Alfonso Agulló Canda se adentró en el denso mundo de la filosofía debido a su admiración por el sentido común de Platón. En 1998, recién licenciado, abandonó su Pontevedra natal para afincarse en Elche y ejercer de maestro en varios institutos del pueblo alicantino, eso sí, sin perder ni un adarme de su deje gallego. Superados los 40 años, sigue buscando en la ética filosófica explicación a lo ocurrido el 26 de mayo de 2003, día en que perdió a su hermano menor en el trágico accidente del Yak-42.



