No hace mucho Simón Alberto Consalvi nos decía en su columna semanal, y en una especie de piadosa versión de El Gendarme necesario, que el ascenso al poder de José María Vargas había sido un acto inoportuno y extemporáneo; que el país alzado en armas desde hacía varias décadas todavía no estaba preparado para un gobierno de corte civil como el que pretendió protagonizar el insigne médico en el año 35, cosa que el mismo Bolívar ya había presagiado de algún modo cuando propuso en su Discurso de angostura la conformación de un Senado vitalicio compuesto por los héroes de la independencia, y que la historia del siglo XIX y principios del XX se encargó de confirmar con la siempre decidida y hasta “natural” intervención de los militares en la política nacional. Lo que aquí se pretende decir, y a la luz de la política actual, sigue la misma lógica de pensamiento pero en un sentido contrario: los acontecimientos en estos catorce años de gobierno confirman que una administración de tinte militar, de acate y mando, como la que hemos venido sufriendo durante estos años, se ha ido revelando, mediante la constante improvisación en los asuntos públicos y el fracaso de las muchas de las políticas públicas llevadas a cabo durante todo este tiempo, como un gobierno improcedente y acuñado forzadamente en una país que, por el contrario, clamaba por consolidar (y hasta democratizar ) definitivamente sus instituciones.



