una condena firme contra ellos”, lamenta el hermano de Vicente Agulló, que también alude como “injusticia” al hecho de que el ex ministro de defensa Federico Trillo no dimitiera en su momento ni haya sido citado a declarar posteriormente: “Trillo no tuvo tapujos en pedir la dimisión del ministro Bermejo por jugar con la vida de unos animales al ir a cazar, sin embargo no mostró agallas para dimitir cuando fue él quién jugó con 75 almas humanas”. “Si el ex ministro de defensa tuviera la conciencia tranquila hubiera acudido a declarar sin ampararse en el derecho de hacerlo por escrito”. 





Etiquetas:   Periodismo   ·   Justicia   ·   Accidente Aéreo   ·   Militares

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