. Qatar, un emirato árabe, ha sabido canalizar
la riqueza de su producción petrolera hacia los cimientos de una sociedad
moderna, competitiva y con visión futurista. Hace apenas 40 años que goza de
independencia. Tiene cerca de dos millones de habitantes y puede presumir
cifras que hacen palidecer a países grandes: más de 100 mil dólares de ingreso
per cápita, el doble que los estadounidenses, además de gozar de un elevado
índice de desarrollo humano. Junto a Noruega y Luxemburgo, este país árabe
encabeza la lista de mayor riqueza por habitante.
El
principal sustento de la riqueza catarí está en el sector energético: con
enormes reservas de petróleo y gas, con una tecnología de vanguardia que
permite refinar el combustible en forma eficiente y rentable, y con una marcada
proyección hacia el mercado internacional, ha logrado generar ingresos y, sobre
todo, progreso. Pero a pesar de la gran cantidad de riqueza que se extrae de
los recursos energéticos, la idea de país que tienen apunta a dejar de depender
de dichos recursos y lograr un desarrollo sobre la base del capital más
cotizado del tiempo que nos toca vivir: el conocimiento.
Una
de las convicciones que mueve a la economía de Qatar es que la bonanza
coyuntural del petróleo debe ser aprovechada al máximo, pues en algunas décadas
el oro negro se habrá acabado y para entonces habrá que tener una fuente más
sustentable de crecimiento. Y esa fuente la buscan en la educación: destinan el
3,3% de su Producto Interno Bruto (PIB) a la educación (porcentualmente parece
poco pero monetariamente es muy importante) y 2,8% a la investigación en
ciencia y tecnología. Y no sólo se trata de destinar dinero a los sistemas
educativos, sino que con miras a dar el gran salto en poco tiempo se
concedieron enormes incentivos para que las mejores universidades
estadounidenses se instalen en el país. En poco tiempo, “acercaron” una
educación competitiva a sus ciudadanos, que hoy no necesitan salir de su
territorio para recibir la misma formación que antes les costaba mucho dinero y
pagar el precio de la emigración.
La
educación para los cataríes es gratuita, en la convicción de que los resultados
serán altamente beneficiosos para todos, pues lograrán posicionarse en la
economía del conocimiento y depender exclusivamente de la capacidad de su
gente. Qatar está en un proceso de impulso de grandes proyectos: desde “La
Ciudad de la Educación”, donde convergen las mejores universidades y los
estudiantes de diversos sitios del mundo, hasta el Parque de Ciencia y
Tecnología para empresas tecnológicas, que es un trampolín para la innovación
productiva.
El
incentivo a la educación, a la investigación científica y el desarrollo de la tecnología
hacen de Qatar no sólo un país rico sino que lo posicionan como uno de los
referentes en materia de construcción de un futuro de progreso y riqueza.
Al
mirar el ejemplo catarí no podemos dejar de sentir enojo, tristeza y acaso
frustración cuando sabemos que tenemos la misma o mayor riqueza, pero los datos
que representan a nuestras economías se leen en materia de pobreza, exclusión y
atraso. Venezuela con el petróleo, Bolivia con el gas y Paraguay con la
electricidad deberían ser naciones ricas, sin pobres y con niveles de calidad
de vida del primer mundo. Pero la falta de una visión de país, el rezago
educativo y el mal aprovechamiento de lo que tenemos hacen que se viva en una
precariedad impropia que se ha ganado sobre la base de no tomar las decisiones
correctas.
Mientras
en Qatar facilitan la instalación de universidades extranjeras en su
territorio, en países como Paraguay el tiempo se pierde en discusiones
estériles sobre si se debe incrementar una semana de clases o si se debe
capacitar a los maestros.
Mientras
los cataríes buscan convertir la riqueza petrolera en riqueza intelectual, en
Paraguay se vive de la pobreza de las propuestas políticas que no sólo
desprecian al conocimiento sino que buscan encumbrar a los mediocres en el
poder. No se habla de convertir al país en un centro de expertos en el uso de
la energía eléctrica para el desarrollo, sino que se traban ideas, se ningunea
al que sabe y se entorpecen las buenas iniciativas.
No
hace falta reinventar la rueda ni teorizar sobre los agujeros negros para saber
que con un mejor aprovechamiento de los recursos y una inversión estratégica en
la educación de los nuestros podríamos dar un salto tan significativo como el
que presume un pequeño emirato árabe que sabe cómo generar riqueza.